Hace algunos años, casi a fines de septiembre, mi madre tuvo que salir rápidamente hacia el hospital. Yo estaba asomando al mundo y no quería esperar más. La vida me llamaba prometiéndome un futuro grandioso, mientras yo, sin hacerle caso, me concentraba en mirar una pequeña lucecita al final del túnel que hacía rato no dejaba de intrigarme. De pronto y casi sin darme cuenta, una fuerza superior me empujó por un corredor hasta que mi cabeza asomó por ese hueco y alguien sostuvo mi cuerpito resbaloso. Sentí mucho frío, sólo se me ocurrió llorar… todo me era muy extraño y tuve miedo. En ese momento un calor muy conocido me rodeó y mi llanto se calmó de inmediato. Esa amada voz de mujer que siempre me hablaba me dio la bienvenida al nuevo mundo; ella me tomó entre sus brazos y por primera vez me sentí feliz. Aproveché la ocasión para acurrucarme sobre su pecho y escuchar esos latidos que me eran muy familiares y me hacían sentir “como en casa”. Me quedé un ratito allí pensando que sería para siempre, pero de pronto una anciana inoportuna que vestía de blanco, me tomó violentamente y me llevó con ella hacia otro sector donde me colocó en una cuna. Desde allí se escuchaban muchos niños llorando, algunos se quejaban de frío, otros pedían comida, y otros solamente estaban enojados y querían hacerse escuchar. ¡Yo también estaba enojada!, y a punto de llorar, pero algo atrapó mi atención. A mi lado había un niño de ojos grises que no dejaba de mirarme a través de los barrotes de la cuna, y me sonreía tiernamente como si quisiera hablarme.
-¡Hola! Soy Kiara -le dije.
-Hola, yo soy Ariel -me contestó.
-¡Tengo miedo y quiero irme de aquí! -grité, con un poco de desesperación.
-No llores, estoy contigo… -agregó con una voz que supo tranquilizarme.
No podía imaginarme que ese inocente diálogo, de cuna a cuna me estaba revelando la actitud que él siempre tendría para conmigo. Porque desde aquel día Ariel y yo fuimos mucho más que amigos inseparables, fuimos hermanos de alma.
Nacimos y crecimos juntos, y a medida que el tiempo pasaba, también juntos aprendimos el significado de la verdadera amistad, esa que muy pocas personas llegan a conocer.
Compartimos todo, desde nuestros juegos inocentes en aquella vereda del barrio de Devoto, donde los frondosos árboles regalan su sombra a la hora de la siesta, hasta las travesuras más picantes y los primeros desengaños amorosos de nuestra adolescencia.
Una vez, en un viaje al norte que hizo junto a su familia encontró un cuarzo hialino que lo maravilló por su belleza. El cuarzo puro es totalmente transparente porque carece de residuos, es por eso que en la antigüedad se llegó a creer que era agua congelada eternamente. Además es uno de los minerales más duros que existen, a tal punto que puede rayar el acero. Su forma era totalmente irregular y con un filo importante del que no había que descuidarse. Lo usábamos para tallar nuestros nombres en todos lados, como marcando nuestro paso por allí. Si por la noche lo frotábamos parecía emitir una luz tenue que llegaba a iluminar nuestra oscuridad. Estábamos convencidos de que era una piedra mágica hecha por Dios para nosotros. Recuerdo muy bien una tarde en la que se me acercó con la piedra entre las manos, y me dijo: -Ven conmigo al río, hay algo importante que hacer-. Una vez que llegamos nos sentamos en la orilla, nuestra orilla, y tomó mi mano entre las suyas. -Hoy sellaremos nuestra amistad para siempre- dijo, mirándome a los ojos. Luego tomó el cuarzo y con el extremo de mayor filo se hizo un corte en el pulgar de su mano hábil, la izquierda. Yo hice lo mismo, cortando mi pulgar derecho. Unimos ambos dedos mezclando así nuestra sangre y nuestra amistad, y jurando conservarla más allá de cualquier cosa. Ni las adversidades de la vida, ni los misterios de la muerte podrían quebrantar la lealtad que acabábamos de jurar en esa ribera, única testigo de aquella alianza. Después de ese día, nos quedó una cicatriz, como un emblema que nos recordaba ese compromiso y nos remontaba a aquel momento que jamás olvidaríamos. La evidencia clandestina, en nuestros dedos, era la prueba irrefutable de un pacto silencioso, una seña que hablaba por sí misma. Siempre nos saludábamos de la misma manera, uniendo las cicatrices como “renovando” la ceremonia, y aún desde lejos el gesto de levantar los pulgares, exponiendo las marcas, era un rito. Nunca perdimos esa costumbre; pasaron los años y seguíamos usando esa insignia como si fuera nuestra firma, como un sello que autentificaba todo lo que hacíamos.
Recuerdo con gracia que luego intentó partirlo para darme una mitad, ignorando que hay muy pocas cosas sobre la Tierra que pueden destruirlo. Con sus pequeñas manos lo golpeaba fuertemente contra una roca, una y otra vez; luego lo arrojaba lejos, cada vez más lejos… y no había caso, no se rompía. Tras muchos esfuerzos inútiles se resignó a que no podríamos dividir la piedra, entonces me la regaló para que yo la conservase como símbolo de nuestra amistad, tan indestructible y transparente como aquella gema.
Él tenía esas cosas. Cuando algo no podía compartirse lo regalaba, nunca se quedaba con nada que fuese material; prefería sabiamente conservar el significado de cada cosa y lo que ella representaba. Por algo en nuestro grupo de amigos lo llamaban el “Santo”. Era tan bueno que nunca se quejaba y siempre quería dar aunque nunca recibiera, porque para él lo primero eran sus amigos.
A veces me pregunto dónde hallaba tanto coraje, porque hacía frente a cualquier enemigo sin preguntarse si tenía con qué competir. Siempre estaba dando la cara por todos, era nuestro protector, nuestro ángel custodio. Sabía cómo hablar, y su voz conseguía hacerse oír más alto que el eco de la multitud. Era tan transparente que hasta sus ojos dejaban ver la luz que llevaba, una luz que no guardaba para sí, sino que la volcaba a su alrededor para marcar la estela de sus pasos.
Sin embargo la naturaleza a veces se equivoca y se olvida de poner algunas cosas en su lugar. Ariel había nacido con un solo riñón y eso determinó que la mitad de su vida la pasara visitando médicos y sanatorios. Por esa razón, más tarde decidí estudiar Medicina con la utópica esperanza de llegar a encontrar algún día una cura para él. En la niñez no tuvo mayores problemas excepto esos agotadores controles, que cada vez se hacían más frecuentes. Pero durante la juventud, una inoportuna infección provocó algunas complicaciones inesperadas y secuelas graves que lo obligaron a dializarse para poder sobrevivir.
Durante años mantuvo esa cansadora rutina hasta la juventud, cuando su único riñón empezó a desfallecer y lo pusieron en lista de espera para transplante. Esa espera sería larga y tediosa, pero era la única esperanza que tenía de vivir y llevar una vida relativamente normal. Yo misma me hice los estudios para saber si podía donarle uno de mis riñones; con gusto lo hubiera hecho; pero lamentablemente los tejidos eran muy disímiles entre sí y era imposible que su organismo no lo rechazara. En fin, él empezaba un segmento muy desagradable de su camino y yo decidí acompañarlo, como siempre.
Pero así como la vida omitió darle su otro riñón, al parecer quiso compensarlo dotándolo de un “sexto sentido” muy desarrollado. Ari veía más allá de lo aparente… sus ojos penetraban en cada persona, podía ver el color de las almas. Parecía que su mirada tenía una sabiduría muy particular, un don singular que no podía evitar.
Cuando conoció a Ed, lo vio como un ser oscuro que no era de fiar, y me alertó para que lo apartase de mí cuanto antes. -Hay algo en él que no me gusta- repetía, -no puedo saber de qué se trata, pero presiento que no es buena persona-. Yo siempre le había hecho caso pero esta vez se estaba metiendo con algo muy delicado: mi gran amor.
Ed y yo, a pesar de las distancias, ya que vivía a varios kilómetros, nos sentíamos cerca, porque compartíamos esa extraña magia que muy pocas veces engendra el corazón. Sí, él y yo parecíamos haber nacido para estar siempre juntos, como hechos “el uno para el otro”; como en esas películas románticas que siempre terminan bien… como en esas historias de amor incondicional que, al leerlas, consiguen estremecer el alma. Cuando el amor es así, eterno, hasta la noche estrellada habla de él contando secretos en la oscuridad. Nosotros fantaseábamos con eso. Jugábamos a que nos mirábamos a través de las estrellas; él en su cuidad, yo en la mía. Era una cita impostergable a la que acudíamos cada noche; yo desde mi balcón, y él a través de su ventana. Antares y Orión. La primera, el corazón del escorpión, era la mía. Recuerdo que la elegí de niña, identificándome con la pasión que esconde su significado. Yo soy así, vivo impulsada por la pasión, cuando la siento en mi alma nada me detiene, pero sin ella no tengo fuerzas, estoy vacía. La segunda; Orión, el cazador valiente; era de Ed. No sé por qué la habrá escogido, lo cierto es que tanto él como yo, teníamos nuestras constelaciones desde antes de conocernos, y curiosamente, éstas nunca se veían juntas. Por alguna razón no podían compartir el cielo. Cuando una se iba aparecía la otra, y así sucesivamente; como si se buscaran a lo largo del universo. Tal vez si alguna de ellas se hubiera detenido, la otra la hubiese alcanzado… Nosotros también, como esa leyenda milenaria, siempre desencontrados pero permanentemente unidos; soñando que estaríamos juntos para siempre, en otra vida o en otro mundo, sin importar cuándo ni cómo. Era como un juramento tácito que renovábamos continuamente, como un compromiso pendiente que algún día haríamos realidad.
Algo así como las dos mitades de un “todo”, sólo podíamos funcionar juntos. Éramos como la melodía a la música; o la inspiración, a la poesía. Era glorioso poder sentir de esa manera, pero también era difícil. La distancia “geográfica” entre ambos era una constante. La mayor parte de las veces nos comunicábamos por internet, por medio del chat o correo electrónico, y manteníamos las conversaciones hasta largas horas de la noche. Hablábamos de todo un poco, desde los disparates más graciosos, hasta los pensamientos más profundos. Yo lo imaginaba riendo con mis ocurrencias, y eso me hacía feliz, porque adoraba su sonrisa. Luego me adormecía pensando en él, y entonces podía verlo, y hasta me parecía que acercaba la mano y me acomodaba el pelo con una caricia…
Era duro amar así, de lejos… era difícil tener tantos deseos de estar juntos y no poder; pero sólo es inmenso el amor cuando parece inalcanzable, cuando lo imposible lo desafía y, sin querer, lo agiganta. Maltratado y escurridizo amor, el nuestro, que nos permitía sentirlo sin poseerlo, necesitarlo sin escogerlo. Así era, luchador, valiente, pero imperfecto. Meses de soledad por cada instante de dicha, y por una alegría cientos de amarguras. ¿Pero no hubiera sido peor resignarse a vivir sin él?, ¿sin ese sentimiento sublime que abarca todo el universo y se materializa en una lágrima? No, no creo que pueda concebirse la vida sin eso.
Pasábamos semanas planeando el encuentro e imaginando cómo sería. A partir de entonces, los días se hacían más largos. El momento soñado parecía no llegar nunca. Contábamos las horas, los minutos… era una espera larga pero llena de esperanzas. Entonces llegaba el momento y yo me apresuraba por ir a la estación, a buscarlo. Me sentaba en la confitería, pedía un café y miraba por el ventanal. Al ver que su ómnibus estacionaba, me levantaba sin perder tiempo. Simulaba serenidad pero las piernas me temblaban al verlo bajar. Me miraba, profundamente, con una sonrisa. Sus ojos acariciaban los míos, dialogando en el silencio. Luego me rozaba la boca con los labios, lentamente, cerrando los ojos.
Escapábamos del mundo y deteníamos el tiempo. Llegábamos a casa, dejaba el bolso en el suelo y me tomaba de la mano. Sin decir palabra me abrazaba con delicadeza y se acurrucaba en mis brazos. Poco a poco, nuestros cuerpos iban acercándose más y, casi sin darnos cuenta, la ternura se transformaba en pasión. El deseo se adueñaba de nuestra piel, que parecía brillar con el resplandor de la luna.
El amanecer nos sorprendía abrazados y soñando juntos. Apoyaba la cabeza en su pecho, y él, al creerme dormida me confesaba su amor. Me decía que siempre estaría a mi lado, sin importar qué nos deparara el destino ni donde nos llevara la suerte. Luego hacía una pausa… respiraba profundo y me abrazaba con más fuerza.
Pretendíamos vivir toda la vida en esos pocos días que estaban por terminar. Sí, la hora de la despedida se iba acercando y ninguno se atrevía a mencionarlo. En algunas horas tendríamos que volver a separarnos, a extrañarnos. Íbamos a la estación sin pronunciar palabra alguna, como intentando fortalecernos para el momento de la separación.
Mi mirada se nublaba y yo intentaba disimular mirando el piso. Cambiaba de tema, buscaba mantener una conversación frívola que me permitiera no llorar, pero deseaba con todas mis fuerzas que el micro se demorara, que por algún motivo no partiera. Él me miraba con los ojos tristes mientras cargaba su bolso. -Siempre estoy contigo, soy una sombra molesta que te sigue a todas partes-, decía, guiñándome un ojo mientras subía al autobús. Entonces se alejaba y yo me quedaba en la estación hasta que lo perdía de vista.
Nuestro amor fue así desde el principio, como una explosión que enceguece y aturde; para luego transformarse en una calida llama que no se apagaría, en un eco que nos uniría en el silencio. Yo aprendí a su lado, que nada era imposible; el aprendió que valía la pena intentarlo. Sí, aquel día a fines de julio, cuando lo vi por primera vez, presentí que ese sentimiento moriría después que yo; pero él con su mirada, me juró que sería eterno.
Ed, el único motivo por el cual mi corazón latía; Ariel, la otra parte de mi alma. Los dos pilares fundamentales de mi vida, que, paradójicamente, se detestaban. No podíamos coincidir los tres en un mismo lugar sin que hubiera algún motivo de discordia. El más pequeño e insignificante detalle desataba una situación intolerable. Se miraban, en silencio, sin pestañear. Parecía que el tiempo hacía una pausa interminable, como si el planeta dejara de girar intentando demorar un desenlace terrible. Ed me tomaba del brazo, yo me iba con él mientras Ari se quedaba mirando, de lejos. -¡No le hagas caso a ese idiota!- gritaba Ed. Su sola presencia lo enfurecía, lo transformaba. -Ese tipo me molesta, será mejor que seas tú la que viaje para verme, no me gusta encontrarme con él- decía. Ariel no se quedaba atrás. Se me acercaba con su metro noventa, me tomaba del mentón y me miraba serio pero sereno. Intentaba hacerme entrar en razón con voz varonil. Sus palabras, pausadas, seguras; me daban tranquilidad… pero sus acusaciones me perturbaban. -Aléjate de él. Sus ojos esconden algo…- insistía. Luego se quedaba pensativo, con la mirada perdida…
Yo los amaba a los dos. Ed; mi alegría más grande, mi mayor tristeza. Frío como un témpano y ardiente como el sol. La gran luz, la inmensa oscuridad. Solitario, misterioso, mágico. Ángel y demonio al mismo tiempo. Ariel; la compañía permanente, el consejo acertado. Transparente, generoso, intuitivo. Verdad y lealtad sin condiciones.
Ambos disputándose mi corazón y tironeando de él. El celeste de unos ojos y el gris de una mirada desafiándose constantemente, provocándose con ferocidad… y yo en el centro, intentando amortiguar el ímpetu de toda esa bravura.
