Otra oportunidad

Kiara había decidido seguir a Ed para conocer bien su rutina y organizar el “suicidio”. Durante casi toda la semana merodeó por las cercanías de su casa para estudiar con exactitud sus movimientos.
Esa tarde, después de verlo salir; decidió regresar a pie, tenía algunas cosas que comprar en el camino. Iba concentrada, pensando en la etapa final, cuando de pronto escuchó un grito: -¡Se está muriendo!- dijo alguien detrás de ella -¡el sacerdote se está muriendo!- Inmediatamente se dio vuelta y vio que en la otra esquina se estaba reuniendo un grupo de personas que parecían muy alarmadas. Corrió hasta allí e intentó pasar entre la gente -¡Apártense!- gritaba mientras hacía esfuerzos para penetrar esa barrera humana. Así logró llegar hasta ese hombre, caído en el suelo. Estaba morado, no podía respirar y de su boca salía un poco de líquido color rosado -¡Llamen a una ambulancia inmediatamente!- ordenó y luego exigió que la ayudaran a cargarlo… -hay que sentarlo ya mismo, ¿qué pasa con la ambulancia?- volvió a decir, pero no se escuchaba ninguna sirena, sino la respiración agónica de ese anciano. Kiara tomó un papel, escribió algo y se lo entregó a una de las personas que estaba allí -¡Compre esto en la farmacia y me lo trae de inmediato!- le dijo. -¡Vamos, no hay tiempo que perder!, si seguimos esperando este hombre morirá- agregó mientras hacia unos torniquetes en las piernas de Ovidio. El sujeto salió corriendo y a los pocos minutos regresó con el encargo. Kiara cargó la jeringa, buscó una vena y lo inyectó sin demorar más. De a poco el sacerdote comenzó a responder y su respiración mejoraba levemente… -¡Reclamen la ambulancia!, necesita ser hospitalizado- reiteró. Entonces Ovidio la tomó de la mano y la miró con toda esa bondad que sólo él tenía.


-Hija…
-¡No, padre!, no hable.
-Has salvado mi vida.
-Por favor -le hizo una seña para que guardara silencio-, no debe agitarse.


Volvió a mirarla y le sonrió con muchísima ternura y agradecimiento. En ese momento llegó la ambulancia y Kiara se apresuró para interceptar al médico… -¡Tiene un edema pulmonar!, le inyecté el diurético, y tal vez necesite asistencia respiratoria- dijo. -Tú sí estás acomodado por los de arriba- susurró el médico mientras lo subía.


-Muchacho hazme un favor -interrumpió Ovidio-, alcánzame la estola morada y la Biblia, no puedo ir al hospital sin ellas.
-¡Pero, Ovidio!, esta no será una visita religiosa ¡tú eres el paciente! -contestó el médico.
-¡Pero sigo siendo un sacerdote! -agregó.


Luego miró a Kiara. -Acompáñame- le dijo. -Lo siento, no puedo hacerlo- respondió. Ella no podía dejarse ver en público, temía que alguien la reconociera y cayera por la borda todo lo que había estado preparando. Esa intervención ya había sido muy arriesgada y no podía seguir jugando con fuego. Pero ese sacerdote tenía tanto poder en su mirada… -Ven- le repitió extendiéndole la mano, y finalmente ella subió con él a la ambulancia. -Lo acompañaré hasta el hospital y luego me iré- contestó.
-Creo conocerte- dijo a media voz. Kiara lo miraba sin prestarle mucha atención, hacía tiempo que ella se había alejado de Dios y su “entorno”, y si lo atendió había sido por cumplir su deber. -No me conoce, y ya no hable más que no es conveniente en su estado- le respondió. -Estoy acomodado con los de “arriba”- dijo haciendo un simpático gesto con el dedo. Kiara sonrió.

-Si no te conozco te aseguro que te he imaginado -murmuró quitándose la máscara de oxígeno.
-Tal vez en alguna pesadilla -agregó ella como para restarle importancia al asunto- ¡y vuelva a colocarse eso! -le ordenó.
-¿Vendrás a visitarme a la parroquia?
-No suelo frecuentar esos lugares- contestó desviando la mirada-, ¡y ya no hable!, ¡haga caso, por favor!
-Dios te ha llamado hoy.
-¿Si? -dijo con burla-, pues se acordó tarde.
-Él no usa reloj, pero siempre llega a tiempo.
-Yo creo que está ocupado haciendo caso omiso a todas las plegarias.
-Las escucha a todas, incluso a aquellas que lo llaman a gritos desde el infierno.
-Pues para mí es sordo… ¡y ciego!
-El amor también lo es.
-Como el odio…
-El amor tiene muchas apariencias, una de ellas es el odio.
-¡Un sacerdote no puede decir eso! -dijo, mirándolo a los ojos.
-Cuando el amor nos lastima y no podemos deshacernos de él, solucionamos el problema cambiándole el nombre…
-¡Basta! -volvió a darse vuelta-, yo no voy a acercarme a Dios.
-¡Espera!, has salvado mi vida, permíteme salvar tu alma.
-No, ya nadie puede hacerlo… ¡y cállese!


Lo ayudó a bajar y se marchó mientras Ovidio la observaba con tristeza ¿Quién sería esa misteriosa joven que creía conocer?, -Perdóname Señor, no he podido recuperarla- pensó afligido. Inmediatamente lo colocaron en una silla de ruedas para llevarlo a la habitación.


-Permítanle a los enfermos venir a verme -dijo mientras lo recostaban-, muchos necesitan recibir el sacramento.
-Olvídalo, tu estado es crítico -contestó el cardiólogo y salió de la habitación para no seguir discutiendo.


-¿Por qué has decidido mantenerme con vida, Señor? Este anciano ya no puede servirte como antes- reflexionaba con mucha pena -aunque estoy seguro de que tendrás algún encargo para mí, sólo deseo poder hacerlo como Tú esperas-. Se lamentaba por no poder ir hasta la capilla, pero de todas formas sabía que podía encontrarse con Él en cualquier lugar, y a cualquier hora.
Mientras tanto, Kiara se alejaba de allí muy perturbada. El recuerdo del sacerdote no la dejaba en paz. -No puedo seguir pensando en eso, mañana operan a Ed y tengo que preparar todo-. ¡Tenía que pensar en el plan! Sin embargo, el episodio de aquella tarde seguía golpeando en su cabeza. ¿Y si Dios realmente se había acordado de ella y había querido salvarla? ¡No!, no podía ser, ya era tarde para arrepentimientos.
Cenó liviano y se fue a dormir, tenía que esta bien descansada al otro día; Ed estaría ausente y tendría vía libre para preparar los últimos detalles.
Salió por la mañana hacia el almacén, tenía que comprar una pequeña botella de agua mineral, que Ed solía tomar en los días calurosos, y una de su Malbec favorito. Luego pasó por la farmacia por unas bolsas de algodón, y más tarde por la tienda en busca de unos metros de tela.
Regresó nuevamente y puso las cosas sobre la mesa del comedor. Tomó una tijera y comenzó a cortar la tela en tiras gruesas; sólo necesitaba tres. -Ese sacerdote… me perturba el sólo hecho de recordarlo- pensaba mientras agarraba la botella de agua. Luego tomó las ampollas del sedante y las cargó en una jeringa de cinco mililitros. Perforó el envase plástico con la aguja e inyectó el fármaco, después tapó el orificio con el adhesivo transparente que había usado la otra vez. Si bien era una dosis importante debía tener en cuenta que quedaría diluida, además por vía oral la cantidad debía ser mayor para producir efecto, pero eso no le preocupaba. -Sólo necesito adormecerlo para que no me escuche entrar- pensó -luego me encargaré de que no despierte mientras trabajo.
Al atardecer, con el bolso en el hombro se colocó los anteojos negros y salió hacia el escenario del futuro crimen. -¡No puedo creer que me hayas hecho salvar a uno de los tuyos!- pensaba mirando al cielo con indignación -¿acaso te acordaste de los míos cuando debiste hacerlo?- le reprochaba a Dios. ¿Pero, qué estaba haciendo?, ¡no podía distraerse! Tenía que concentrarse en la jugada final, ¿pero, cómo podría hacerlo si el corazón la aturdía de esa forma? -Hace tiempo que no hablas ¿justamente ahora se te ocurre hacerlo?- pensaba tocándose el pecho… -¡y Tú!, ¡pasé mi vida buscándote y nunca apareciste!, ¿y ahora que decidí desobedecerte vienes por mí?- le preguntaba a Dios. -Sólo te diviertes con nosotros, debe ser entretenido eso de jugar a las escondidas todo el tiempo- murmuró -pero yo ya me cansé de este juego en el que sólo ganas Tú.
Caminaba con un destino fijado, iba llegando a la famosa morada de Ed. Tenía muy claro qué haría y estaba apresurada por concretarlo, sin embargo, el encuentro con Ovidio no dejaba de distraerla, esos ojos puros seguían apareciendo en su mente. ¡No cambiaré de planes! Ed tiene las horas contadas, y nada hará que me arrepienta.
-Es momento de entrar en acción- dijo al llegar a la plazoleta de enfrente. Se detuvo para asegurarse de que nadie la vería ingresar, miró hacia todos lados; se acercó a la puerta con la llave lista y abrió. Antes de tocar nada se colocó los guantes y tomó un paño que había llevado para borrar las huellas en la botella. Luego abrió la heladera y sacó otros dos envases que estaban ahí, mientras guardaba el suyo, no podía permitir que el azar le jugara una mala pasada, tenía que cerciorase de que él tomaría el agua correcta. -Ahora tengo que arreglar lo de la temperatura- dijo yendo al living. Tenía que asegurarse de que haría mucho calor en la casa, de esa forma él llegaría y tendría que tomar el agua antes de que el ambiente se normalizara. Con el control remoto de la calefacción en su mano, lo programó para que se encendiera por la tarde del día siguiente a una temperatura de treinta y ocho grados. ¡Eso era suficiente para que se derritiera!, y era justamente lo que buscaba. Luego guardó ese control dentro del bolso. -¡Tendrás que cortar la energía eléctrica si quieres refrescarte!- dijo riendo -pero te quedarás sin heladera- agregó sin poder evitar la carcajada. -Bueno, tal vez, si no se te desintegra el cerebro te darás cuenta de que puedes apagarlo desde la pared-. Igualmente Ed tardaría en percibir que la calefacción estaba prendida ya que en esos días estaba haciendo muchísimo calor; y además ese aparato era sumamente silencioso como para que él sospechara que estaba en funcionamiento. -Es el turno del ajedrez- pensó mientras lo acomodaba sobre la mesa del comedor; sólo agarró la reina y el caballo. Al corcel lo puso en una esquina, y a la bellísima monarca justo delante de él, en dirección oblicua y a tres cuadros de distancia, no había forma de que el astuto animal pudiera escapar… era el jaque mate de una larga partida.
-¡Listo!- pensó, mirando el reloj, aún era temprano y podía aprovechar para husmear en el cajón de la mesa de luz. -¡Ya verás desgraciado!, ahora mismo me enteraré de lo que guardas ahí- dijo con voz amenazante mientras se dirigía al dormitorio. Pero el cajón estaba cerrado con llave ¡y no podría forzarlo porque él sospecharía! -¡Eres un maldito!, ¿qué diablos escondes acá?- gritó frustrada. No podía hacer otra cosa más que esperar al día siguiente, recién entonces podría averiguar ese secreto.


Ed salió temprano del sanatorio, en cuanto le dieron el alta. Estaba ansioso porque era el día que llegaba Fausto y no hacía otra cosa más que pensar en eso y en la información que le había pedido al Barriga. -Este simio apestoso aún no se ha comunicado y eso me preocupa- pensaba. -¡Ya le he dejado cinco mensajes entre ayer y hoy, y aún no me ha respondido!- dijo furioso, cerrando la puerta de entrada con una patada. -Quizá no ha podido encontrarla, ¡estoy seguro que le ha pasado algo malo!- gritó. -¡Eh!... ¡ese estúpido muerto ha estado otra vez aquí!- dijo al ver el juego de ajedrez -es la jugada mortal, y supongo que yo soy el caballo-. Ya no le importaba su locura sino todo lo que perdería por causa de ella, y eso significaba que tenía que encontrar a Kiara lo antes posible. -¡Mataré a ese idiota mañana mismo si no llama!- gritó arrojando el tablero al suelo con furia. -Pero, ¿por qué esperar a mañana?- pensó, -podría aniquilarlo ahora mismo, aunque tal vez sea mejor esperar, para que pueda averiguar algo, nada en el mundo me importa más que eso- murmuró mientras guardaba la pistola cargada debajo de la almohada.
Las horas pasaban. Era casi el mediodía, y la espera se estaba haciendo interminable. -Me ha dicho viernes, ¡y hoy es viernes! Endemoniado psiquiatra ¿por qué no llega?- gritó, y llamó a su amigo del hotel, quien le informó que Fausto no había aparecido aún.
Marcó nuevamente el número del Barriga pero éste no contestó. -No sé si me matará la locura, pero seguro lo hará la ansiedad- pensó rascándose la cabeza sin saber qué hacer. -¡Ya no puedo más!, ¡ese estúpido Allende!… ¿dónde demonios se ha metido?- volvió a gritar. Luego su voz se transformó… -y tú Kiara, por favor, ¡hazme saber de ti!- dijo tapando su rostro. -Ya ni siquiera pretendo verte… sólo necesito saber que te encuentras bien.
La situación ya era insostenible. Fausto que no llegaba, el Barriga que no respondía, y Kiara que no aparecía. -Maldición, ellos se me escapan mientras la demencia me pisa los talones- reflexionaba mirando las piezas del juego desparramadas por el piso -y no puedo permitir que me alcance antes de encontrarla-. ¡Tenía razón!, si enloquecía no podría ayudarla, ni protegerla. ¿Quién la cuidaría mejor que él?, ¿quién le entregaría tanto…? ¡Tenía que demorar la enfermedad!, ¿pero cómo hacerlo?, la medicación no daba resultado, y ya estaba dudando de que el psiquiatra pudiera hacer algo. -Él es el mejor, pero eso no alcanza- pensó -Además no sabe todo acerca de mí, y quizá sea este amor el que me está llevando a la locura- dijo secándose los ojos descuidadamente con el puño de la camisa, y entonces recordó a quienes sí sabían todo sobre él. -Iré a verlos- pensó mientras salía.
-Astuto “Santo”, estás ganando- murmuraba con los labios apretados de bronca -tengo que reconocer que has sido muy hábil, finalmente acabarás conmigo- agregó -de ahora en más, tienes mi respeto, has sabido jugar con inteligencia, y eso es algo que admiro, no toleraría ser destruido por un imbécil- pensó mientras estacionaba al borde de un camino.
Ya de lejos lo veía tan erguido como siempre. -Tú que alcanzas a ver más allá, muéstrame dónde está ella- le dijo al centenario ciprés con la mano hundida en el pecho. Era tan grande su dolor que hasta el árbol parecía lloriquear. -No hay fidelidad como la de un ciprés, y es por eso que llegas la cielo. ¡Asómate por los ojos Dios! y dime en secreto dónde la ve- suplicó mirando hacia lo alto. Era tan emotivo su pedido que hasta el cielo pareció acercársele. -Tú, que tienes ese idioma que no comprendo, dile a la locura que pactaré con ella si es necesario, pídele que me dé una tregua, luego podrá hacer de mí lo que quiera- dijo cayendo de rodillas. Eran tan sentidas sus palabras que hasta la brisa se detuvo para escucharlo. -¿Sabes querido amigo?, estoy enloqueciendo y perderé todas mis vivencias, tal vez algún día pase por aquí y ya no pueda reconocerte-, y acariciaba su tronco como pidiendo disculpas por adelantado. -Si tan sólo pudiera tomar una de tus pequeñas hojas, la guardaría junto a mis cosas más queridas- confesó mientras se ponía de pie y se estiraba para alcanzarlo. Comenzó a saltar una y otra vez, pero era inútil, nunca llegaría. En ese momento la brisa y el ciprés hicieron un trato, y luego de un balanceo casi imperceptible, una de las ramillas cayó frente a él. -¡Me has escuchado!, ¡tú sí que comprendes mi idioma!-. Se agachó para agarrarla -jamás me desprenderé de ella- y la guardó en el bolsillo izquierdo de su camisa para que le rozara el corazón. -Cuando mi mente te olvide, mi corazón le hablará de ti. Ahora estoy seguro de que a ella tampoco la olvidaré- le confesó. -Adiós amigo, presiento que ya no volveré por aquí, pero te llevaré conmigo siempre- dijo mientras se alejaba lentamente sin dejar de mirarlo -¡y si algún día vuelves a verla, cuéntale el secreto de mi amor, hazle saber que fue todo para mí!
Volvió al auto, -es el turno de Ovidio, le pediré ayuda nuevamente… sí, ¡finalmente Dios tendrá que escucharlo! Ahora más que nunca necesito tiempo…- dijo al estacionar frente a la iglesia. Golpeó en la sacristía pero nadie contestó, luego entró al templo por la puerta lateral ya que la otra estaba cerrada, y se fijó si lo veía pero fue inútil. -¿Dónde rayos se ha metido este cura inquieto?- pensaba mientras miraba detrás de cada columna. -Parece que quieres que me quede contigo- le dijo al Cristo que estaba delante de él -pero no pienso hacerlo- agregó alejándose hacia la salida del costado. -¿Eh?, ¡pero si estaba abierta!... ¿cómo es que se ha trabado?- decía con furia y forcejeando. -¡Maldición, no puede estar pasando esto justamente hoy!- pensó. Se dirigió a uno de los bancos, y poco a poco se sentó. -¡No!, yo no puedo estar aquí- dijo levantándose tan bruscamente que su pie quedó enganchado y cayó de rodillas. -Empiezo a pensar que verdaderamente quieres que me quede- murmuró desviando su mirada hacia el suelo. -De todas formas ¡no he venido a hablar contigo!, por lo tanto no lo haré- dijo mientras intentaba levantarse, pero su pierna coja no le respondía, se había golpeado muy fuerte. -Mira; yo no entiendo tus parábolas ni estoy muy seguro de tus milagros, tampoco sé pedir perdón ni me creo eso del arrepentimiento. De hecho, pasé mi vida ofendiéndote, y no sólo he evadido tus enseñanzas sino que me he reído de ellas a diario. ¿Por qué rayos me retienes aquí, entonces? ¿Acaso no sabes lo que soy? Llevo más sangre en mis manos que en todo mi cuerpo, y tengo en mi boca más mentiras que el propio Satán. Ciertamente siempre me entendí mejor con él que contigo. Sí, si él me retuviera lo entendería, pero Tú… ¿para qué me quieres? ¿Acaso pretendes que te pida perdón? Es inútil, de nada serviría, ¡ya te he dicho que no creo en eso! Rezongaba mientras intentaba ponerse de pie, sin éxito. Estaba furioso, tenía miedo. ¡Pobre de él si a Dios se le ocurría hacer justicia en ese instante! Pero no podía demostrar su temor, tenía que mantener su imagen, aunque de nada le serviría en ese lugar. -Tampoco sé si existes, creo que en este mismo momento estoy hablando con una estatua. Sí, debe ser producto de mi locura, porque si en verdad existieras no me permitirías estar aquí. ¿Acaso no lo sabes todo? ¿Cómo no te has dado cuenta de que tienes a un asesino en tu casa? Tal vez pienses que manteniéndome encerrado no podría matar a nadie, o quizá estés planeando derrumbar este templo sobre mí. Seguramente es por eso, has sellado las salidas y me has herido en mi pierna defectuosa para que no pudiera escapar-. Sentía que estaba en manos de Dios y eso no le convenía; no pertenecían al mismo equipo, y casualmente estaba en inferioridad de condiciones. Dio un puñetazo en el banco que retumbó en toda la iglesia. -¡Haz lo que quieras conmigo!, ya nada me importa, mi rosa se ha perdido y no he podido encontrarla. ¡No quisiste ayudarme! Así de oscuro es mi corazón que ni Tú alcanzas a verlo. ¡Pero, si lo puedes todo!, ¿no?, tal vez esperabas que te lo pidiera yo mismo. Sabes que no podría pedirte nada, no después de todo el mal que he hecho; ¡pero ni siquiera a Ovidio has escuchado!... entiendo que conmigo no lo hagas, ¿pero qué clase de alma tienes que no te conmueve la súplica de un hombre como él? Si he llegado a pensar en Ti fue por el ejemplo que él me ha dado, porque hasta cuando está en silencio pronuncia tu Nombre, y si no pude matarlo aquella tarde fue porque en sus ojos pude verte. Luego lo amenacé y más tarde fui a pedirle ayuda… ¿y sabes qué?, ¡él me ayudó! Si él que es un hombre pudo hacerlo ¿por qué Tú no?... ¿por qué no me ayudas? Necesito encontrarla con urgencia... ¡rayos, escúchame!-. Ed había dicho que no creía en Dios y sin embargo no dejaba de demostrar lo contrario. Estaba indiscutiblemente enemistado con Él y aún así empezaba a suplicar. ¿Qué le estaba pasando?, ¿ya no era como antes? -Si pudiera borrar todo el mal que he provocado, lo haría, porque sólo hay alguien que puede perdonarme y ese eres Tú. ¡Perdóname entonces!, sabes que mi boca tramposa no puede engañarte a Ti, y que soy capaz de hacer lo que exiges a cambio… si, así lo quieres lo haré, confesaré mis delitos y me entregaré a la justicia mañana mismo, ¡pero por favor, protégela!-. No podría mentir allí ¿a quién engañaría? No, no estaba mintiendo, eso no era un truco para persuadir a Dios, realmente se estaba arrepintiendo de sus acciones. Lo que parecía imposible sucedía aquella tarde en el templo. -Mira; sé que no puedo pretender nada, pero por ella lo hago todo, incluso tengo la desvergonzada osadía de suplicarte así. Si es cierto lo que dicen de Ti ¡hazme saber que está viva!-. En ese momento hizo una pausa, tomó su arma y cargó el proyectil en la recámara. Volvió a mirar el altar, -sólo me hace falta saber que está viva, ¡me mataría en este instante si supiera que le ha pasado algo malo!
Ahí se encontraba Ed, de rodillas frente al altar, con la pistola en la mano y llorando como un niño. De pronto sonó su teléfono. ¡Era el Barriga! Lo tomó desesperadamente con su mano sana al tiempo que sostenía el arma. -¡Por fin!, ese asno mugriento seguramente me dará noticias- pensó, pero en ese momento alguien lo tocó en el hombro, y, entre el susto y el apuro, la pistola empezó a dar vueltas en el aire; apenas logró alcanzarla sin que se disparase, pero el celular cayó al piso haciéndose pedazos. -¡Demonios!, ¡esto es por tu culpa!- gritó enfurecido apuntando a ese desconocido. -Lamento haber roto tu teléfono- contestó el sujeto. -Ya lo creo que debes lamentarlo, ¡llenaré de plomo tu cara!- volvió a gritar, pero ese hombre no pareció asustarse con la amenaza. -Creo que no me has entendido, ¡te mataré, idiota!- agregó Ed cada vez más enfadado, pero al misterioso individuo no se le agitaba un solo cabello. -¿Necesitas que te lo traduzca?, ¡voy a vaciar todo el cargador en tu cabeza! ¿Ahora entiendes? ¿Qué te pasa?, ¿eres estúpido, o sordo?- preguntó enfurecido, estaba fuera de sí. El hombre volvió a tomarlo del hombro inclinándose hacia él. -Te estoy escuchando y lo he hecho todo el tiempo- contestó. -¿Cómo?, ¿quién rayos eres?- volvió a preguntar. -Mis amigos me llaman “el barba”- le dijo.


-¿Cuánto hace que estás aquí y cómo has entrado? -gritó Ed.
-Siempre estoy aquí -dijo, mientras se sentaba a su lado, en el piso-, soy el encargado de ordenar las cosas.
-¡Nunca te he visto antes!
-Será porque no vienes con frecuencia, o porque no has mirado bien.
-Es cierto, pero tampoco te he visto en el pueblo.
-Pues he pasado a tu lado muchas veces.


-Debería matarlo- pensaba mordiéndose los labios. Había esperado novedades de Kiara desde mucho tiempo atrás y ahora ese desconocido llegaba de pronto y le echaba a perder todo. Además estaba furioso porque lo había visto llorar, y había escuchado sus secretos más íntimos. -No puedo pensar en matarlo, acabo de pedir perdón- reflexionaba -¡pero de todas formas debería darle un escarmiento!

-¡Sea como sea, mereces que te de un buen golpe, debería arrancarte los dientes! -dijo, enfundando finalmente el arma.
-Estoy acostumbrado a los golpes.
-¿Si?, será por lo inoportuno que eres. ¿Siempre apareces así?
-No “aparezco”, siempre estoy aunque pocos lo noten.
-Cierto -lo observó de costado y con soberbia-, ¡eres un harapiento!, ¿a quién le importarías?
-A mis hijos, aunque a veces no me escuchen.
-¿Qué podrías enseñarles tú? Dudo que sepas algo, creo que eres un completo ignorante.
-Un hombre sencillo también puede saber algo acerca del amor, y es eso lo que quiero que aprendan.


El amor era un tema que Ed no quería tocar, ¡y menos con ese sujeto tan molesto! -¿Con qué derecho viene a interrumpirme? ¡Es un imprudente que no deja de fastidiarme!- pensaba irritado y mirándolo de reojo. ¡Quería que lo dejara solo!, y ya estaba midiendo la distancia para apuntar el puñetazo. ¡Estaba orando y era una falta de respeto postergar su plegaria! Pero había algo cierto en lo que decía ese individuo, si un asesino podía comprender el amor, seguramente ese modesto hombre también podría hacerlo.


-¿El amor? -preguntó con ironía-… no me hables del amor.
-Eres tú el que ha estado hablando de él.
-Cierto, quise pedirle algo a Dios -hizo un gesto despectivo hacia el altar-, pero dudo que me oiga.
-¿Por qué no lo haría?
-Sólo a veces escucha, y a personas como Ovidio.
-Cualquier plegaria, sin importar quién la haga; llega al cielo.


Ed se sonrió con alivio. Las palabras de ese hombre eran muy consoladoras. ¿Sería posible que el pedido de un homicida llegara tan alto? -¡Ojalá fuera así!- meditaba -¡me haría tan bien saber que tengo a Dios de mi parte- y era cierto, con Él de su lado ¿quién podría estar en su contra? Era como una certeza de tener la batalla ganada de antemano. -¿Por qué me resultan tan convincentes las aseveraciones de este hombre?, ¿por qué no puedo simplemente no creerle?- se preguntaba mientras seguía observándolo con detenimiento.


-Entonces -se acomodó para mirarlo de frente-; ¿crees que me ha escuchado?
-Lo ha hecho siempre.
-¿Siempre?, ¡pero si es la primera vez que le hablo!
-Él escucha todo, aún el silencio de la indiferencia.


-¿Cómo rayos sabe eso?, ¿cómo pudo adivinar que este credo nunca me importó?- se preguntaba. -Seguramente lo sospechó al escuchar lo absurdo de mi rezo-. Estaba avergonzado no sólo por la desfachatez de pedir ayuda, sino por no saber cómo hacerlo.

-Es verdad, muchos años me ha sido indiferente, pero ahora necesito su ayuda.
-¿Qué quieres que haga por ti? -le preguntó con una sonrisa.
-Me conformo con saber que está viva; aunque -volvió a desviar la vista-, en realidad, mi sueño es tenerla a mi lado para siempre… pero sé que es imposible.
-¿Imposible?


-¡No pienso explicarle mis razones! ¡Tendría que contarle toda mi vida para que lo entendiera!, y es algo que no estoy dispuesto a hacer- pensaba mientras procuraba encontrar una forma de evadirlo.


-Sí, tú no entiendes…
-No, verdaderamente no entiendo esa palabra.
-¡Rayos! Es imposible porque ella es luz, yo oscuridad.
-Sin embargo; no se distingue la luz sin la oscuridad.
-¡Kiara es un ángel -interrumpió gritando-, yo un demonio!
-Ellos no le piden cosas a Dios, tú lo estás haciendo.
-¡Te atreves a tomarme el pelo! -lo miró con furia-. ¿Quieres hacerme creer que soy bueno?
-Quiero que veas que tienes algo bueno.


-¿Que tengo algo bueno?... ¡mis manos matan y mi boca miente!, ¡mis ojos engañan sin pudor mientras mis pies pisotean inocentes! ¡Por favor, este hombre no sabe lo que dice!- pensaba agarrándose la cabeza. -¡He dejado huérfanos y viudas por todo el mundo! ¡He callado por la fuerza voces que decían la verdad! ¡He cavado tumbas que deberían llevar mi nombre! Realmente no tiene idea de lo que dice. ¡Hasta Satanás tiene más piedad que yo!- pensaba mientras seguía mirándolo.


-Nada bueno hay en mí, excepto ese amor.
-¿Te parece poco?
-¡Es todo lo que tengo! -gritó.
-Y es lo único que te hace falta…
-¿Para qué me hace falta?, ¿para sufrir?... Sin ella este amor no me sirve.
-Te sirve para salvarte.
-¡Rayos, no me interesa salvarme, sólo quiero estar con ella!
-La vida es muy corta, la eternidad inmensa. ¿Dónde prefieres estar con ella? ¿Aquí sin saber cuánto tiempo te queda, o allá sabiendo que es para siempre?
-Aquí, aunque sea por un instante. Después me espera el infierno, y ella no estará ahí.
-¿Tú sí?


-¡Claro que sí, idiota!, ¿qué rayos puedo merecer? ¡Soy un maldito delincuente pero no soy ingenuo! Tengo el acceso al infierno grabado en mi frente, y nada lo puede borrar- pensaba con resignación.

-No tengo otra opción.
-La tienes, ese amor te ha salvado.
-… -negó con la cabeza-. Mi amor es eterno, aún así no creo que alcance para tanto.
-Te aseguro que ya lo ha hecho.
-¿Tú qué sabes?
-Lo dicen tus ojos y tu llanto lo confirma.

-¿Será verdad?- meditaba. Su amor era una luz que nadie podría apagar, ¿pero alcanzaría para redimirlo? -Tal vez esa pesadilla donde la rosa me sostenía, tal vez tenga que ver con esto- reflexionaba. Sí, para salvarlo hacía falta algo que fuera más fuerte que toda esa maldad, y tan puro como para limpiarla. ¿Acaso su amor no lo era? ¡Él era mucho más que eso!, porque había podido sobrevivir en su corazón.

-¿Quieres decir que no iré al infierno?
-Serás libre para ir a donde te plazca.
-¡Entonces iré con ella!
-Realmente lo harás.

Sí, si había logrado escapar del eterno castigo no habría nada capaz de detenerlo. Sus ojos brillaban más que nunca, pero esta vez era de alegría. ¡Ya nada podría separarlos!, ni siquiera la muerte. -¿Pero por qué me resulta tan confiable este sujeto? ¿Qué tiene su mirada? Estoy seguro de no haberlo visto nunca, pero aún así me parece conocerlo… eso también debe ser por la demencia- pensó.


-¿Sabes?... hablas como Ovidio.
-Sí -sonrió-, somos buenos amigos.
-¿Dónde está él?
-Esperándote.


En ese momento se abrió la puerta de la sacristía y el padre Matías apareció. -¡Ed!, ¿con quién hablabas?- preguntó asombrado. -Con “el barba”- le contestó… -hasta recién estuvo aquí- agregó al ver que ya no estaba y temiendo que fuera otra fantasía. Matías sonrió sabiamente. -Cierto, siempre está aquí- le dijo. -Dime Matías, ¿dónde se ha metido Ovidio?- preguntó. -¿No lo sabes?, ¡está internado en el hospital y le queda muy poco tiempo de vida!- contestó el joven sacerdote. -¿Cómo?- gritó levantándose tan rápido que no se dio cuenta de que su pierna coja le respondió como siempre -¡Repite eso!- volvió a decirle -¡Que Ovidio se está muriendo!- le contestó Matías.
Subió al auto y salió velozmente rumbo al hospital; tenía que llegar a tiempo. -Tengo que contarle que mi rosa me ha salvado- murmuró.
-¿Dónde está Ovidio?... ¡dónde está!- gritó sin pensar, al entrar al hall. -¡Silencio Ed!- le señaló el doctor Eduardo Benavidez, jefe de la unidad coronaria -esto no es un estadio de fútbol- añadió. El personal de vigilancia lo vio tan violento que comenzó a acercarse para controlarlo. -Yo me haré cargo- les dijo el médico apartándolos con sutileza. -Gracias Eduardo, y discúlpame, no he querido causar este escándalo- dijo bajando la cabeza -es que me han dicho que está muriendo y quisiera llegar a tiempo para hablar con él- agregó.
-Sí, su corazón está agotado y eso le ha provocado una acumulación de líquido en sus pulmones. Debido a su estado pensamos en sedarlo y ponerlo en respiración mecánica, pero se negó.
-¡Menos mal que no lo hicieron! ¡Necesito hablarle!
-No podemos hacerlo si se niega, y no quiso entender razones, quiere estar conciente hasta el último instante.
-¿Tan grave está?
-Creíamos que no llegaba a hoy.
-¡Tengo que verlo! -interrumpió.
-Te llevaré, pero debes comportarte, aquí hay otros pacientes que necesitan tranquilidad.
Mientras subían hasta unidad coronaria Eduardo le iba contando cómo habían sucedido las cosas. -Vuelvo a decirte que mis conocimientos no alcanzan para explicar por qué sobrevive- repitió en voz baja al entrar a la sala. -Ahí está, procura no hacerlo hablar… haz que te haga caso… ha desobedecido todo el tiempo- acotó el doctor. Ed entró lentamente a la habitación, desde la puerta se escuchaba la respiración forzada de Ovidio, era como si se estuviera obligando a seguir vivo.
Acercó una silla y se sentó a su lado. Luego lo tomó de la mano e hizo una pausa muy grande. Lo sostenía firmemente, intentando retenerlo. -Sabes que nunca la he olvidado, pero desde que enfermé he comenzado a buscarla sin descanso. ¿Recuerdas que pedí tu ayuda?- le dijo. Ovidio asintió con la cabeza -He rezado por ti desde entonces- contestó. -¡Lo sé!- interrumpió Ed para que no se agitara -y si bien no la he encontrado, ahora sé que no la perderé nunca más-. El cura lo miraba con sorpresa mientras Ed le hacía gestos de que guardara silencio. -Te contaré- le dijo con entusiasmo. -Tengo sólo dos amigos, y tú eres uno de ellos- luego hizo otra pausa. -Esta tarde he ido a buscarte al templo... ¿y sabes qué?, he rezado-. El sacerdote emocionado besó la cruz que le colgaba del cuello mientras Ed seguía con el relato. -Sí, finalmente lo hice- agregó -¡y tenía que contártelo!, porque por ella me atreví-. Los ojos de Ovidio se ponían cada vez más rojizos. -Le he pedido perdón a Dios-. Ovidio lo tomó del hombro e intentó hablar pero Ed le tocó la boca suavemente para que no lo hiciera. -Perdóname tú también, amigo- le susurró -mañana mismo me entregaré a las autoridades- afirmó convencido. El sacerdote cerró los ojos como agradeciendo ese milagro y luego lo miró sonriendo, con esa expresión de paz que solía tener. -Has salvado tu alma, hijo- le dijo agitado. -El “barba” me ha dicho eso mismo- contestó Ed. -¿Quién?- le preguntó asombrado e interrumpido por una molesta tos. -Ese amigo tuyo que está siempre en la iglesia, el que se encarga de ordenar las cosas- le respondió. -¿Acaso no lo recuerdas?, el padre Matías también lo conoce- agregó.
-¡Claro que lo conozco!
-¿Sabes?, me ha hablado muy bien. Me ha hecho ver las cosas de otra manera. ¡Y pensar que en un principio lo traté bastante mal!, por poco le pego.
-¿Te ha hablado? -interrumpió-. ¿Lo has visto?
-Sí, ¿qué tiene eso de extraño?
-Nada, no me hagas caso…
Ovidio casi no podía respirar, ¿pero quién lo convencería de callarse la boca? Ed le hacía señas para que ya no insistiera, pero era inútil, se empecinaba en seguir la conversación aunque fuera así, con las palabras cortadas cada vez más, y con su corazón esperando el momento oportuno para detenerse. Ed le acomodó la almohada y cerró las cortinas para refrescar un poco el ambiente.


-Es un gran amigo que siempre te ayudará, no olvides dónde encontrarlo- dijo Ovidio.
-Me ha dicho que vive ahí junto a sus hijos.
-Sus hijos… ellos van y vienen, pero siempre regresan.
-¡Seguramente lo hacen cuando necesitan algo!
-Aún así los perdona.
-¡Debería castigarlos!
-No, el castigo no sirve, la enseñanza, sí. Cada vez que uno de ellos vuelve significa que ha aprendido un poco más; llegará el día en que sean tan parecidos a él que ya no tendrán que irse.
-¿Y si les toma mucho tiempo?
-Siempre nos lleva toda la vida -concluyó, con una sonrisa.

-¿Qué dice?... ¿estará delirando?- pensaba Ed, confundido. -¿A qué te refieres Ovidio?... ¡Ovidio!- En ese momento se descompensó nuevamente, una tos descontrolada parecía robarle el aire de sus pulmones. -¡Qué te sucede!... ¡respóndeme!- le gritó tocándolo -Alcánzame mi Biblia- lo interrumpió casi sin voz, levantó su mano temblorosa y haciendo la señal de la cruz bendijo a Ed. Luego cerró los ojos y ya no despertó. -¿Ovidio?... ¡Ovidio!- gritó inútilmente. Su amigo se había ido para siempre, pero antes, le abrió las puertas del cielo.






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