La llaga de una rosa

Había un detalle que no podría faltar y que sería un golpe bajo para él. Yo lo conocía muy bien; entre nosotros había ciertas cosas que nos identificaban, la rosa, por ejemplo.
Durante siglos de historia la rosa fue fuente de inspiración para miles de poetas y escritores, las más sublimes obras de arte fueron impulsadas por esa belleza capaz de ahondar en los confines secretos del alma humana, donde permanecen inalterados los valores más puros del hombre. Muchas veces fue protagonista y otras no tanto, pero siempre estuvo presente allí, donde supo vibrar el corazón.
Cuando conocí a Ed una de las cosas que más me sensibilizaron fue que me comparara con la rosa del Principito, esa maravillosa obra que tantas veces leí, diciendo que yo era única para él, sin saber que era mi libro favorito y que mi flor preferida era precisamente ésa.
A partir de ahí Ed me identificaría para siempre con esa flor… -Tú siempre serás mi rosa- recuerdo que me decía entonces, -pase lo que pase, siempre lo serás-. Ella nos evocaba el uno al otro, y había pasado a transformarse en un símbolo, algo secretamente compartido entre los dos. Tanto significado tenía que cuando nos encontrábamos ella nunca faltaba. Por las mañanas él me despertaba con el roce de ese pétalo en mis párpados. -Este ladrón ha venido por un gran tesoro- susurraba sonriéndole a mi bostezo involuntario -el brillo de dos esmeraldas que valen más que mil diamantes.
Cuando viajaba él, era igual. Bajaba del autobús con la rosa en la mano, y luego de hacerme una reverencia, me decía: -Mi reina, este esclavo ha venido hasta aquí, para ver sus ojos- y me hacía reír, me hacía reír mucho mientras me la entregaba con una sonrisa; después se quedaba en silencio, observándome.
La rosa era como un rito de amor con el que nos comunicábamos en silencio. Siempre fue así, excepto la última vez, en San Carlos.
En ese nefasto viaje Ed me prestó un libro que curiosamente también había sido escrito por Saint Exupery: “Memorias de la rosa”, donde el autor da a entender que entregó la vida por ella sin haber sabido demostrárselo. Estoy convencida de que Ed tampoco supo demostrar nada, a pesar de sus frases poéticas, porque el amor no se dice… se da; y él no hacía otra cosa más que pedir.
Durante nuestra breve estadía nos alojamos en un hotel que tenía un inmenso jardín lleno de rosales. A distintas horas del día yo iba a fotografiar algunos, desde varios ángulos y con diferentes incidencias de luz. Me apasionaba la idea de encontrar tan sólo una rosa capaz de merecer guardarla para siempre en una imagen.
Una tarde fui hacia el jardín con mi cámara fotográfica, aunque ese día estaba un poco preocupada debido al extraño comportamiento de Ed. Mi mente estaba en cualquier otra cosa, menos en sacar una foto especial; fui sólo por rutina y tal vez para distraerme un poco. Después de un rato de aburrirme a pesar del extraordinario escenario que me rodeaba, me acerqué hasta un banco sombreado que se encontraba a un costado de la entrada. Nunca había ido hasta ese rincón y aún no comprendo por qué lo hice ese día, ya que había otros lugares más atrayentes donde disfrutar de la sombra. Pero sin dudas debía hacerlo, ya que era sólo desde allí que se podía ver a la rosa más bella de todas. En efecto, yo estaba sentada, mis pensamientos perdidos quién sabe dónde, cuando de pronto mis ojos se clavaron en esa figura distante que parecía llamarlos. Me acerqué lentamente y no me atreví a parpadear, su belleza me exigía contemplarla. Nunca antes la había visto, sin embargo me parecía conocerla de algún lugar… Tal vez esa tarde mi corazón le pidió que existiera, o la engendró con el ahogo de su llanto. Quizá mi mente escuchó que me llamaba desde tiempo atrás, desde un lugar muy remoto, allí donde la vida se confunde con la muerte; entonces recordé y comprendí, ciertamente ella y yo teníamos mucho en común. Nos habíamos visto en la frontera intocable de la agonía, en ese sueño donde Ed la destruía entre sus dedos. Sí, era ella misma, la que ahora parecía suplicarme que la guardara en mi cámara para evitar morir de esa forma. Parecía poder ver en mis ojos ese sueño, y temía que Ed la destruyera, tal vez por eso se había escondido en ese rincón. La miré con ternura para que se supiera a salvo y luego la plasmé en una fotografía, dándole así: la inmortalidad.
Era increíble poder contemplar tanta maravilla resumida en una flor. Teñida de un rosado muy “vivo”, vestía pétalos suaves que la naturaleza se había esmerado en colocar con delicadísima armonía, lo que hacía de ella un espécimen sencillamente perfecto, único. Se levantaba erguida y elegante con porte de reina, controlando todo el jardín. El sol la iluminaba revelando los más diminutos detalles de su arquitectura y destacando una belleza que provocaba mi emoción. La brisa la alcanzaba delicadamente y la movía como infundiéndole vida.
En ese día tan vacío, la rosa más bella del mundo posaba para mis ojos, quienes la capturaron para siempre en la memoria.
Esa foto fue la mejor de todas y de hecho es la única que aún conservo, pero es uno de los recuerdos más tristes que tengo de San Carlos. Cada vez que la veo me remonta hasta ese último día; antes de irme la miré y vi cómo dejó caer uno de sus pétalos a mis pies, como queriendo que una parte de su materia viniera conmigo. ¡No se imaginaba cuánto de ella me estaba llevando!; pero fue tanta su entrega que aún siento cómo la acariciaron mis ojos húmedos en ese momento. Yo no podía equiparar ese gesto tan grande de darse a sí misma, sin embargo aún tenía algo valioso en mí para ofrecerle: mi corazón, o al menos lo que quedaba de él. Entonces me acerqué aún más y, sin pensar en sus espinas, la abracé. Le pedí que no se angustiara, ya que habían sido otras las espinas que me habían herido tanto. Tomé el pétalo caído y pensé en Ed, a quien creía conocer y me había desilusionado. Yo aún no había descubierto su verdadera personalidad, ni sus secretos, y a pesar de estar furiosa por la forma de comportarse, quise dejarle un sincero recuerdo de lo que había significado para mí hasta entonces. Fui rápidamente hasta la habitación y lo coloqué sobre su libro, a los pies de la cama, a modo de legado. Quise que me recordara perfumando las páginas de su vida, quise que al ver alguna rosa en cualquier rincón del mundo a donde él fuera, me viera a mí. Sí, a pesar de mi enojo le dejé el pétalo y me llevé las espinas, porque le entregué lo mejor que tenía, la esencia de la rosa que vivía en mí.
Por eso es tan importante la rosa en las entrevistas, ella dice mucho más de lo que aparenta, y Ed sabe qué significa.
En el programa de charlas cada participante se pone un nombre (también llamado nick), y al lado de él se pueden agregar algunos dibujos de tamaño pequeño (íconos) que vienen con el programa. Curiosamente, desde hacía mucho tiempo, precediendo el nick de Ed descansaba una rosa…


Gracias a la versión plus del programa de chat que instalé en la computadora había rastreado todas las veces que Ed se conectaba, y en qué días y horarios. Esto me era útil para organizarme a fin de que Fausto Allende estableciera las entrevistas, que “casualmente” coincidirían con las horas en que Ed solía conectarse. Debería ser por la noche, si teníamos en cuenta que la agenda de Allende estaba saturada de compromisos; además Ed no debería sentir que era centro de atención (eso podría despertar sus sospechas) sino un paciente más.
Debido a que él nunca contestó la última carta de Fausto, el psiquiatra tampoco volvió a escribirle, a fin de no hacerlo sentir presionado. El próximo contacto debería ser encontrándose casualmente en línea, casualidad que no sería tal.
La primera entrevista debía demorarse un poco para que la idea de la enfermedad mental se afianzara día a día en la mente de Ed y su necesidad del psiquiatra fuera cada vez mayor. Además había que tener en cuenta que mientras ellos no tuvieran un nuevo contacto, Ed releería las cartas anteriores una y otra vez; eso elevaría sus temores en forma exponencial.
La “reina” estaba esperando pacientemente mientras observaba al “caballo” saltar por todo el tablero sin rumbo fijo. Efectivamente, Ed se estaba conectando cada vez más seguido y por pocos minutos; intentaba encontrar a Fausto. Mientras éste preservaba su energía para el temible combate que se avecinaba, Ed ya estaba sin reservas.
El psiquiatra tendría que dominar con un control admirable el curso de las entrevistas. Debería ser algo sutil para evitar el choque con el muro impenetrable de Ed, al que él mismo llamó “cáscara”. Sería muy difícil penetrarla por la fuerza; sin embargo tenía algunas fisuras microscópicas que yo conocía bien. Fausto tendría que filtrarse por ellas para llegar a la médula y desde allí, en dirección opuesta ir dilatándolas desde el interior hasta debilitar y desmoronar toda la estructura.
Habían pasado algunos días, y a esas horas Ed se encontraría exhausto y solo, seguramente desorientado en un terreno ajeno al suyo y en la más absoluta oscuridad. Estaría buscando la mano del Allende para aferrarse a ella y no caer en la locura. Ése era el punto exacto donde lo quería, y ahora mismo lo tenía en la mira; era el momento de conectarme con él.

-Buenas noches Edmundo.
-¡Buenas noches!
-La rosa que está delante de su nombre, ¿qué significa?
-Nada… La agregué hace tiempo y olvidé quitarla.
-Imagino que puede hacerlo cuando lo desee.
-Sí, claro.
-Es curioso que ahora que recordó que la tiene, no desee quitarla.
-Lo haré después.
-Seguramente…
-¡Le aseguro que la quitaré!
-Si tiene tanta necesidad de dejarla me parece bien.
-¡No! Para mí no tiene importancia.
-Es importante porque precede a su nombre. La coloca antes que a todo, antes que a usted mismo. ¿Qué significa ella? ¿Quién es ella?
-Nadie. ¡Quiero saber si estoy enfermo!
-Para contestarle debo evaluarlo y para eso usted debe comportarse, de lo contrario no se puede trabajar.
- ¡Este tema me tiene un poco preocupado!
- Bien, por hoy la sesión termina. Espéreme pasado mañana a la misma hora.

Aquella noche me dormí pensando en esa rosa de San Carlos; finalmente él la había destruido al destruirme a mí. -¿Pero qué estoy haciendo?- exclamé -¿ahora también yo creo en los sueños?-. En fin, tampoco eso me preocupaba ya, sólo tenía que ocuparme de pensar en el próximo encuentro.
Era hora de conectarme. -No pueden haber sido mentiras todas sus palabras- repetía mientras encendía la máquina -¡no puede decir simplemente que yo soy “nadie”!- decía con enojo al releer la entrevista del día anterior. -¡Es un maldito!, ¡no le permitiré seguir humillándome-. Me sentía una estúpida, ¿cómo se las arreglaba para golpearme siempre? Ahora no sabía que era yo quien le escribía y aún así seguía haciéndome daño. -¡Ahora verás!- pensé, y me conecté otra vez como Fausto.

-Buenas noches Edmundo.
-Buenas noches.
-Hoy hablaremos de esos sentimientos que le preocupan.
-¡Esas estupideces no me preocupan!, mi estado mental, sí.
-¿Estupideces? ¿Eso piensa del amor?

-Debí imaginar que era incapaz de amar, pero no sé cómo no pude darme cuenta antes- pensaba mientras trataba de apaciguar otro dolor nuevo, el de escuchar esta verdad de su propia boca. Muchas veces lo había pensado, pero nunca quise darme cuenta; muy en el fondo de mi alma había querido creer que alguna vez signifiqué algo para él.
-Soy demasiado inteligente, sólo pienso en cosas importantes.
-¿Qué es lo importante para usted?
-¡El poder! Es retributivo, abre puertas y no implica sufrimiento.
-¿Y para usted implica felicidad?
-¡Absolutamente!

-Realmente no sabe nada del amor, no tiene ni la menor idea de qué se trata-, pensé. Yo no podía entender cómo podía ser tan poco hombre. Su actitud era cada vez más ruin, y sus palabras cada vez más ofensivas. ¡Menos mal que ya no lo amaba!, si no esta confesión hubiera sido mortal para mi corazón. Aunque pensándolo bien, mi corazón hacía rato que estaba muerto.

-Tal vez ese deseo de poder es lo que lo esté destruyendo.
-No deseo el poder; lo tengo.
-¿Entonces no necesita nada más?
-…
-Quizá su necesidad va más allá del poder. Tal vez sí le haga falta un poco de sentimiento a su vida.
-Eso es lo que dicen los poetas, esos imbéciles que no tienen nada que hacer.
-La poesía acaricia al alma humana.
-¿Alma?, muéstreme dónde está.

-¡Maldito!... tú no crees en el alma, simplemente porque no la tienes- murmuraba con furia al tiempo que intentaba frenarla para que no me delatara. Esto era mucho más difícil de lo que había imaginado; tenía unos deseos irrefrenables de insultarlo y debía simular comprensión. Tenía que tener la cabeza bien fría para moverme con exactitud, y él no dejaba de provocar mi ira. Ni siquiera podía dejarme llevar por el odio, tenía que lograr que sus palabras no me dolieran. Pero ¿cómo hacerlo?, ¿cómo amansar tanta furia?

-Generalmente se lleva adentro.
-Sólo un idiota puede creer eso.
-¿Y usted en qué cree?
-En nada. Soy práctico, sólo hago lo que me es útil.
-¿Qué utilidad puede tener una rosa junto a su nombre?
-…
-Seguramente para algo le sirve, de lo contrario la hubiera quitado. Bien, hasta la próxima entrevista.

Esa noche quedé con una gran sensación de amargura. Fui hasta la habitación y me acosté, pero no conseguí dormir. -Maldito demonio- murmuraba -mi corazón te amó; aunque no sepas lo que eso significa.

Free Red MySpace Cursors at www.totallyfreecursors.com