Era una tarde gris, encantada por el ruido de la lluvia en mi ventana. Las gotas galopaban sobre el vidrio dibujando sus trayectos azarosos que se mezclaban unos contra otros hasta confundirse. Ese sonido constante adormeció mi atención por un momento. Mis ojos se perdieron tras un horizonte esfumado por la niebla y me fui con ellos, tan lejos como la imaginación pudo llevarme.
Todos mis sentidos se aletargaron por un tiempo indefinido en el que quedé totalmente aislada del mundo externo, compenetrándome cada vez más conmigo. En un interminable pleito ente el bien y el mal, mis pasiones en pugna comenzaron a desafiarse entre ellas, escarbando en lo más hondo de mis recuerdos. El odio poco a poco comenzó a ganar terreno hasta acaparar por completo mi conciencia. La memoria corrompida se encargó de extraviar para siempre las vivencias agradables, a cambio revelaba mis dolencias, las que yo me empecinaba en silenciar. La mente se había trasformado en un campo de batalla y el corazón ya no era el de antes, ahora latía con otro móvil. Hilvanando mis recuerdos comencé a sacar conjeturas y logré descifrar antiguos acertijos inconclusos. Mi pensamiento fugitivo embistió contra una legión de ideas censuradas, hasta entonces, por la idoneidad de un sano juicio; todas ellas hicieron convergencia en una sola que tomó el mando… una potente ocurrencia que se estaba gestando en mi cabeza cada vez con más insistencia.
Finalmente se hizo de noche y entonces recordé esa leyenda que recorre el cielo nocturno con un mandato secreto. -El corazón herido de un escorpión ha formado una estrella; y su aguja venenosa espera para marcar la hora final– pensé, mientras lo miraba fijamente. -El arácnido vengativo transformará el mito en realidad, y las horas ya están contadas.
Tenía que planear un crimen perfecto, y la mejor manera era usando ciertos conocimientos específicos, como los de la medicina forense. Los forenses se dedican a realizar autopsias (entre otras cosas), ellos suelen decir que los muertos hablan… y es verdad. Estos especialistas pueden revelar secretos que esconden los cuerpos acerca del modo de morir, el tiempo, el lugar. La escena del crimen también habla por sí misma y es fundamental al momento de recabar información. Esta rama de la Medicina obviamente se encuentra a favor de la justicia y llega a ser su mano derecha en innumerables ocasiones. ¿Pero, si lo mirásemos a la inversa? Sería una base de datos y conocimientos que podrían facilitar el delito y la impunidad. Como todo en la vida, depende de la intención con que sea utilizado y de las manos en las que caiga el conocimiento. Ella me alertaría para “evitar” algunas cosas y me capacitaría para hacer otras en forma deliberada. Es decir, si yo tenía conocimiento para descubrir la causa de una muerte, también lo tendría para matar sin que me descubrieran. Ésta es una especialidad médica que se puede empezar a estudiar luego de ciertos años de ejercer la profesión. A mí siempre me había gustado y hacía algún tiempo que había empezado a cursarla; a veces las casualidades existen (a pesar de que yo no creo en ellas), y ésta era muy oportuna.
Al enemigo hay que destruirlo porque es como el veneno, si no se antagoniza o elimina, en algún momento gana. Es él o nosotros, no cabe otra posibilidad. Curiosamente, el ejemplo de la ciencia era muy válido en este caso; los antídotos generalmente se fabrican utilizando el propio veneno, es decir, según su estructura y su mecanismo de acción; y para conocer esto hay que saber observar.
La observación y el análisis es también la base del ajedrez, juego estratégico por excelencia. Hay que saber dónde se está parado y pensar en detalle cada jugada a fin de no perder piezas en vano, y poder prever los movimientos que pueda hacer el oponente. La mejor defensa es el ataque, de modo que si bien hay que ser precavido no hay que dejar de ser audaz; este equilibrio lo da la inteligencia del jugador. Para dar jaque al rey, primero hay que abrirse un poco de camino entre su defensa, la consecuencia es que algunas piezas se pierden; lo importantes es saber elegir cuáles. Es decir, hay que usar el razonamiento de un modo práctico e ir intentando que el contrincante se mueva hacia donde nosotros queremos.
Yo había observado muy bien a Ed, y su intelecto era ciertamente notable aunque predecible. Una persona inteligente nunca revela los límites de sus capacidades ni los mecanismos que las ponen en funcionamiento, pues esto los haría fácilmente manejables por otra superior. Pero la vanidad suele cometer este tipo de errores, y si hay algo que a Ed le sobraba era justamente vanidad, la destilaba por sus poros sin contención y podía “olerse” a la distancia.
El punto débil de Ed era la “caricia intelectual”. Siempre necesitaba ser halagado por sus cualidades, y hasta me atrevería a decir que “se desvivía” porque los demás reconocieran su intelecto. El punto débil es lo primero que hay que disimular si se tiene real dominio de la mente. Para él eso era imposible; parecía gritar a los cuatro vientos su lado vulnerable, una muestra práctica de que su supuesta inteligencia no era tal.
Otro punto para recordar a la hora de declarar la guerra al enemigo es no subestimarlo nunca. Siempre hay que pensar que es más capaz de lo que aparenta, hay que hacer de cuenta que es un reflejo nuestro, que piensa y actúa igual que nosotros. La mentalidad de Ed era considerable, y de vez en cuando la utilizaba correctamente. Mis defensas debían permanecer alertas todo el día, la energía prolijamente encauzada, el paso medido y calculado en todo el camino, la ejecución matemáticamente exacta en cada movimiento.
Yo manejaba cierta información no sólo acerca de la organización mental de Ed sino también sobre su vida, errores y dolores del pasado (algunas cosas sólo él y yo las conocíamos). Con esos elementos podía desviar su juicio lo suficiente como para que creyera lo que yo quisiese. Cuando se tiene dominio sobre el juicio, el razonamiento es consecuencia directa y, por lo tanto, enteramente manejable. Como el pensamiento es el origen de la acción, una vez dueña de su pensamiento gobernaría su voluntad.
Sería literalmente “la voz de su conciencia”. Se vería frente a frente con sus actos pasados y no tendría más opción que el peso agotador de lo irreparable, que no perdona. Todo su ego se transformaría en una culpa insostenible de la misma magnitud, y no tendría más remedio que arrastrarse en su propia miseria despreciando su existencia.
Lo mataré yo misma, pero con un método lento que le permita mirarme a los ojos mientras muere… sabiendo que fui yo quien lo planeó. Tal vez su cuerpo no sufra, pero lo que le quede de alma sentirá un dolor lacerante por saberse derrotado y en mi poder. En ese minuto toda la necrosis de su esencia estará en mis manos, las cuales no moverán un solo músculo para salvarlo aún teniendo el poder de hacerlo. Rogará por una clemencia que nunca tendrá, por un auxilio que no llegará. Será la hora de intentar persuadirme una vez más, pero será tarde. Tal vez sea su mejor actuación antes de que el telón baje definitivamente, pero su único público allí presente no le creerá. Intentará venderme su alma para que lo deje vivir; deberé explicarle que no sería una buena inversión comprar algo de tan baja calidad. Llorará vencido, y cobardemente jurará arrepentimiento, mientras yo lo miraré a los ojos con una sonrisa victoriosa que no estoy dispuesta a disimular. Su orgullo se retorcerá de vergüenza por la vulgaridad de su tan creída inteligencia y con el sopor final reconocerá que perdió la última jugada de su vida, la más importante.
Cuando se haya ido y los portales del averno se hayan abierto definitivamente para él, me retiraré de ahí con la satisfacción del deber cumplido, con la paz de la justicia concretada.
Se irá como vino… con el paso cojo y su andar pausado; y marcando la entrada al infierno con su rastro reptante de malvado ofidio. El auténtico Poseidón, con toda su ira, lo ahogará en el mar más profundo del olvido; condenándolo eternamente a la sola e interesada compañía de un cardumen hambriento. Los ojos del universo, que alguna vez lo admiraron, le darán la espalda sentenciándolo a la permanente indiferencia. Su séquito infiel finalmente sabrá la verdad y lo desamparará al ver su mito legendario transformarse en un ordinario comadreo de barrio; entonces su templo de barro se derrumbará sepultándolo para siempre junto a su legado de sombras.
Nada quedará de él sobre la faz de la tierra, porque cuando debió hacer su siembra se quedó dormido en el espejismo irrisorio de sus sueños pueriles, y luego se refugió bajo el camuflaje de ganador para no enfrentar su mediocridad.
Se irá sin pena, sin gloria y tremendamente solo, es decir, con la única presencia de su eterna enemiga, la única con poder para exterminarlo; la voz que le anunciará el “jaque mate” a la hora precisa. Sí, esta vez el universo entero será testigo de un legendario mandato cumplido.
Luego se dirá que la dramática decisión fue tomada por una mente totalmente enferma y desquiciada, en un momento de desesperación. Todo probará que fue un suicidio, hasta el detalle menos pensado estará allí testimoniando la trágica determinación. Ni el ojo más astuto y experimentado podrá siquiera sospechar la verdad enmudecida en los inmóviles labios del Patriarca, ni la última imagen que sus inertes retinas se habrán llevado. Mi identidad será eterno secreto entre él y yo, y del reflejo de mi rostro sólo quedarán vestigios invisibles en sus córneas marchitas.
Su homicidio ya era un hecho, aunque eran varios detalles los que debía tomar en cuenta antes de armar la estrategia de trabajo. No había que dejar cabos sueltos, ya que un solo detalle librado al azar podría ser calamitoso. La única certeza que tenía hasta el momento era que existía una sola manera de lograr mi objetivo: meterme en la cabeza de Ed. Sería sencillo si se tratase de cualquier otra persona, pero él era bastante complejo. Yo contaba con la ventaja de conocerlo demasiado bien, pero con la desventaja de lo peligroso que él podía llegar a ser.
Una vez adentro la tarea sería bastante simple; lo dificultoso era encontrar la entrada secreta y la llave que pudiera abrirla.
Durante varios días estuve ocupada en el tema puntual de la vía de ingreso a su mente. Muchas fueron las ideas que pasaron de largo sin dejar marca, otras tantas fueron tenidas en cuenta con mayor jerarquía; pero el problema no era sencillo, era como intentar violar una caja fuerte de última generación. Debería estar preparada para evadir un importante sistema de vigilancia y sofisticados detonantes de alarmas, dentro de un campo minado en forma de laberinto y lleno de emboscadas. Además, cuando la misión es tan difícil hay que contar con una vía de escape rápida y eficaz en caso de ser descubierta, algo así como ser invisible y no dejar rastros.
Todo era demasiado…cientos de preguntas y miles de posibles respuestas para cada una. Hasta mis propios pensamientos ya se estaban burlando de mí, se corporizaban y me cuestionaban cada una de las opciones que les había presentado anteriormente, y en el oportuno silencio de la noche podía escuchar el murmullo de la sangre recorriendo mi cerebro, como presionándolo a resolver el enigma de una vez por todas. Entonces recordé mi último día en San Carlos y afloraron automáticamente las palabras que mencioné antes de partir, cuando miré a Ed fijamente y le dije: “Necesitas un psiquiatra”. Yo suelo ser muy convincente cuando hablo de esa manera. Se lo había dicho con toda sinceridad y con la autoridad que me daba saber algo del tema. Por su parte, él solía tener muy en cuenta mis consejos profesionales, sea cual fuere la especialidad de la cual se tratara. Esto podría ser la punta del ovillo… ¿quién mejor que un psiquiatra para entrar en su mente? ¿A quién se le puede confiar los más profundos secretos sino a un especialista en la materia? ¿A quién se le puede hacer caso sin cuestionamientos?, y más aún, teniendo la sospecha de estar al borde de la locura tras mi comentario lapidario de aquella noche. Ese consejo, que por mi parte había sido algo totalmente sincero y espontáneo, se había trasformado ahora en la carta ganadora esperando en mi manga. Sí, él era muy sugestionable, tanto que basaba sus decisiones en los sueños premonitorios que solía tener. No me cabían dudas, podía convencerlo de que estaba loco.
El punto principal estaba claro, yo sería su “falso psiquiatra”. Esto se vería favorecido por la vida que Ed llevaba, es decir, viajando continuamente por cuestiones laborales, nunca permanecía más de dos o tres días seguidos en una misma provincia. La única manera de entablar una relación con un psiquiatra sería por medio del correo electrónico y el chat. Esta no es una metodología de trabajo habitual en psiquiatría, pero si bien Ed podía llegar a deducirlo, también podría pensar que en su caso particular sería la única opción.
Ed es de esas personas que nunca acuden al médico, por lo tanto, para convencerlo me hacía falta crearle una enorme necesidad de atención. Esto lo conseguiría sembrándole miedo al explicarle que ciertas conductas puntuales de él me habían dado la pauta de que se encontraba por perder la razón, y que si dejaba pasar el tiempo, el daño sería irreversible. Al explicarle estas cosas debía utilizar un lenguaje bien técnico (el cual no entiende en absoluto), eso le daría un carácter mucho más dramático de lo que en realidad tendría en palabras comunes.
Era necesario asegurarme de que Ed creyera todo en su primera entrevista con el psiquiatra, a fin de evitar que ante la mínima sospecha procurara investigar.
Todo debía ser cuidadosamente planeado para evitar estos inconvenientes que no sólo echarían a perder mi plan sino que me meterían en un posible gran problema, ya que nada de esto era legal, partiendo de la base de hacerme pasar por otra persona (que en realidad existiría sólo en la mente de Ed y en el teclado de mi computadora), usurpando títulos y honores que no tenía, y desempeñando una rama de la Medicina que no estaba autorizada para ejercer. Sin mencionar que mis intenciones no eran precisamente “ayudarlo” sino destruirlo.
Pero conocía bien a Ed. Si en un primer momento lo encandilaba provocándole admiración, no se permitiría sospechar de un especialista de esa magnitud.
El psiquiatra sería “la reina” en mi tablero de ajedrez; una pieza invaluable sin la cual el juego está perdido. La reina admite casi todos los movimientos de las demás piezas y en cualquier dirección y velocidad; el único peligro para ella es el caballo. Como nunca hay que subestimar al enemigo, tomé como ejemplo al caballo para asemejarlo a Ed. ¿Qué curioso, no?, una de las nebulosas de la constelación de Orión es llamada la “cabeza de caballo” por su semejanza con esta pieza, ¿acaso todo esto estaba escrito en el universo? En fin, me dispuse a estudiar todas las posibles jugadas de Ed antes de decidir las mías, para que cualquier movimiento que él realizara estuviera anticipado por mí. Serían sólo dos piezas en el tablero, las dos únicas que no pueden destruirse mutuamente a menos que una de las ellas cometa un error.
La personalidad del psiquiatra era fundamental para hacer caer a Ed en mi trampa, y un punto crucial en el éxito del plan. Basándome en algunos perfiles de colegas muy respetables, fui imitando las características más sobresalientes de cada uno; y agregué el sabroso condimento de mi capacidad imaginativa. Con todo esto finalmente le di vida al Dr. Fausto Allende.
No era necesario inventarle un contexto familiar, ni gustos o actividades preferidas ya que en una relación estrictamente profesional, un médico no debe “familiarizarse” con el paciente de esa manera. Las entrevistas deberían ser totalmente objetivas, sin influencias personales de ningún tipo. El paciente nunca debe ver al psiquiatra como una persona igual a él, esto lo limitaría en hablar libremente debido a la existencia de sentimientos de vergüenza o temores de sentirse juzgado por la figura de éste, y debido a que el diálogo es fundamental en el tratamiento, el mismo no podría llevarse a cabo. Eso no me preocupaba porque en el supuesto caso de que Ed intentara ahondar más en la vida de Fausto Allende, él lo frenaría al instante sustentándose en lo que dictan las normas, legales y éticas, de ejercicio de la profesión.
El Dr. Allende tenía que “encantar” a Ed en su primer contacto; debía ser apasionante y merecedor de un indudable reconocimiento de su parte. Para eso lo había dotado de una fascinante trayectoria en el campo de las ciencias médicas, más específicamente en psiquiatría y neurofisiología (esto último sonaba muy bien y le sumaba importancia). Le agregué considerables años de experiencia y un reconocido prestigio a nivel nacional, tanto que con frecuencia era llamado desde distintos puntos del país como “médico consultor” cuando algún conflicto de gran complejidad no podía ser resuelto y se hacía imprescindible la presencia de un profesional de su talla. Esto, aparte de otorgarle una altísima calidad a los conocimientos, me ayudaría a que Ed se sintiera identificado con él, ya que éste llevaba una vida muy desordenada, viajando constantemente a diversas provincias sin permanecer en ninguna; en realidad la vida de Ed transcurría en un micro de larga distancia. El hecho de que el médico en cierta forma hiciera lo mismo, viajando periódicamente por trabajo, lograría que Ed se sintiera comprendido y contenido; sería de vital importancia para crear un vínculo sólido entre ambos. Esto engendraría en Ed un sentimiento de “complicidad” para con el médico, y todos sabemos que donde hay complicidad no pude faltar la confianza, columna vertebral de este plan. Ed vería a Fausto como alguien “semejante” a él y sería gratificante saberse “a la altura” de un ser humano de la estirpe del Dr. Allende; es decir, según la óptica egocéntrica de Ed, este personaje estaría a su mismo nivel, o tal vez un poco más alto, y facilitaría su permanencia en una posición jerárquica dentro de su estricta escala evaluadora.
El punto en el cual ambos se identificarían lo había hecho pensando en crear una “transferencia” claramente positiva. La transferencia en la relación médico-paciente es un vínculo unidireccional que se origina desde el paciente hacia el médico, y siempre se cumple, algunas veces en forma positiva y otras negativa; de esto depende en gran parte el éxito o fracaso del tratamiento, a tal punto que cuando es negativa, algunos profesionales se ven obligados a derivar sus pacientes a otro colega. Lo opuesto es la contra-transferencia y obviamente se da en sentido inverso, es decir, desde el médico al paciente, pero eso no me preocupaba ya que Fausto Allende sería yo.
Por último, el hecho de que el psiquiatra viajara constantemente me mantendría protegida de un posible pedido, por parte de Ed, de tener un encuentro personal, cosa que derrumbaría todo en cuestión de segundos.
A Fausto le había dado una profesionalidad indiscutible y una conducta verdaderamente intachable. De esto se desprendía que era un especialista serio y comprometido con una labor a la que había dedicado toda su vida. Era una persona bien formada, con delicados conocimientos en cultura general y un coeficiente intelectual muy superior al normal, que se traducía fielmente en una escritura riquísima y una gramática perfecta; tanto el contenido de su pensamiento como la estructura de éste se le revelarían a Ed a través de un vocabulario de gran nivel, detalle que provocaría la admiración y respeto indiscutible de una mentalidad sedienta de conocimientos como la suya.
Fausto se iba a caracterizar por ser todo un caballero, un “señor” y, como tal, muy respetuoso y ubicado en toda circunstancia, lo que hablaría de un excelente control voluntario de sus emociones primarias; dicho de otra manera, un ser humano que había evolucionado a expensas de su intelecto, cualidad que embriagaría a Ed. Este médico nunca haría nada que estuviera fuera de las sanas normas de convivencia social, pero tampoco admitiría comportamientos y actitudes que se alejasen de ellas. Mantendría un perfil bajo, porque su avasallante personalidad hablaría por sí misma. Su carácter estricto e inflexible sería necesario para poner freno a Ed en los constantes desplantes que suele provocarle su mente primitiva. Fausto Allende no permitiría discusiones de ninguna índole en la materia en la cual es perito; su palabra sería casi como la ley, y Ed tendría que acatarla le gustase o no. El psiquiatra le explicaría desde el principio que las reglas del juego eran esas, delimitando una distancia prudencial y recomendable entre los dos, a modo de “barrera” infranqueable en ambas direcciones.
Sería, indiscutiblemente, el mejor en lo suyo, una eminencia en su especialidad; es decir, que si existiese alguien capaz de resolver los trastornos mentales de Ed, sería sin dudas el Dr. Allende. Por lo tanto, iba a manejar su cabeza con el propio consentimiento del mismísimo Ed y sin que éste fuera capaz de advertirlo.
Para contradecir a la historia, y porque las casualidades a veces son demasiado irónicas, esta vez sería el demonio, quien le vendiera su alma a Fausto.
El plan estaba listo, ahora era necesario estudiar la forma de llevarlo a cabo. De eso trata la estrategia.
Tenía que hallar una conexión entre ellos; había que encontrar la forma que se relacionaran, un eslabón que los uniera. Se me ocurrió entonces, que mi querido amigo Braulio los podría presentar por correo electrónico, esto se vería favorecido porque Braulio y Ed se conocían y solían intercambiar charlas y mensajes por internet desde el accidente. El problema es que Braulio es una persona con unos principios humanos y morales muy pulcros, en su escala de valores el primer peldaño está ocupado por la verdad. No sabe de engaños ni trampas, no tiene matices. Braulio es un ser humano que merece mi respeto y cariño incondicional, y cualquiera que hubiese llegado a conocerlo podría decir lo mismo; él es de esas personas que no abundan. Sabe qué es la amistad y hace un culto de ella, y cuando entrega su mano, entrega su alma también; es muy parecido a Ariel y nunca accedería voluntariamente a ser partícipe del macabro plan que yo estaba gestando. Sin embargo, ésa era la única posibilidad de armar el rompecabezas.
Se me ocurrió hacerme pasar por mi amigo ante Ed, pero para esto tenía que adueñarme de su casilla de correo y deducir su contraseña. Aunque, primero debía convencer a Braulio de cortar toda comunicación con él a fin de evitar la filtración de información inconveniente entre ambos. Para eso lo llamé, e invoqué a su lealtad.
Todos mis sentidos se aletargaron por un tiempo indefinido en el que quedé totalmente aislada del mundo externo, compenetrándome cada vez más conmigo. En un interminable pleito ente el bien y el mal, mis pasiones en pugna comenzaron a desafiarse entre ellas, escarbando en lo más hondo de mis recuerdos. El odio poco a poco comenzó a ganar terreno hasta acaparar por completo mi conciencia. La memoria corrompida se encargó de extraviar para siempre las vivencias agradables, a cambio revelaba mis dolencias, las que yo me empecinaba en silenciar. La mente se había trasformado en un campo de batalla y el corazón ya no era el de antes, ahora latía con otro móvil. Hilvanando mis recuerdos comencé a sacar conjeturas y logré descifrar antiguos acertijos inconclusos. Mi pensamiento fugitivo embistió contra una legión de ideas censuradas, hasta entonces, por la idoneidad de un sano juicio; todas ellas hicieron convergencia en una sola que tomó el mando… una potente ocurrencia que se estaba gestando en mi cabeza cada vez con más insistencia.
Finalmente se hizo de noche y entonces recordé esa leyenda que recorre el cielo nocturno con un mandato secreto. -El corazón herido de un escorpión ha formado una estrella; y su aguja venenosa espera para marcar la hora final– pensé, mientras lo miraba fijamente. -El arácnido vengativo transformará el mito en realidad, y las horas ya están contadas.
Tenía que planear un crimen perfecto, y la mejor manera era usando ciertos conocimientos específicos, como los de la medicina forense. Los forenses se dedican a realizar autopsias (entre otras cosas), ellos suelen decir que los muertos hablan… y es verdad. Estos especialistas pueden revelar secretos que esconden los cuerpos acerca del modo de morir, el tiempo, el lugar. La escena del crimen también habla por sí misma y es fundamental al momento de recabar información. Esta rama de la Medicina obviamente se encuentra a favor de la justicia y llega a ser su mano derecha en innumerables ocasiones. ¿Pero, si lo mirásemos a la inversa? Sería una base de datos y conocimientos que podrían facilitar el delito y la impunidad. Como todo en la vida, depende de la intención con que sea utilizado y de las manos en las que caiga el conocimiento. Ella me alertaría para “evitar” algunas cosas y me capacitaría para hacer otras en forma deliberada. Es decir, si yo tenía conocimiento para descubrir la causa de una muerte, también lo tendría para matar sin que me descubrieran. Ésta es una especialidad médica que se puede empezar a estudiar luego de ciertos años de ejercer la profesión. A mí siempre me había gustado y hacía algún tiempo que había empezado a cursarla; a veces las casualidades existen (a pesar de que yo no creo en ellas), y ésta era muy oportuna.
Al enemigo hay que destruirlo porque es como el veneno, si no se antagoniza o elimina, en algún momento gana. Es él o nosotros, no cabe otra posibilidad. Curiosamente, el ejemplo de la ciencia era muy válido en este caso; los antídotos generalmente se fabrican utilizando el propio veneno, es decir, según su estructura y su mecanismo de acción; y para conocer esto hay que saber observar.
La observación y el análisis es también la base del ajedrez, juego estratégico por excelencia. Hay que saber dónde se está parado y pensar en detalle cada jugada a fin de no perder piezas en vano, y poder prever los movimientos que pueda hacer el oponente. La mejor defensa es el ataque, de modo que si bien hay que ser precavido no hay que dejar de ser audaz; este equilibrio lo da la inteligencia del jugador. Para dar jaque al rey, primero hay que abrirse un poco de camino entre su defensa, la consecuencia es que algunas piezas se pierden; lo importantes es saber elegir cuáles. Es decir, hay que usar el razonamiento de un modo práctico e ir intentando que el contrincante se mueva hacia donde nosotros queremos.
Yo había observado muy bien a Ed, y su intelecto era ciertamente notable aunque predecible. Una persona inteligente nunca revela los límites de sus capacidades ni los mecanismos que las ponen en funcionamiento, pues esto los haría fácilmente manejables por otra superior. Pero la vanidad suele cometer este tipo de errores, y si hay algo que a Ed le sobraba era justamente vanidad, la destilaba por sus poros sin contención y podía “olerse” a la distancia.
El punto débil de Ed era la “caricia intelectual”. Siempre necesitaba ser halagado por sus cualidades, y hasta me atrevería a decir que “se desvivía” porque los demás reconocieran su intelecto. El punto débil es lo primero que hay que disimular si se tiene real dominio de la mente. Para él eso era imposible; parecía gritar a los cuatro vientos su lado vulnerable, una muestra práctica de que su supuesta inteligencia no era tal.
Otro punto para recordar a la hora de declarar la guerra al enemigo es no subestimarlo nunca. Siempre hay que pensar que es más capaz de lo que aparenta, hay que hacer de cuenta que es un reflejo nuestro, que piensa y actúa igual que nosotros. La mentalidad de Ed era considerable, y de vez en cuando la utilizaba correctamente. Mis defensas debían permanecer alertas todo el día, la energía prolijamente encauzada, el paso medido y calculado en todo el camino, la ejecución matemáticamente exacta en cada movimiento.
Yo manejaba cierta información no sólo acerca de la organización mental de Ed sino también sobre su vida, errores y dolores del pasado (algunas cosas sólo él y yo las conocíamos). Con esos elementos podía desviar su juicio lo suficiente como para que creyera lo que yo quisiese. Cuando se tiene dominio sobre el juicio, el razonamiento es consecuencia directa y, por lo tanto, enteramente manejable. Como el pensamiento es el origen de la acción, una vez dueña de su pensamiento gobernaría su voluntad.
Sería literalmente “la voz de su conciencia”. Se vería frente a frente con sus actos pasados y no tendría más opción que el peso agotador de lo irreparable, que no perdona. Todo su ego se transformaría en una culpa insostenible de la misma magnitud, y no tendría más remedio que arrastrarse en su propia miseria despreciando su existencia.
Lo mataré yo misma, pero con un método lento que le permita mirarme a los ojos mientras muere… sabiendo que fui yo quien lo planeó. Tal vez su cuerpo no sufra, pero lo que le quede de alma sentirá un dolor lacerante por saberse derrotado y en mi poder. En ese minuto toda la necrosis de su esencia estará en mis manos, las cuales no moverán un solo músculo para salvarlo aún teniendo el poder de hacerlo. Rogará por una clemencia que nunca tendrá, por un auxilio que no llegará. Será la hora de intentar persuadirme una vez más, pero será tarde. Tal vez sea su mejor actuación antes de que el telón baje definitivamente, pero su único público allí presente no le creerá. Intentará venderme su alma para que lo deje vivir; deberé explicarle que no sería una buena inversión comprar algo de tan baja calidad. Llorará vencido, y cobardemente jurará arrepentimiento, mientras yo lo miraré a los ojos con una sonrisa victoriosa que no estoy dispuesta a disimular. Su orgullo se retorcerá de vergüenza por la vulgaridad de su tan creída inteligencia y con el sopor final reconocerá que perdió la última jugada de su vida, la más importante.
Cuando se haya ido y los portales del averno se hayan abierto definitivamente para él, me retiraré de ahí con la satisfacción del deber cumplido, con la paz de la justicia concretada.
Se irá como vino… con el paso cojo y su andar pausado; y marcando la entrada al infierno con su rastro reptante de malvado ofidio. El auténtico Poseidón, con toda su ira, lo ahogará en el mar más profundo del olvido; condenándolo eternamente a la sola e interesada compañía de un cardumen hambriento. Los ojos del universo, que alguna vez lo admiraron, le darán la espalda sentenciándolo a la permanente indiferencia. Su séquito infiel finalmente sabrá la verdad y lo desamparará al ver su mito legendario transformarse en un ordinario comadreo de barrio; entonces su templo de barro se derrumbará sepultándolo para siempre junto a su legado de sombras.
Nada quedará de él sobre la faz de la tierra, porque cuando debió hacer su siembra se quedó dormido en el espejismo irrisorio de sus sueños pueriles, y luego se refugió bajo el camuflaje de ganador para no enfrentar su mediocridad.
Se irá sin pena, sin gloria y tremendamente solo, es decir, con la única presencia de su eterna enemiga, la única con poder para exterminarlo; la voz que le anunciará el “jaque mate” a la hora precisa. Sí, esta vez el universo entero será testigo de un legendario mandato cumplido.
Luego se dirá que la dramática decisión fue tomada por una mente totalmente enferma y desquiciada, en un momento de desesperación. Todo probará que fue un suicidio, hasta el detalle menos pensado estará allí testimoniando la trágica determinación. Ni el ojo más astuto y experimentado podrá siquiera sospechar la verdad enmudecida en los inmóviles labios del Patriarca, ni la última imagen que sus inertes retinas se habrán llevado. Mi identidad será eterno secreto entre él y yo, y del reflejo de mi rostro sólo quedarán vestigios invisibles en sus córneas marchitas.
Su homicidio ya era un hecho, aunque eran varios detalles los que debía tomar en cuenta antes de armar la estrategia de trabajo. No había que dejar cabos sueltos, ya que un solo detalle librado al azar podría ser calamitoso. La única certeza que tenía hasta el momento era que existía una sola manera de lograr mi objetivo: meterme en la cabeza de Ed. Sería sencillo si se tratase de cualquier otra persona, pero él era bastante complejo. Yo contaba con la ventaja de conocerlo demasiado bien, pero con la desventaja de lo peligroso que él podía llegar a ser.
Una vez adentro la tarea sería bastante simple; lo dificultoso era encontrar la entrada secreta y la llave que pudiera abrirla.
Durante varios días estuve ocupada en el tema puntual de la vía de ingreso a su mente. Muchas fueron las ideas que pasaron de largo sin dejar marca, otras tantas fueron tenidas en cuenta con mayor jerarquía; pero el problema no era sencillo, era como intentar violar una caja fuerte de última generación. Debería estar preparada para evadir un importante sistema de vigilancia y sofisticados detonantes de alarmas, dentro de un campo minado en forma de laberinto y lleno de emboscadas. Además, cuando la misión es tan difícil hay que contar con una vía de escape rápida y eficaz en caso de ser descubierta, algo así como ser invisible y no dejar rastros.
Todo era demasiado…cientos de preguntas y miles de posibles respuestas para cada una. Hasta mis propios pensamientos ya se estaban burlando de mí, se corporizaban y me cuestionaban cada una de las opciones que les había presentado anteriormente, y en el oportuno silencio de la noche podía escuchar el murmullo de la sangre recorriendo mi cerebro, como presionándolo a resolver el enigma de una vez por todas. Entonces recordé mi último día en San Carlos y afloraron automáticamente las palabras que mencioné antes de partir, cuando miré a Ed fijamente y le dije: “Necesitas un psiquiatra”. Yo suelo ser muy convincente cuando hablo de esa manera. Se lo había dicho con toda sinceridad y con la autoridad que me daba saber algo del tema. Por su parte, él solía tener muy en cuenta mis consejos profesionales, sea cual fuere la especialidad de la cual se tratara. Esto podría ser la punta del ovillo… ¿quién mejor que un psiquiatra para entrar en su mente? ¿A quién se le puede confiar los más profundos secretos sino a un especialista en la materia? ¿A quién se le puede hacer caso sin cuestionamientos?, y más aún, teniendo la sospecha de estar al borde de la locura tras mi comentario lapidario de aquella noche. Ese consejo, que por mi parte había sido algo totalmente sincero y espontáneo, se había trasformado ahora en la carta ganadora esperando en mi manga. Sí, él era muy sugestionable, tanto que basaba sus decisiones en los sueños premonitorios que solía tener. No me cabían dudas, podía convencerlo de que estaba loco.
El punto principal estaba claro, yo sería su “falso psiquiatra”. Esto se vería favorecido por la vida que Ed llevaba, es decir, viajando continuamente por cuestiones laborales, nunca permanecía más de dos o tres días seguidos en una misma provincia. La única manera de entablar una relación con un psiquiatra sería por medio del correo electrónico y el chat. Esta no es una metodología de trabajo habitual en psiquiatría, pero si bien Ed podía llegar a deducirlo, también podría pensar que en su caso particular sería la única opción.
Ed es de esas personas que nunca acuden al médico, por lo tanto, para convencerlo me hacía falta crearle una enorme necesidad de atención. Esto lo conseguiría sembrándole miedo al explicarle que ciertas conductas puntuales de él me habían dado la pauta de que se encontraba por perder la razón, y que si dejaba pasar el tiempo, el daño sería irreversible. Al explicarle estas cosas debía utilizar un lenguaje bien técnico (el cual no entiende en absoluto), eso le daría un carácter mucho más dramático de lo que en realidad tendría en palabras comunes.
Era necesario asegurarme de que Ed creyera todo en su primera entrevista con el psiquiatra, a fin de evitar que ante la mínima sospecha procurara investigar.
Todo debía ser cuidadosamente planeado para evitar estos inconvenientes que no sólo echarían a perder mi plan sino que me meterían en un posible gran problema, ya que nada de esto era legal, partiendo de la base de hacerme pasar por otra persona (que en realidad existiría sólo en la mente de Ed y en el teclado de mi computadora), usurpando títulos y honores que no tenía, y desempeñando una rama de la Medicina que no estaba autorizada para ejercer. Sin mencionar que mis intenciones no eran precisamente “ayudarlo” sino destruirlo.
Pero conocía bien a Ed. Si en un primer momento lo encandilaba provocándole admiración, no se permitiría sospechar de un especialista de esa magnitud.
El psiquiatra sería “la reina” en mi tablero de ajedrez; una pieza invaluable sin la cual el juego está perdido. La reina admite casi todos los movimientos de las demás piezas y en cualquier dirección y velocidad; el único peligro para ella es el caballo. Como nunca hay que subestimar al enemigo, tomé como ejemplo al caballo para asemejarlo a Ed. ¿Qué curioso, no?, una de las nebulosas de la constelación de Orión es llamada la “cabeza de caballo” por su semejanza con esta pieza, ¿acaso todo esto estaba escrito en el universo? En fin, me dispuse a estudiar todas las posibles jugadas de Ed antes de decidir las mías, para que cualquier movimiento que él realizara estuviera anticipado por mí. Serían sólo dos piezas en el tablero, las dos únicas que no pueden destruirse mutuamente a menos que una de las ellas cometa un error.
La personalidad del psiquiatra era fundamental para hacer caer a Ed en mi trampa, y un punto crucial en el éxito del plan. Basándome en algunos perfiles de colegas muy respetables, fui imitando las características más sobresalientes de cada uno; y agregué el sabroso condimento de mi capacidad imaginativa. Con todo esto finalmente le di vida al Dr. Fausto Allende.
No era necesario inventarle un contexto familiar, ni gustos o actividades preferidas ya que en una relación estrictamente profesional, un médico no debe “familiarizarse” con el paciente de esa manera. Las entrevistas deberían ser totalmente objetivas, sin influencias personales de ningún tipo. El paciente nunca debe ver al psiquiatra como una persona igual a él, esto lo limitaría en hablar libremente debido a la existencia de sentimientos de vergüenza o temores de sentirse juzgado por la figura de éste, y debido a que el diálogo es fundamental en el tratamiento, el mismo no podría llevarse a cabo. Eso no me preocupaba porque en el supuesto caso de que Ed intentara ahondar más en la vida de Fausto Allende, él lo frenaría al instante sustentándose en lo que dictan las normas, legales y éticas, de ejercicio de la profesión.
El Dr. Allende tenía que “encantar” a Ed en su primer contacto; debía ser apasionante y merecedor de un indudable reconocimiento de su parte. Para eso lo había dotado de una fascinante trayectoria en el campo de las ciencias médicas, más específicamente en psiquiatría y neurofisiología (esto último sonaba muy bien y le sumaba importancia). Le agregué considerables años de experiencia y un reconocido prestigio a nivel nacional, tanto que con frecuencia era llamado desde distintos puntos del país como “médico consultor” cuando algún conflicto de gran complejidad no podía ser resuelto y se hacía imprescindible la presencia de un profesional de su talla. Esto, aparte de otorgarle una altísima calidad a los conocimientos, me ayudaría a que Ed se sintiera identificado con él, ya que éste llevaba una vida muy desordenada, viajando constantemente a diversas provincias sin permanecer en ninguna; en realidad la vida de Ed transcurría en un micro de larga distancia. El hecho de que el médico en cierta forma hiciera lo mismo, viajando periódicamente por trabajo, lograría que Ed se sintiera comprendido y contenido; sería de vital importancia para crear un vínculo sólido entre ambos. Esto engendraría en Ed un sentimiento de “complicidad” para con el médico, y todos sabemos que donde hay complicidad no pude faltar la confianza, columna vertebral de este plan. Ed vería a Fausto como alguien “semejante” a él y sería gratificante saberse “a la altura” de un ser humano de la estirpe del Dr. Allende; es decir, según la óptica egocéntrica de Ed, este personaje estaría a su mismo nivel, o tal vez un poco más alto, y facilitaría su permanencia en una posición jerárquica dentro de su estricta escala evaluadora.
El punto en el cual ambos se identificarían lo había hecho pensando en crear una “transferencia” claramente positiva. La transferencia en la relación médico-paciente es un vínculo unidireccional que se origina desde el paciente hacia el médico, y siempre se cumple, algunas veces en forma positiva y otras negativa; de esto depende en gran parte el éxito o fracaso del tratamiento, a tal punto que cuando es negativa, algunos profesionales se ven obligados a derivar sus pacientes a otro colega. Lo opuesto es la contra-transferencia y obviamente se da en sentido inverso, es decir, desde el médico al paciente, pero eso no me preocupaba ya que Fausto Allende sería yo.
Por último, el hecho de que el psiquiatra viajara constantemente me mantendría protegida de un posible pedido, por parte de Ed, de tener un encuentro personal, cosa que derrumbaría todo en cuestión de segundos.
A Fausto le había dado una profesionalidad indiscutible y una conducta verdaderamente intachable. De esto se desprendía que era un especialista serio y comprometido con una labor a la que había dedicado toda su vida. Era una persona bien formada, con delicados conocimientos en cultura general y un coeficiente intelectual muy superior al normal, que se traducía fielmente en una escritura riquísima y una gramática perfecta; tanto el contenido de su pensamiento como la estructura de éste se le revelarían a Ed a través de un vocabulario de gran nivel, detalle que provocaría la admiración y respeto indiscutible de una mentalidad sedienta de conocimientos como la suya.
Fausto se iba a caracterizar por ser todo un caballero, un “señor” y, como tal, muy respetuoso y ubicado en toda circunstancia, lo que hablaría de un excelente control voluntario de sus emociones primarias; dicho de otra manera, un ser humano que había evolucionado a expensas de su intelecto, cualidad que embriagaría a Ed. Este médico nunca haría nada que estuviera fuera de las sanas normas de convivencia social, pero tampoco admitiría comportamientos y actitudes que se alejasen de ellas. Mantendría un perfil bajo, porque su avasallante personalidad hablaría por sí misma. Su carácter estricto e inflexible sería necesario para poner freno a Ed en los constantes desplantes que suele provocarle su mente primitiva. Fausto Allende no permitiría discusiones de ninguna índole en la materia en la cual es perito; su palabra sería casi como la ley, y Ed tendría que acatarla le gustase o no. El psiquiatra le explicaría desde el principio que las reglas del juego eran esas, delimitando una distancia prudencial y recomendable entre los dos, a modo de “barrera” infranqueable en ambas direcciones.
Sería, indiscutiblemente, el mejor en lo suyo, una eminencia en su especialidad; es decir, que si existiese alguien capaz de resolver los trastornos mentales de Ed, sería sin dudas el Dr. Allende. Por lo tanto, iba a manejar su cabeza con el propio consentimiento del mismísimo Ed y sin que éste fuera capaz de advertirlo.
Para contradecir a la historia, y porque las casualidades a veces son demasiado irónicas, esta vez sería el demonio, quien le vendiera su alma a Fausto.
El plan estaba listo, ahora era necesario estudiar la forma de llevarlo a cabo. De eso trata la estrategia.
Tenía que hallar una conexión entre ellos; había que encontrar la forma que se relacionaran, un eslabón que los uniera. Se me ocurrió entonces, que mi querido amigo Braulio los podría presentar por correo electrónico, esto se vería favorecido porque Braulio y Ed se conocían y solían intercambiar charlas y mensajes por internet desde el accidente. El problema es que Braulio es una persona con unos principios humanos y morales muy pulcros, en su escala de valores el primer peldaño está ocupado por la verdad. No sabe de engaños ni trampas, no tiene matices. Braulio es un ser humano que merece mi respeto y cariño incondicional, y cualquiera que hubiese llegado a conocerlo podría decir lo mismo; él es de esas personas que no abundan. Sabe qué es la amistad y hace un culto de ella, y cuando entrega su mano, entrega su alma también; es muy parecido a Ariel y nunca accedería voluntariamente a ser partícipe del macabro plan que yo estaba gestando. Sin embargo, ésa era la única posibilidad de armar el rompecabezas.
Se me ocurrió hacerme pasar por mi amigo ante Ed, pero para esto tenía que adueñarme de su casilla de correo y deducir su contraseña. Aunque, primero debía convencer a Braulio de cortar toda comunicación con él a fin de evitar la filtración de información inconveniente entre ambos. Para eso lo llamé, e invoqué a su lealtad.
-Braulio, preferiría que cortes toda relación con Ed.
-Sí, se ha comportado muy mal.
-Ábrete una casilla nueva, o te cansará con su insistencia.
-Lo haré, ¡te doy mi palabra!
Era la mejor manera de evitar un contacto con él. Si bien le agradecí mucho a Braulio su determinación, lo cierto es que nunca sabría lo útil que me había sido. Ahora me quedaba el pequeño problema de descifrar la contraseña; y fue entonces cuando recurrí nuevamente a Beto. Busqué una excusa cualquiera y lo llamé por teléfono.
-Hola Beto, tengo un problema. No puedo recordar la contraseña de una de mis casillas. ¿Conoces alguna manera de descifrarla?
-Sí -contestó-, pero es ilegal.
-¡Pero se trata de mi correo!
-Igual, esos programas no están permitidos.
-¡Ayúdame por favor!
-Entra a una página pirata, abre una casilla nueva con un nombre falso. Luego buscas “programas descrakeadores”.
-Espera que tomo nota…
-Después sólo tienes que configurarlo siguiendo las instrucciones.
-Bien, entendí.
-Puede demorar días, hasta lograr formar la contraseña escondida.
-Gracias Beto, y hasta pronto.
Así lo hice… y al cabo de varios días obtuve las contraseñas de Braulio, Ariel y Ed; exactamente lo que necesitaba para que la estrategia fuese perfecta. Logré tener acceso a las casillas de mis amigos, que de ahora en más serían mías; es decir, los mensajes que salieran de ellas parecerían ser enviados tanto por Braulio como por Ariel, aunque en realidad sería yo quien escribiera. La de Ed sólo la necesitaba para leer sus correos y tener más información.
Para no despertar sospechas, yo debía asimilar algunos detalles de la escritura y redacción de Braulio (que distaba mucho de la mía). Él a menudo se expresaba en otro tiempo verbal: el pretérito perfecto (casi inusual para mí, pero el mismo que usaba Ed). Si yo olvidaba estos detalles, Ed podría darse cuenta de que la persona que escribía no era Braulio, más aún teniendo en cuenta que conocía a la perfección mi redacción. Si se me “escapaba” alguna forma de expresión típicamente mía, no demoraría en darse cuenta de que tras ese teclado estaba yo. El punto era poder “despersonalizarme” y “personalizarme” en Braulio (o en el Dr. Fausto Allende cuando interpretara el papel de uno o del otro). Sería algo así como sufrir de “personalidades múltiples”, pero teniendo plena conciencia de ello en todo momento. La idea me atemorizaba un poco, no era improbable que de tanto personificar a diferentes sujetos, terminara perdiendo mi propia identidad, pero era la única manera.
Fue necesario practicar durante algunos días antes de comunicarme con Ed, como Braulio; también tenía que familiarizarme con lo que sería la escritura que caracterizara a Fausto Allende, a fin de que ambas surgieran naturalmente en el momento de usarlas. Por otra parte debía tener en cuenta que para escribir un correo electrónico podía tomarme mi tiempo pensando bien qué diría y de qué forma, pero en caso de tratarse de un chat, el tiempo correría y las probabilidades de error irían en aumento, ya que es una conversación en “vivo y en directo” aunque sea por internet… se cumple en tiempo real y no admite corrección de errores; y sería justamente por chat la mayor parte de las veces que haría participar a Fausto. Mientras me dedicaba a este “entrenamiento” seguí con el paso siguiente: abrir otra casilla a nombre de mi querido psiquiatra.