-Doctor, ya no tengo dudas de que está muerto.
-Entonces estamos en problemas. Deberemos empezar hoy mismo con el tratamiento de la “autoevaluación”.
-¿Qué es eso?
-Un examen de conciencia, luego escribirá los resultados.
-¿Para qué demonios tengo que escribirlo?
-Porque es una carta que se escribe a sí mismo mencionando sus debilidades. El objetivo es que, pasado un tiempo, vuelva a leerla y podamos ver qué cosas pudo mejorar.
-Ah…
-Es importante que se haga de la manera que le indico. Le daré un ejemplo; podrá poner: “me siento abandonado, no sé hacia dónde se dirige mi vida y temo enloquecer…” ¿Comprendió?
-Sí.
-Deberá utilizar un papel de carta, para darle realismo. No la dirigirá a nadie ni le pondrá fecha. Sólo la firmará al pie junto a la aclaración.
-¡Rayos!, ¿Me está tomando el pelo? ¿Por qué firmarla?
-Son detalles importantes. Su subconsciente creerá que verdaderamente está escribiendo esa nota a otra persona, y bajará las defensas permitiéndole decir cosas que quizá no diría.
-Igualmente suena ridículo.
-No lo es, y muchas veces dio resultado; es una de mis estrategias para engañar al subconsciente.
-¿Cómo lo engañaremos, si yo sé qué voy a escribir?
-Cuando comience a escribir se sentirá más libre de poner cosas que no diría en voz alta, cuanto más desinhibido esté más bajará la barrera de la censura.
-Haré lo que dice.
-Recuerde que deberá guardarla en un sobre cerrado y en un lugar seguro. Debe ser un sitio accesible; de esa manera se pone a prueba su propia voluntad al saber que lo tiene a mano y aún así no lo abre; eso es quizá lo más importante. De esa forma mantendrá el control sobre su mente y hará que la demencia se retrase y tal vez se dé por vencida.
-¿Quiere decir que si no lo abro no enloqueceré?
-No, pero si se resiste a abrirlo fortalecerá su psiquis y quizá, sólo quizá no enloquezca; es una posibilidad muy remota…
-¿Entonces tal vez me quede alguna oportunidad?
-Vayamos paso a paso.
-¿Cuando deberé abrir esa nota?
-El plazo nunca es menor a un año.
-Entendí perfectamente.
Ya lo había convencido de lo más importante, sólo quedaba ocuparse de que la escondiera en un lugar seguro, pero donde ella tuviera acceso. Luego de matarlo iría por esa carta y la dejaría a la vista, sin que nadie jamás sospechara de qué forma había sido escrita.
-¿Ya pensó donde la guardará? -inquirió Fausto.
-No.
-Nadie debe encontrarla, ni siquiera el "fantasma".
-Ahora que lo dice… ese maldito tuvo acceso a todos los lugares de mi casa, pero me consta que hay algo que ni siquiera sospechó, y creo saber por qué.
-Sea más claro.
-El cajón de la mesa de luz derecha, no lo tocó. De lo contrario me hubiera dado cuenta.
¿Qué le estaba diciendo?, ¿qué cosas tendría allí? Sin dudas era algo que le hubiera llamado mucho la atención a Ariel, y por lo tanto a Kiara. Ya no tendría más oportunidad de ir hasta allá hasta el día de la ejecución, tenía que hacer lo posible para que le dijera qué era eso que se encontraba en aquel cajón. -¿Cómo fui tan distraída? Sólo pensé en el cajón izquierdo… ¡jamás se me ocurrió ver del otro lado!, estaba segura que sólo guardaba el cargador de su arma-. pensaba mientras intentaba encontrar la forma de que se lo revelara sin que advirtiera su curiosidad.
-Sigo sin comprender por qué él no tuvo en cuenta algo tan obvio como la mesa de luz -comentó Fausto.
-Lo hizo, pero del lado izquierdo; era zurdo.
-Claro, nunca se le ocurrió abrir el otro cajón.
-No.
-¿Y qué es eso que guarda ahí?
-No importa. Ahí mismo la dejaré.
Si Fausto seguía insistiendo Ed podría darse cuenta de que esa curiosidad no tenía mucho sentido. Después de haber cometido semejante error no podía permitirse otro aún más grave. Era necesario dejar las cosas así, al fin de cuentas tarde o temprano se enteraría. -Sí, debo ser paciente y esperar el momento oportuno; que ya no está tan lejos- pensaba. Tenía que lograr que le enviara una copia de la nota, ya que no quería encontrarse con sorpresas indeseables en el momento de usarla. Tenía que tener la certeza absoluta de lo que decía la carta, ya que un detalle ínfimo que él cambiara podría hacer peligrar el plan.
-Luego de escribirla envíeme una copia a mi casilla de correo, necesito tenerla para orientar la conducta terapéutica -indicó Fausto.
-¡Me dijo que la escribiera a mano!
-¡Sí!, pero después la escanea y me la envía. Recuerde: no cambie absolutamente nada en ella una vez que me la haya mandado; sería contraproducente para el tratamiento ya que voy a basarme en eso.
-Seguiré sus indicaciones pero ¡dígame cuándo va a medicarme!
-¡No, otra vez con eso!- pensó Kiara -si insiste podría meterme en problemas-. Medicarlo significaba hacerse presente; además no podía sellar la receta con la firma de Fausto, eso haría que la descubrieran. Tenía que distraerlo con alguna excusa, al menos por unos días. Hacía falta afinar ciertos detalles antes llegar a la recta final y tenía que armar un ambiente acorde con un suicidio. La demencia sola no alcanzaba, había que lograr que se mostrara angustiado y deprimido delante de la gente.
-Pensé en derivarlo a un colega de su provincia y enviarle un resumen de historia clínica para que esté al tanto. Estudiará su caso y lo medicará si lo cree conveniente… - sugirió Fausto.
-Me parece bien.
-Sólo hay un problema…
-¡Demonios! ¿Cuál?
-El colega hará su propia evaluación y le llevará tiempo.
-¡Entonces no!, no puedo esperar más; quiero resolver esto cuanto antes, debe haber otra manera.
-Me parece bien.
-Sólo hay un problema…
-¡Demonios! ¿Cuál?
-El colega hará su propia evaluación y le llevará tiempo.
-¡Entonces no!, no puedo esperar más; quiero resolver esto cuanto antes, debe haber otra manera.
Había llegado el momento de armar el verdadero suicidio. Era imprescindible “llevarlo” a que los otros vieran que tenía motivos para matarse, y era preciso poder “documentarlo”. Eso sería relativamente sencillo, lo convencería de asistir a una guardia médica con un argumento preparado por ella, argumento que cualquier colega creería, aunque debía tener cuidado con el tema de las alucinaciones.
-Déjeme pensar -dijo Fausto- haremos lo siguiente: usted irá a la guardia del hospital más cercano. Deberá convencer al médico de que está pasando por un momento de gran ansiedad y angustia. No mencione las alucinaciones porque lo internará en un instituto neuropsiquiátrico, sólo diga lo que le expliqué y muéstrese muy nervioso manifestando su tristeza. Haga hincapié en que está empezando a tener síntomas en el cuerpo como dolores de pecho o acidez en el estómago. El médico le hará algunos exámenes que darán normales, entonces le administrará algún tranquilizante y probablemente le recetará para que pueda administrarse otra dosis hasta consultar por el servicio externo.
-Entendí.
-No debe asistir al consultorio externo porque lo derivarán a otro psiquiatra y éste lo internará; deberá seguir yendo a las guardias.
-En algún momento no querrán atenderme por no haber hecho caso.
-No pueden negarse a atenderlo pero pueden pedir la internación, por lo tanto, vaya cambiando de hospital o de día, para que no lo atienda siempre el mismo médico, y manifiéstese siempre de igual manera diciendo exactamente lo mismo.
Eso le vendría muy bien a Kiara. Si al investigar la muerte hacían el seguimiento correcto llegarían a probar que sufría de una grave depresión y, a la vez, de una gran dependencia farmacológica. Tenía que asegurarse de que cumpliría, ya que esta parte del plan dependía exclusivamente de que él hiciera lo correcto. Un solo error podría ser el final.
-Lo haré.
-Nos manejaremos de esta forma hasta que yo pueda viajar. Esperemos no tener que utilizar la otra opción.
-¿Cuál?
-No viene al caso; siga mis instrucciones.
-Bien.
-Seguramente su familia o amigos lo verán un poco alterado, sobre todo por sus alucinaciones. Es importante que no comente la verdad con ellos. Dígales que está un poco deprimido, nada más.
-No soy depresivo, no me creerán.
-Haga que le crean, es muy importante. Nos veremos en unos días, no olvide enviarme la nota para que empiece a trabajar con ella.
Kiara debía esperar a que le enviara esa carta para poder analizarla detenidamente y saber si serviría como prueba. Todo se estaba encaminando según sus planes, pero tenía que ir con cautela. -Es importante mantener la calma y la mente fría- pensaba. Sin embargo había una pregunta que seguía dando vueltas en su cabeza y le molestaba mucho. ¿Qué guardaba en la mesa de luz? Él tenía razón, el Santo no lo había pensado, ¡qué distracción!... -¡Cómo no abrí ese cajón! En fin, ya está hecho, ¡pero sigo sin comprender cómo pude omitir ese detalle!, ¡tendría que haberme fijado!, bueno ¡basta!, ¡basta ya!
Los interrogantes la perseguían todo el tiempo y por más que lo intentaba no podía perdonarse ese error. Quizá ahí había más pruebas que lo incriminaban con la muerte de Ariel, o tal vez datos que demostraran sus otros delitos. Hubiera sido importante tenerlos en su poder, tal vez hubiera podido armar un ataque más directo, o una partida más exacta.
Esa noche pensó mucho en esa nueva incógnita y en ese imperdonable descuido. Deambuló de una ocurrencia a otra, con la mente confundida entre millones de posibilidades. -¿Qué guardas ahí Ed?-, pensaba mientras miraba el cielo estrellado a través de la ventana -¿el arma homicida?, ¡pero si lo mataste con tus propios puños! ¿Cuántos delitos más tienes? ¿Qué otro siniestro secreto escondes en ese cajón?- se decía una y otra vez sin poder conciliar el sueño.
Ed había estado todo el día meditando sobre esa nota y las constantes preguntas del psiquiatra. -Eres un entrometido, Fausto, si no fuera porque te necesito…- pensaba mientras preparaba la cena. -Jamás imaginé que dependería tanto de un desconocido- murmuraba con impotencia al saberse en sus manos -debo reconocer que eres un maldito genio- agregó. -Podría asegurar que me conoces bastante, pero no lo suficiente.
Comió ligeramente y luego lavó la vajilla. -Aunque enloquezca por callarlo nunca lo sabrás, maldito Fausto- dijo mientras iba a la habitación. Se dirigía hacia la mesa de luz con paso decidido. -No, jamás te lo diré- murmuró mientras abría el cajón del lado derecho. Sacó un cofre de madera, tomó la llave y lo abrió. -¡Tantas veces quise dártelos!- dijo… -ellos parecían querer saltar de mi bolsillo y yo tenía que atraparlos con fuerza para que no escaparan- pensó mientras sus ojos se iban poniendo tristes. -Si fui capaz de escribir este poema, fue por pensar en ti- susurró con palabras entrecortadas y sosteniendo una poesía. -Y esto… esto es lo más sagrado que tengo, porque es lo único que me ha quedado- dijo con la voz quebrada al sacar un pañuelo de seda que estaba en el fondo. -Él albergó mi llanto en San Carlos, cuando salí corriendo a buscarte- confesó, desdoblándolo con delicadeza. Sus ojos humedecidos volvieron a brillar de pena porque ahí dentro estaba ese pétalo de rosa que Kiara le había dejado antes de marcharse. Lo tomó como solía hacerlo diariamente -desde entonces lo he llevado conmigo a todas partes- agregó mientras lo acariciaba y lo besaba con un amor inmenso que no le cabía en el alma, y con un dolor tan profundo que le quemaba el corazón. -¡Qué no hubiera dado por recuperarte!- dijo casi a gritos al tiempo que la vertiente de sus ojos engendraba una lágrima -pero tú no te mereces mi maldad… ¡tú no!-. Entonces sus párpados comenzaron a tiritar por ella, y ese llanto vagabundo se volcó nuevamente en el pañuelo, como aquella vez y como diariamente… un ritual que su alma le pedía. -Tuve que apartarte de mí porque el vacío de perderte hubiera sido peor que el dolor de dejarte.
Verdaderamente la amaba, la amaba con locura, tanto que sentía su adiós más de lo esperado, y su indiferencia le dolía más de lo permitido. Su sentencia de muerte tenía nombre de mujer, porque vivía y moría por su amor, aunque ella no lo supiera ni le importara. La había guardado en el único rincón limpio de su corazón, donde ni él mismo podía entrar. Era un secreto ensordecedor que gritaba adentro suyo, y al cual sólo él podía oír. Era una herida profunda que lo iba matando con cada respiración, una herida que no podía cerrar. -Tienes razón Fausto, ella es mi vida entera- dijo mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo de su chaqueta y se preparaba para salir.
Ya era de noche ¿adónde iría tan decidido? Las estrellas empezaban a colonizar el cielo negro, y él se dirigía hacia algún lugar, un lugar que conocía como a la palma de su mano. -Es extraño, nunca he comprendido tu dialecto y sin embargo siempre me parece escucharte secretear con mi sombra- dijo al sentarse a los pies del ciprés. -¿Sabes?, yo puedo enseñarte mucho del amor, aunque nadie lo imagine-. Era cierto; si alguien en este mundo tenía cátedra sobre ese tema, era justamente Ed, porque no sólo lo sentía, sino que estaba muriendo por sentirlo tanto.
-No permitas que olvide ese pasado feliz que nació bajo tus ramas- le pidió con nostalgia, temiendo que la locura le arrebatara todo. De pronto sacó el poema que había llevado en su chaqueta. -Querido amigo, tú sabes por qué este corazón descarado se empeña en seguir latiendo- le dijo mientras tomaba un lápiz y empezaba a hacer un dibujo. El lápiz se deslizaba por el papel con la acrobacia de un artista. Detalles y esfumados; oscuros y claros, todos balanceados y combinados para darle vida a ese bosquejo que estaba naciendo de sus manos. Cerraba los ojos para representarla en su mente y luego la iba reproduciendo en esa hoja tal cual la había visto, tal cual la sentía. -Terminé-… había dibujado una rosa. Sus ojos se alegraron por unos instantes y su rostro pudo esculpir una sonrisa serena que luego se entristeció -sin embargo jamás podré terminar mi poema, no sin ella-. Alzó la mirada. -¡Antares, tú sí eres dueña de sus ojos!- dijo con un poco de envidia. -La simpleza de mi rosa no tiene nada que envidiarle a este cielo estrellado- pensó... -porque en el más pequeño de sus pétalos cabe todo el universo-. Después tomó el pañuelo y no volvió a soltarlo durante todo el tiempo que permaneció así, observando esa distante estrella roja sabiendo que Kiara estaría haciendo lo mismo, en algún lugar del mundo. -¡Si yo pudiera atrapar su mirada como lo haces tú…!- enfatizó con un suspiro prolongado -entonces sobornaría a Dios para que me diera ese brillo tuyo que tanto la enamora-.Y realmente lo estaba haciendo, porque su alma comenzaba a tener luz, una luz mucho más brillante que la de Antares. Ese asesino tenía una llama eterna, un resplandor tan puro que lo estaba redimiendo sin que pudiera imaginarlo.
-Dime dónde está el fin del mundo- le dijo a la estrella que ya estaba por ocultarse… -porque incluso hasta allí sería capaz de seguirla.
Ed emprendió el regreso hacia la casa, tenía que redactar la nota para el Dr. Allende. Inventaría alguna excusa convincente para que quedara como él se la había pedido y seguiría el resto de sus instrucciones al pie de la letra, pero su amor sería tan secreto como el primer día.
Ni bien llegó guardó el dibujo y el pañuelo, y se quedó pensando en algo que había hablado con el psiquiatra… -¿Sabes?, este asesino entiende del amor mucho más que nadie, ¿y por qué crees?- murmuró como hablándole a Fausto mientras se tocaba el pecho recordando a su rosa… -porque no ha tenido valor para cortarla.
Los interrogantes la perseguían todo el tiempo y por más que lo intentaba no podía perdonarse ese error. Quizá ahí había más pruebas que lo incriminaban con la muerte de Ariel, o tal vez datos que demostraran sus otros delitos. Hubiera sido importante tenerlos en su poder, tal vez hubiera podido armar un ataque más directo, o una partida más exacta.
Esa noche pensó mucho en esa nueva incógnita y en ese imperdonable descuido. Deambuló de una ocurrencia a otra, con la mente confundida entre millones de posibilidades. -¿Qué guardas ahí Ed?-, pensaba mientras miraba el cielo estrellado a través de la ventana -¿el arma homicida?, ¡pero si lo mataste con tus propios puños! ¿Cuántos delitos más tienes? ¿Qué otro siniestro secreto escondes en ese cajón?- se decía una y otra vez sin poder conciliar el sueño.
Ed había estado todo el día meditando sobre esa nota y las constantes preguntas del psiquiatra. -Eres un entrometido, Fausto, si no fuera porque te necesito…- pensaba mientras preparaba la cena. -Jamás imaginé que dependería tanto de un desconocido- murmuraba con impotencia al saberse en sus manos -debo reconocer que eres un maldito genio- agregó. -Podría asegurar que me conoces bastante, pero no lo suficiente.
Comió ligeramente y luego lavó la vajilla. -Aunque enloquezca por callarlo nunca lo sabrás, maldito Fausto- dijo mientras iba a la habitación. Se dirigía hacia la mesa de luz con paso decidido. -No, jamás te lo diré- murmuró mientras abría el cajón del lado derecho. Sacó un cofre de madera, tomó la llave y lo abrió. -¡Tantas veces quise dártelos!- dijo… -ellos parecían querer saltar de mi bolsillo y yo tenía que atraparlos con fuerza para que no escaparan- pensó mientras sus ojos se iban poniendo tristes. -Si fui capaz de escribir este poema, fue por pensar en ti- susurró con palabras entrecortadas y sosteniendo una poesía. -Y esto… esto es lo más sagrado que tengo, porque es lo único que me ha quedado- dijo con la voz quebrada al sacar un pañuelo de seda que estaba en el fondo. -Él albergó mi llanto en San Carlos, cuando salí corriendo a buscarte- confesó, desdoblándolo con delicadeza. Sus ojos humedecidos volvieron a brillar de pena porque ahí dentro estaba ese pétalo de rosa que Kiara le había dejado antes de marcharse. Lo tomó como solía hacerlo diariamente -desde entonces lo he llevado conmigo a todas partes- agregó mientras lo acariciaba y lo besaba con un amor inmenso que no le cabía en el alma, y con un dolor tan profundo que le quemaba el corazón. -¡Qué no hubiera dado por recuperarte!- dijo casi a gritos al tiempo que la vertiente de sus ojos engendraba una lágrima -pero tú no te mereces mi maldad… ¡tú no!-. Entonces sus párpados comenzaron a tiritar por ella, y ese llanto vagabundo se volcó nuevamente en el pañuelo, como aquella vez y como diariamente… un ritual que su alma le pedía. -Tuve que apartarte de mí porque el vacío de perderte hubiera sido peor que el dolor de dejarte.
Verdaderamente la amaba, la amaba con locura, tanto que sentía su adiós más de lo esperado, y su indiferencia le dolía más de lo permitido. Su sentencia de muerte tenía nombre de mujer, porque vivía y moría por su amor, aunque ella no lo supiera ni le importara. La había guardado en el único rincón limpio de su corazón, donde ni él mismo podía entrar. Era un secreto ensordecedor que gritaba adentro suyo, y al cual sólo él podía oír. Era una herida profunda que lo iba matando con cada respiración, una herida que no podía cerrar. -Tienes razón Fausto, ella es mi vida entera- dijo mientras guardaba el pañuelo en el bolsillo de su chaqueta y se preparaba para salir.
Ya era de noche ¿adónde iría tan decidido? Las estrellas empezaban a colonizar el cielo negro, y él se dirigía hacia algún lugar, un lugar que conocía como a la palma de su mano. -Es extraño, nunca he comprendido tu dialecto y sin embargo siempre me parece escucharte secretear con mi sombra- dijo al sentarse a los pies del ciprés. -¿Sabes?, yo puedo enseñarte mucho del amor, aunque nadie lo imagine-. Era cierto; si alguien en este mundo tenía cátedra sobre ese tema, era justamente Ed, porque no sólo lo sentía, sino que estaba muriendo por sentirlo tanto.
-No permitas que olvide ese pasado feliz que nació bajo tus ramas- le pidió con nostalgia, temiendo que la locura le arrebatara todo. De pronto sacó el poema que había llevado en su chaqueta. -Querido amigo, tú sabes por qué este corazón descarado se empeña en seguir latiendo- le dijo mientras tomaba un lápiz y empezaba a hacer un dibujo. El lápiz se deslizaba por el papel con la acrobacia de un artista. Detalles y esfumados; oscuros y claros, todos balanceados y combinados para darle vida a ese bosquejo que estaba naciendo de sus manos. Cerraba los ojos para representarla en su mente y luego la iba reproduciendo en esa hoja tal cual la había visto, tal cual la sentía. -Terminé-… había dibujado una rosa. Sus ojos se alegraron por unos instantes y su rostro pudo esculpir una sonrisa serena que luego se entristeció -sin embargo jamás podré terminar mi poema, no sin ella-. Alzó la mirada. -¡Antares, tú sí eres dueña de sus ojos!- dijo con un poco de envidia. -La simpleza de mi rosa no tiene nada que envidiarle a este cielo estrellado- pensó... -porque en el más pequeño de sus pétalos cabe todo el universo-. Después tomó el pañuelo y no volvió a soltarlo durante todo el tiempo que permaneció así, observando esa distante estrella roja sabiendo que Kiara estaría haciendo lo mismo, en algún lugar del mundo. -¡Si yo pudiera atrapar su mirada como lo haces tú…!- enfatizó con un suspiro prolongado -entonces sobornaría a Dios para que me diera ese brillo tuyo que tanto la enamora-.Y realmente lo estaba haciendo, porque su alma comenzaba a tener luz, una luz mucho más brillante que la de Antares. Ese asesino tenía una llama eterna, un resplandor tan puro que lo estaba redimiendo sin que pudiera imaginarlo.
-Dime dónde está el fin del mundo- le dijo a la estrella que ya estaba por ocultarse… -porque incluso hasta allí sería capaz de seguirla.
Ed emprendió el regreso hacia la casa, tenía que redactar la nota para el Dr. Allende. Inventaría alguna excusa convincente para que quedara como él se la había pedido y seguiría el resto de sus instrucciones al pie de la letra, pero su amor sería tan secreto como el primer día.
Ni bien llegó guardó el dibujo y el pañuelo, y se quedó pensando en algo que había hablado con el psiquiatra… -¿Sabes?, este asesino entiende del amor mucho más que nadie, ¿y por qué crees?- murmuró como hablándole a Fausto mientras se tocaba el pecho recordando a su rosa… -porque no ha tenido valor para cortarla.
