Esa tarde Kiara se conectó más temprano. Estaba en una etapa muy importante, nada tenía que salir mal, era necesario aprovechar la ocasión para tomar las riendas definitivamente. Su amigo descansaría por unos días; ahora iba a entrar solamente como Fausto.
-¡Por fin, Allende! -exclamó Ed.
-¿Qué pasa, Edmundo?
-Ese hombre ha estado en mi casa.
-¡Qué! ¿No estaba muerto?
-¡Lo está!
-¿Entonces?
-Finalmente enloquecí… ya no me caben dudas -dijo resignado.
-No nos apresuremos, quizá esté un poco alterado y confuso.
-¡Demonios! No estoy confuso, ¡él ha vuelto!
-Entonces no está muerto.
-¡Sí, lo está!
-¡Claro!, ¿cómo no vas a estar tan seguro si tú mismo lo asesinaste?- pensaba Kiara. Ahora le demostraría que no siempre se puede callar a los muertos, ahora vería que algunos de ellos pueden ser más peligrosos bajo tierra, sobre todo cuando tienen una pequeña “ayudita” arriba.
-A veces los muertos hacen más daño que los vivos. Su recuerdo nos hace mal.
-¡No son recuerdos!
-Puede haber sido un sueño.
-¡No!, ¡también ha hablado conmigo!, por chat.
-Ya le dije que podría hacerlo cualquiera que tuviera la contraseña.
-Nadie la tiene, además dijo cosas que sólo él y yo sabíamos.
-Tal vez se las contó a otra persona.
-¡Imposible!, las hablamos a solas, minutos antes de su muerte.
-¿Cómo?
-No pregunte, ¡conteste!
-Alguien debió haberlos escuchado.
-¡Estábamos solos!, quería humillarlo con algo… Los demás esperaron en la planta baja, ¡nadie pudo escuchar!
-¡Qué maldito!- gritó ella sin poder contenerse. -¡Ja!, Ariel tenía las “hormonas” muy bien puestas como para rebajarse a eso. Además, de todas formas lo hubiera matado. Ed no sabe qué es la piedad, sin embargo ahora va a necesitarla, ¿será él quien se arrodille para pedirla?- En realidad a Kiara le daba igual, no pretendía eso, aunque seguramente le hubiera resultado muy gratificante.
-¡Humillarlo! -exclamó Fausto-
-Sí, lo merecía.
-¿Y no pudo comentar nada antes de morir?
-¡Estuve con él, no lo perdí de vista!
-Esto es grave. Son alucinaciones nuevamente…
-¡No son alucinaciones, él ha vuelto para vengarse!
-¡Ah!... estás a punto de confesar. Pensé que eras más inteligente, pero ya veo que me equivoqué- exclamó Kiara con satisfacción. En efecto, él mismo se había colocado en una postura muy comprometida. Fausto le haría la pregunta obligada. Ahora sólo le restaba ir acorralándolo cada vez más hasta que no tuviera otra opción que decir la verdad. -¡A ver qué inventas ahora!, ¿te quedará algún otro truco por ahí guardado? No lo creo, tu cabeza está demasiado alterada como para pensar correctamente. ¡Estoy ansiosa por ver esto!- y realmente lo estaba.
-¿Por qué tendría que vengarse?
-Ya le dije…
-¿Volver de la muerte para vengar una humillación? No lo creo.
-No sólo lo humillé.
-¿Qué más le hizo?, ¿qué tan grave pudo ser?
-Todo lo que hablamos usted y yo es confidencial ¿no?
-Por supuesto ¿por qué lo pregunta?
-Porque deberá mantener un secreto.
-¡Claro que sí!- le gritó furiosa al monitor -no me interesa delatarte, pero te juro que preferirías que lo hiciera-. Sí, si Ed hubiera imaginado lo que Kiara iba a hacer, elegiría ir a prisión antes de que sus manos lo alcanzasen.
-Sí, claro, guardaré el secreto profesional -contestó Fausto.
-Bien -se tomó unos segundos para pensar-, lo “apreté” un poco…
-No entiendo. ¿Qué hizo exactamente?
-Le cerré la boca...
-Debería reconciliarse con él en su mente; entonces irá desapareciendo.
-No hay reconciliación posible. Como dije; le cerré la boca… para siempre.
-¿Cómo?, ¡repita eso! ¡Explíquese!
-Me deshice de él, lo maté.
-¡Eso es gravísimo! ¡Dígame que se le fue la mano!, ¡que no quería hacerlo!
-¡Quería!, ¡y disfruté haciéndolo!
-¡Es un asesino!
-Sí, pero necesito que me ayude sin juzgarme… ¡y sin hablar!
-No sé si pueda… Además, mi silencio no es complicidad, sino obligación profesional; aunque esto sería una “justa causa” como para denunciarlo.
-No lo haga, éste es mi castigo.
¿Eh?, ahora se estaba poniendo en el papel de víctima, ¿tenía en mente conmover a Fausto? ¡Claro!, temía que lo abandonara. -No Ed, ya no puedes conmover a nadie, ¡y menos a mí!- pensaba Kiara, ardiendo en ira. ¡Por Dios, cómo podía ser tan descarado después de todo lo que había dicho! No tenía ni una miserable partícula de moral. -¿De qué estás hecho Ed?, ya veremos qué es lo que tienes dentro si es que acaso te queda algo- murmuró con rencor.
-¿Castigo? ¿Siente arrepentimiento?
-No, volvería a matarlo si pudiera.
-¡Si tuviera pruebas lo denunciaría! No crea que apruebo su actitud.
-Lo sé.
-Es una situación muy difícil, tal vez no pueda ayudarlo.
-Usted es el mejor, sabrá qué hacer.
Kiara terminó la conversación y se quedó en silencio mirando la computadora apagada. -Al fin confesaste, miserable- pensó con mucha angustia. No sabía quién de los dos estaba sufriendo más con todo eso; si él que creía estar perdiendo la cordura, o ella, a quien no le importaba perderla.
La siguiente entrevista estaba pactada para aquella noche. Las horas no pasaban más, y Kiara estaba nerviosa. Caminaba de un lado al otro y se asomaba por la ventana deseando por fin ver el sol ocultándose tras los montes.
Decidió tomar un baño para relajarse y pensar con claridad qué le diría. Se detuvo delante del espejo mientras el agua comenzaba a correr… ¿qué había pasado con ella?, ¿dónde había perdido la transparencia que solía tener su mirada? ¿Y su sonrisa, donde había quedado? Ahora el rostro no se veía como antes, ya no era la misma. Sus facciones delataban la oscuridad que había adentro suyo. Se estaba pareciendo a Ed, las cejas fruncidas endurecían su mirada al punto de provocar terror, los párpados inmóviles apenas dejaban ver su ojo acusador fijándose estratégicamente sobre un objetivo, y su boca permanecía sellada en alianza con el silencio. De pronto el vapor del agua le jugó una mala pasada y el espejo comenzó a nublarse borrando su rostro. Su imagen se transformó con el correr de los minutos, ahora sólo veía una sombra… y en eso se estaba convirtiendo. La antigua Kiara había quedado muy atrás. Aquella muchacha de tierna mirada formaba parte de un ayer que se le estaba yendo de las manos. La luz de su alma se apagaba y el calor de un corazón que había sido indomable ya estaba formando hielo.
-Es momento de entrar a la ducha, necesito relajarme- pensó, pero sin poder negar la confesión del espejo. El agua iba cayendo sobre ella sin llegar a purificarla, y sus manos ya olían a sangre sin haberse manchado. No podía permitir que su conciencia la debilitara. Kiara tenía pensado violar las normas, y nada le haría cambiar de rumbo. ¡Si había llegado hasta ahí, debía seguir adelante!, ya era demasiado tarde como para volver; estaba parada en un punto sin retorno, éste era un viaje sólo de ida y aún faltaba el tramo principal.
La noche llegó finalmente y el reloj marcó el momento de prepararse… era hora de la entrevista.
-Buenas noches… ¿cómo está hoy, Edmundo?
-Mal, tengo pesadillas que no me dejan en paz.
-No puedo medicarlo aún.
-¡Hágalo!, ¡es lo único que puede salvarme!
-Sabe que no es lo único.
-¡No hablaré con Kiara, si a eso se refiere!
-Mal, tengo pesadillas que no me dejan en paz.
-No puedo medicarlo aún.
-¡Hágalo!, ¡es lo único que puede salvarme!
-Sabe que no es lo único.
-¡No hablaré con Kiara, si a eso se refiere!
¿Por qué no se atrevía a hablarle? -¿Puede haber algo peor de lo que ya me hiciste? ¿Qué ocultas ahora, de qué no puedo enterarme?-. Ya nada que viniera de él podría sorprenderla, pero igualmente necesitaba saber qué le estaba escondiendo.
-Creo no la busca porque debe ser ella la que no quiere saber nada de usted. ¿Acaso no mató a su amigo?
-¡Ella no sabe nada!
-¿Eso lo alivia?
-¡Claro que no!, me da igual.
-Sin embargo sigue junto a su nombre. Tal vez le esté haciendo daño y sea mejor borrarla.
-No, ella no puede hacer nada porque no significa nada.
-¡Maldición!, no hay forma de que admita hablar de mí- dijo Kiara dando un golpe sobre el escritorio. La indiferencia nunca deja marca, es lo que pasa de largo sin pena ni gloria. Le dolía saber que había significado tan poco para él… al menos le hubiera consolado haber sido un mal recuerdo, pero un recuerdo al fin.
-¡Medíqueme! -insistió.
-Déme un par de días para pensar.
-Mañana van a operarme nuevamente, no sé cuando me conectaré.
-Avíseme, estaré esperando sus noticias.
-De acuerdo.
A la mañana siguiente Kiara fue hasta la clínica, como solía hacerlo diariamente, pero ese día sería más importante que el resto, tenía algunas cosas que hacer.
En primer lugar subió hasta el piso de quirófano y averiguó, por la lista quirúrgica, que a las diez de la mañana operarían a Ed. Debía cuidar de no cruzarse con él o con sus familiares en algún pasillo, pero contaba con el factor sorpresa. Ellos no sospechaban su presencia, y el personal del sanatorio no sabía de su conexión con él. Sólo debía estar atenta a que el camillero fuera a buscarlo para subirlo a la sala de operaciones.
Inmediatamente después de que se lo llevó, se colocó los guantes quirúrgicos y entró a la habitación para revisar sus pertenencias. Debía apresurarse ya que los familiares podrían volver en cualquier momento. Sin perder más tiempo tomó las llaves de la casa y salió rápidamente hacia una cerrajería.
Al regresar los familiares estaban en el cuarto y había que sacarlos. Llamó a la mucama de ese sector y le pidió que los hiciera salir para higienizar con mayor comodidad. -Diles que esperen en la confitería de la planta baja- le indicó a la muchacha y, en efecto, los integrantes de la familia partieron sin sospechar nada. Cuando la mucama terminó de asear Kiara se colocó nuevamente los guantes y entró para devolver las llaves originales. Con el apuro dejó caer la billetera de Ed, y al agacharse para tomarla algo erizó su piel… ahí dentro asomaba una fotografía. -¿Qué hace esto acá? ¿Para qué guarda mi foto? ¡Ah, claro!, debí suponerlo, ni siquiera debe recordar que la tiene, él es así de desordenado con las cosas que no le interesan-. Realmente él era así, le encantaba juntar objetos que no tenían ningún valor, y con su fotografía habría hecho lo mismo.
Aquella Kiara que permanecía atrapada en el papel era muy diferente a la de ahora, y hasta le costó reconocerla. ¡Con su mirada feliz decía tantas cosas!... que de pronto no se atrevió a seguir mirándola. La apaciguó su pureza, y no podía tolerar reconocer que ya no estaba a su altura. -¡Ángel de ojos verdes! ¡Mira en qué te convertiste! Tan sólo soy una burla de tu reflejo-. En verdad, eran muy distintas. -¿Dónde estás ahora? ¿Y tu mirada, hacia dónde mira?-. No podía pedirle perdón, tampoco pretender su comprensión o complicidad, tenía que dejarla atrás para siempre, aunque eso significara dejarla morir. -¡A veces me acuerdo de ti, y me dan ganas de volver a ser como antes…!- dijo mientras la guardaba en su lugar. No toleraba seguir escuchando los reproches de aquella muchacha feliz que ahora sólo existía en ese trozo de papel y en algún lugar de su memoria.
Dejó todo exactamente como lo había encontrado para no despertar sospechas y cuando estaba por cerrar la mochila se dio cuenta de que en uno de sus bolsillos había un pañuelo cuidadosamente doblado. -¡Qué extraño!, Ed no suele ser tan prolijo- pensó. De pronto, el sonido de unos pasos la distrajo. -¡Alguien viene!, debo apresurarme-. Lo guardó sin demorar y rápidamente salió de aquella habitación.
El camillero traía a Ed a su cama. -¡Por poco me descubre!- pensó mientras espiaba con alivio detrás de una columna del pasillo. Luego fue a la enfermería y tomó la historia clínica para informarse del tipo de anestesia que le habían hecho… y constató que fue un bloqueo axilar. Buscó en la hoja de indicaciones post-quirúrgicas y acertando una vez más sus pronósticos, vio que le habían indicado un analgésico por vía intravenosa.
Esperó a que su compañera cargara la jeringa con el analgésico anti-inflamatorio y luego la intercambió por otra que contenía ketamina. Le puso el rótulo adhesivo de la original y la dejó en la enfermería junto a las indicaciones para Ed. Esta medicación sin dudas aliviaría cualquier dolor, pero también le provocaría otros “efectos” que ella buscaba.
Con la satisfacción del objetivo cumplido y las preciadas llaves en su poder, se retiró del sanatorio esa noche de lluvia, rumbo a la morada de Ed. Era el momento oportuno de visitarlo.
-Es hora de bajarme- dijo mientras se levantaba del asiento rumbo a la puerta del autobús. Se le había ocurrido colocarse los zapatos de Ariel para embarrarlos y así poder dejar algunas huellas específicas en lugares estratégicos.
Se colocó los guantes y el calzado, y entró directamente hacia el dormitorio donde estaba la computadora. Desde la entrada hasta ahí, quedaron las marcas de la suela como si fuera un camino que indicaba el recorrido del fantasma.
Se acercó a la máquina, abrió un archivo de texto y le escribió una nota con la firma de Ari, pero esta vez no se la enviaría sino que se la dejaría abierta en la computadora para que la viera al regresar. No podría servirle como prueba ya que él mismo podía haberla escrito. Luego abrió la casilla de Ariel desde ahí mismo, para que quedara su nombre grabado en la página de internet; de esa forma cuando Ed quisiera abrir su propia casilla le aparecería en primer lugar el nombre del Santo como señal de que se había hecho presente. Eso tampoco le serviría como prueba a Ed, ya que cualquiera que tuviera la contraseña podría haberlo hecho. Dejó la máquina prendida deliberadamente, para que encontrara la nota.
Luego tomó la ropa que vestía su amigo cuando murió y la colocó abierta sobre la cama. Las mangas de la camisa las puso hacia arriba como en posición de tener los brazos por detrás de la cabeza, y cruzó las piernas de los pantalones… finalizó colocando sobre la almohada la gorra de su equipo favorito.
Sobre la mesa de luz ubicada a la izquierda dejó un paquete de cigarrillos negros por la mitad, al lado de un cenicero que había traído de la cocina y de una copa casi llena del finísimo Cabernet.
Encendió el televisor y puso en el reproductor la película del asalto al Banco; la programó para que al finalizar se repitiera de manera continua y bajó hasta el mínimo el volumen del aparato. Apagó la luz antes de salir, para que el cuarto quedara iluminado solamente por ese entrecortado resplandor.
Volvió a colocarse sus propios zapatos y guardó los otros en la mochila para llevárselos.
Fue hacia el baño y abrió la ducha con el agua muy caliente, para que quedara así hasta que él llegase. Tomó nuevamente el cuarzo y talló sobre el espejo la forma de un ojo… -Éste será el ojo de tu paranoia, la mirada que te perseguirá hasta el fin- dijo. El vapor de agua resaltaría el dibujo haciéndolo parecer real… como si verdaderamente una silueta amorfa lo estuviera vigilando.
Abrió la heladera en busca de algún plato sabroso para los perros. Esta vez ellos también harían lo suyo. La idea era ponerles una dosis suficiente de alucinógeno al recipiente de agua que ellos usaban, pero hacía frío y estaba lloviendo… seguramente no tendrían sed. Les preparó una cena especial, un plato de la mejor carne vacuna que encontró, y en la cual inyectó el medicamento mágico. Por vía oral los efectos demorarían lo suficiente como para manifestarse cuando Ed estuviera ahí. Los animales tendrían una conducta muy extraña para él, por momentos temerosa, y por momentos distante. -Mientras les dure el efecto ellos también creerán ver cosas- aseguró -y Ed comenzará a pensar que están percibiendo más allá del ojo humano- dijo mientras los miraba comer el sabroso manjar -sí, seguramente se convencerá de que están viendo a un fantasma.
Una vez que ordenó todo fue hasta el comedor con el tablero y las fichas de ajedrez. Esta vez lo armó de tal forma que el caballo quedaba en jaque por la reina. Sí, solo esas dos fichas enfrentadas. Ed no comprendería el mensaje pero ella sí, ya que su guerra no era en contra de un rey.
Para terminar, subió a una pequeña escalera y sacó la lamparita de luz del comedor. Ed entraría y no podría prenderla; lo único que podría ver sería ese reflejo intermitente del televisor que parecería mostrarle al mismo Santo reposando sobre su cama, y si a eso se le agregaban los llantos de los perros y el vapor que saldría del baño podía decir que la primera impresión iba a ser terrorífica. Luego, cuando entrara al baño impulsado por el ruido del agua; se encontraría con una neblina impenetrable que sólo le permitiría ver una mirada inquisidora en el espejo.
-No tendrá dudas de que se trata del espíritu de Ariel, ya que no encontrará más motivos razonables para sospechar de otra persona- pensó, y tenía razón pues, supuestamente nadie tenía las nuevas llaves de la casa. -No volverá a cambiar la cerradura, sería algo totalmente inútil; y tendrá la prueba ante sus ojos… Ed es tremendamente predecible- agregó con certeza.
Salió de ahí a la medianoche pero antes de hacerlo bajó todas las persianas de la casa para que no hubiera ninguna luz excepto la que ella había preparado. Sólo esperaba que él no muriera del susto, era necesario que sobreviviera hasta la última jugada, cuando la reina con toda su elegancia le diera el golpe mortal.
Ed regresó por la mañana. -¡No puede ser!- dijo desde lejos cuando sintió que el corazón le saltaba del pecho al ver, en la penumbra, la imagen del Santo sobre su cama, mirando televisión. Por instinto tomó su arma y disparó un par de veces; luego comenzó a acercarse dando pequeños pasos y procurando no hacer ruido. Le llevó bastante tiempo verificar que sólo se trataba de la ropa. Luego miró la pantalla del televisor. -¡La cinta!... ¡no puedo creerlo!-. Para Ed, Ariel había estado ahí; el entorno lo confirmaba y esa película era la prueba. -Debo destruir este disco lo antes posible-, dijo, y sin perder más tiempo lo sacó del reproductor y lo hizo mil pedazos.
El ajedrez le marcaba una jugada decisiva, faltaba sólo un paso, un gran paso para terminar el partido. ¿Qué más podría pasarle ahora?, ¿a qué se refería con esa señal?, ¿pensaba liquidarlo? No, simplemente se trataba de su demencia, nada más y nada menos que eso. -La locura quizá sea peor que la muerte- dijo. De pronto algo lo distrajo: un sonido a lluvia que venía desde el baño. Se acercó cuidadosamente y abrió la puerta con lentitud. El vapor de agua no dejaba ver nada, apenas pudo acercarse al grifo para cerrarlo, cuando, sin querer, una sombra maléfica lo descubrió desde el espejo. -¡Maldición!- gritó sobresaltado, y de la impresión cayó al piso. Ese ojo dibujado en el vidrio nublado lo miraba insistentemente, acusándolo… y poseyéndolo. Se quedó paralizado de pánico; el vapor aún no se había ido y él estaba inmerso en una nube confusa sin poder distinguir nada a su alrededor, excepto esa mirada.
De a poco el aire fue limpiando el lugar, pero él seguía en el suelo, en la misma posición sin poder mover un solo músculo y con la vista clavada en el espejo.
Luego de un tiempo demasiado prolongado, fue levantándose sin poder desviar la mirada. Reteniendo la respiración y caminando de lado finalmente logró salir del baño. Las piernas apenas podían sostenerlo y el corazón parecía galopar. -Mi sombra en el espejo… era la cara del demonio- dijo con la voz entrecortada y un tono muy angustiante.
-Me conectaré ahora mismo, debo avisarle a Allende todo esto- dijo mientras se iba acercando a la computadora -pero, ¡por Dios!- gritó al ver la nota.
Ed:
El partido comenzó, sólo una distracción y te alcanzaré.
Ariel
Una extraña mezcla de ira y miedo lo desorientaba cada vez más. No podía calmarse para pensar claramente, estaba dejándose dominar por sus impulsos y su propio intelecto lo estaba traicionando. Saltaba por ese tablero intentando esquivar a una reina astuta que lo tenía en su mira. Sí, él estaba haciendo exactamente lo que ella esperaba. -¡Este maldito muerto me está amenazando!, pero ha cometido una equivocación… ¡ésta es mi prueba de que no estoy loco!-. La guardó en su máquina y se la envió a Fausto como archivo adjunto. Esperaba que el psiquiatra comprobara de esa forma que él no estaba alucinando, que Ariel realmente había estado allí.
Dr. Allende:
Aquí le envío una carta que encontré en mi computadora, me la ha escrito él mismo, el espíritu del “Santo”. Espero que le sirva como prueba de que no estoy inventando ni alucinando. Le aseguro que él realmente ha estado aquí. Le pido por favor que me conteste cuanto antes. Permaneceré conectado durante todo el día a la espera de su respuesta
Edmundo
Mientras esperaba la aparición de Fausto recordó la contestación anterior de Ariel, la de días atrás cuando pensó que se trataba de un impostor. -¡Sí, ya verás!, también le enviaré esa carta al psiquiatra- dijo mientras la buscaba en su página de correo. -¿Eh?, pero ¿dónde demonios está?- pensaba al tiempo que seguía con la búsqueda -¡la tenía aquí!, ¿a dónde ha ido a parar?- gritó golpeando el escritorio con su puño sano. Entonces comenzó a preguntarse si en realidad había existido o sólo la había imaginado. Pero, ¡no podía ser, el fantasma había estado allí y no le quedaban dudas de eso! El problema era que tenía que probárselo a Fausto y no sabía cómo. -Con lo que acabo de enviarle bastará, tengo que tratar de tranquilizarme un poco, necesito pensar- dijo. Tenía que recordar y analizar fríamente. -¡Claro!- exclamó con alivio, - el Barriga también tiene pruebas- agregó mientras marcaba su número.
-¡Oye idiota!, ¿recuerdas la carta de hace unos días?, ¿tú la has leído no es así?
-No, sólo analicé el número.
-¡Entonces búscala y léela!
-No la has enviado, sólo el IP, como te expliqué.
-¡Maldición!, es cierto.
-Envíala y la leeré.
-No puedo imbécil, se borró.
-Todo eso fue muy extraño, lo de la dirección.
-¡Cierto!, ¡tú lo sabes!, tienes las pruebas de que alguien ha estado en mi casa.
-No tengo ninguna prueba, sólo tengo un número.
-¡Pero corresponde a mi conexión!
-Eso no prueba nada, puedes haberme pasado un dato equivocado. Y en caso de que fuera correcto, sólo prueba que se envió desde tu casa.
-No importa, eso es suficiente.
-En realidad no, podrías haberlo enviado tú mismo desde otra casilla, con nombre falso.
-¡Maldición, eso no fue lo que pasó!, ¿no me crees?
-Te creo, pero si pretendes probarlo estás en problemas.
-¡Malditos demonios; tiene que haber una forma!
-No lo creo.
-¿Y si se conecta por chat podrías localizarlo?
-Sólo si permanece un tiempo en línea.
-No, el maldito se desconecta con la rapidez de un fantasma…
Verdaderamente Ed estaba acorralado, la única esperanza que le quedaba era el mensaje a Fausto. -¿Cuándo rayos se va a conectar el maldito Allende?- dijo irritado. Ya no podía quedarse quieto, golpeteaba los dedos contra el escritorio y esa silla parecía quemarle debajo del cuerpo. -Iré a comprar cigarrillos- pensó, y se levantó inmediatamente rumbo al kiosco de enfrente.
Al cabo de unos minutos regresó y encontró la respuesta del psiquiatra.
Sr. Edmundo:
Recibí su mensaje y he leído la nota, pero lamento decirle que ella no prueba nada. Usted dice que la encontró en su máquina, bien pudo haberla escrito usted mismo y no recordarlo. Con esto quiero decirle que le creo, sé bien que no me está mintiendo pues de nada le serviría; pero también le estoy demostrando que todo esto puede ser producto de su mente, y no haber existido nunca. Creo que pensar eso es lo más razonable.
Intente tranquilizarse, en su estado no es recomendable que pierda la calma, sobre todo teniendo en cuenta que no está medicado.
Espero su respuesta por correo o mañana a la noche durante la entrevista.
Fausto Allende
Al cabo de unos minutos regresó y encontró la respuesta del psiquiatra.
Sr. Edmundo:
Recibí su mensaje y he leído la nota, pero lamento decirle que ella no prueba nada. Usted dice que la encontró en su máquina, bien pudo haberla escrito usted mismo y no recordarlo. Con esto quiero decirle que le creo, sé bien que no me está mintiendo pues de nada le serviría; pero también le estoy demostrando que todo esto puede ser producto de su mente, y no haber existido nunca. Creo que pensar eso es lo más razonable.
Intente tranquilizarse, en su estado no es recomendable que pierda la calma, sobre todo teniendo en cuenta que no está medicado.
Espero su respuesta por correo o mañana a la noche durante la entrevista.
Fausto Allende