La mano averiada de Ed me ayudaría a cometer el crimen perfecto. Para eso tenía que informarme sobre el tipo de lesión que tenía y las intervenciones quirúrgicas a las que sería sometido. Necesitaba infiltrarme en el sanatorio como alguien de su personal y así tener acceso a la historia clínica.
Se me ocurrió hacerme pasar por una estudiante que pretendía rotar en algún servicio quirúrgico, pero obviamente no podía pedir esa rotación con mi nombre y apellido, tenía que falsear mi identidad de alguna manera.
A la mañana siguiente, fui hasta la dirección de mi hospital con una excusa cualquiera para hacer que la secretaria saliera por un momento de allí y poder tomar un papel con el membrete de la institución. Esperé a que el director saliera del despacho dejando a la muchacha sola y antes de golpear la puerta marqué desde mi celular el número directo del lugar. En cuanto comenzó a llamar golpeé para que me abriera. La secretaria hizo lo esperable, abrió e inmediatamente me pidió que aguardara a que atendiera el teléfono que estaba en la oficina conjunta y lejos de su escritorio. Yo tenía que actuar con rapidez, ya que cuando ella levantara el auricular debería cortar. Sabía que sobre el escritorio estaban esas hojas que necesitaba ya que las utilizan diariamente, por lo tanto, era cuestión de segundos tomarla y esconderla bajo mi guardapolvo. Así lo hice y cuando la mujer regresó a preguntarme el motivo de mi visita, simplemente le dije que quería hablar unas palabras con el director por un pedido de licencia; me contestó que volviera otro día, porque se había retirado. Le agradecí por su amabilidad y me fui con el valioso papel.
También debía conseguir la firma y el sello del director, pero eso era mucho más fácil de lo que parecía. Como personal habitual de allí, tenía en mi poder el nombramiento firmado por él, y sólo debía escanearlo. Lo mismo haría con el membrete del hospital; de esta forma tendría la nota impresa y sin que quedasen dudas de su autenticidad.
El servicio al que me convenía ir a rotar era enfermería, y en calidad de estudiante, para evitar que me exigieran matrícula y otros datos difíciles de falsificar. Averigüé por internet quién era el jefe del sector en el sanatorio de Mendoza, que a Ed le correspondía por su obra social, y redacté la carta con mi humilde pedido haciendo hincapié en que me interesaba el área de cirugía. Era la manera de estar cerca de las historias clínicas de los pacientes que se habían operado, y de no tener ninguna responsabilidad con ellos.
Lo único que necesitaba saber era cuántas intervenciones más deberían practicarle, en qué fechas, y con qué tipo de anestesia.
Mi intención era alquilarme una pequeña casita, que tuviera servicio de internet y cochera. Hice algunas averiguaciones y finalmente di con una que me pareció la más conveniente. Me comuniqué con su dueño e hice los trámites respectivos para ocuparla durante un año. No pensaba quedarme tanto, pero tampoco podía ir con el tiempo justo. Si por algún motivo tuviera que regresar antes, no me preocuparía, seguiría depositando el dinero en la cuenta bancaria y ni el mismo dueño sabría de mi partida.
En mi trabajo pedí una licencia por “motivos particulares”, diciendo que iría a pasar un tiempo con uno de mis hermanos que vive en el sur del país, y a mi familia le dije simplemente que me tomaría unas vacaciones prolongadas. Luego escondí la tarjeta de crédito en casa para no tentarme a llevarla y me preparé para emprender mi éxodo en auto hacia tierra andina, donde me quedaría hasta ejecutar a Ed.
Guardé el cuarzo y la llave de la casa de Ed en mi mochila junto con otros objetos que sustraje del hospital y de la casa de Ari antes de partir; con el sol detrás de mí tomé la ruta siete, camino al infierno.
Mientras manejaba, mi mente se extravió en algún lugar de mi pasado acrecentando el vigor de una venganza que cada vez estaba más cerca. Ya nada podía detenerme, el recuerdo de mi amigo indefenso, imaginarlo agonizando en ese baldío, apretaba mi alma sin compasión. Mis ojos habían perdido la ternura de su mirada, ahora eran el duro reflejo de un rencor que apenas me dejaba respirar. Lo único que me mantenía con vida era esa revancha que necesitaba y merecía. Terminar con Ed, y de la manera que tenía en mente, era la justicia que me hacía falta desde entonces.
El paisaje iba cambiando a medida que los kilómetros quedaban atrás, algo me decía que la secreta morada estaba cerca, y era el siempre molesto soplido del zonda con el polvo quemante de su alarido aterrador, con esa voz casi humana que se seca en las cumbres. A lo lejos ya podían divisarse algunos cerros que parecían asomarse con timidez sobre el horizonte. -¡Nuevamente los tramposos Andes ante mis ojos!-, pensaba mientras los observaba con despecho. -¡Yo creía que jamás volvería a verlos!, pero parece que lo que yo creo nunca se cumple- decía con mucho resentimiento.
El reflejo del sol frente al parabrisas ya hacía tiempo que entorpecía mi mirada, y la agobiante aridez de los alrededores me recordaba mucho a Ed y a su reinado de muerte, a punto de desaparecer. Efectivamente, ya estaba por llegar a la metrópoli, que ignorando mis verdaderas intenciones parecía darme la bienvenida con sus luces, a lo lejos. -Realmente es asombrosa y respetable la pulcritud de sus calles, así como la buena educación y amabilidad de casi todos sus habitantes- pensaba mientras paraba en el semáforo de la esquina de Irigoyen, -¿seguirá existiendo la oficina del segundo piso? Recuerdo la primera vez que vine, en ese auto bordó en el que sonaba todo menos la radio- murmuraba con ironía. Sí, mi retorno me estaba trayendo muchos recuerdos que ya creía olvidados. -¿Ed tendría aún todas esas porquerías guardadas en la habitación del pasillo? ¡Qué manera de juntar desperdicios en una casa que ni siquiera era suya! Aún recuerdo que me había hecho creer que su padre era un tirano y hasta me había convencido de que su madrastra estaba loca. Ahora comprendo todo, él no quería que yo escuchase una verdad tan humillante, no quería que supiera que era un completo inútil que nunca había conseguido nada por sí mismo ¡Claro!, de haber sabido cómo era ¿qué clase de mujer le hubiera hecho caso?
Los edificios iban haciéndose cada vez más bajos y más distantes entre sí; me estaba alejando de la zona urbana y era justamente lo que quería. -A propósito de eso… la finca tampoco era de él ¡qué manera de mentir sin descaro alguno!- Cuando nos conocimos se había presentado ante mí como un gran hombre con los pies bien firmes sobre la tierra. ¡Claro, era la única manera de que yo le prestara atención! y en realidad resultó ser un sujeto que vivía de prestado, o mejor dicho: de “robado”. ¿Era casual que yo perdiera mi dinero justamente cuando él estaba presente? -No, definitivamente no creo en las casualidades- en realidad ya nada me sorprendía y ya nada me importaba; el dinero no era lo peor que me había robado. Todo lo que “sumaba” con sus delitos lo invertía en esas estúpidas expediciones. ¡Ojalá se hubiera hundido en el Pacífico!, quizá entonces hubiera podido recordarlo mejor, ¿acaso no es eso lo que él hace?, habla bien sólo de los muertos ¿qué cobarde, no? Amar a los fósiles sólo por el hecho de que no pueden contradecirlo. Pero Ed es así, ama a los muertos porque su corazón está muerto ¿o será que les teme porque él mismo los mató? Sí, hay muchas formas de matar, y él era experto en todas.
Definitivamente no me estaba haciendo bien el haber regresado, se me estaban removiendo muchas vivencias, todas malas. -¿Eres tan estéril Ed, que ni siquiera fuiste capaz de engendrar un buen recuerdo?- pensaba mientras me mordía los labios por la idiotez de haber creído en él.
-¡Basta de pensar!- me dije para ocuparme en encontrar la casa. Después de un rato de dar vueltas con las indicaciones del dueño en mi mano, la encontré. Guardé el auto en la chochera con la intención de no volver a sacarlo hasta el día de mi regreso; a partir de ese momento me movilizaría con ómnibus locales, y sólo para lo absolutamente necesario, pues la mayor parte del tiempo debería permanecer oculta en la casa.
A la mañana siguiente me dirigí hacia el sanatorio, específicamente a la oficina del jefe del sector de enfermería para acercarle mi pedido. Éste accedió con gusto a tenerme entre su personal y me llevó a recorrer el lugar presentándome a las demás personas. Me dio sus indicaciones y empecé a trabajar de inmediato.
Me tomó algunos días recoger la información, ya que la documentación de Ed estaba en el archivo del sanatorio, pero con un poco de amabilidad y algunas charlas triviales de por medio que distrajeran la atención, todo se pudo conseguir.
Averigüé que le habían hecho una operación con anestesia regional y que deberían repetirla al menos dos veces más. Este tipo de anestesia consiste en “dormirle” solamente ese brazo por medio de una punción en la axila con una sustancia anestésica local que produce temporalmente no sólo analgesia sino también parálisis… esos efectos tienen una duración variable según la droga que se utilice, pero para lo que yo tenía pensado hacer me alcanzaban unos pocos minutos.
Por las fechas no me preocupaba, ya que tendría la certeza de éstas gracias a Fausto, quien amablemente se preocuparía por la salud de “su paciente” y se mantendría al día con esa información proporcionada por el mismísimo Ed. Hablando de eso… ya era hora de comenzar a pensar cómo encararía la primera entrevista.
Se me ocurrió hacerme pasar por una estudiante que pretendía rotar en algún servicio quirúrgico, pero obviamente no podía pedir esa rotación con mi nombre y apellido, tenía que falsear mi identidad de alguna manera.
A la mañana siguiente, fui hasta la dirección de mi hospital con una excusa cualquiera para hacer que la secretaria saliera por un momento de allí y poder tomar un papel con el membrete de la institución. Esperé a que el director saliera del despacho dejando a la muchacha sola y antes de golpear la puerta marqué desde mi celular el número directo del lugar. En cuanto comenzó a llamar golpeé para que me abriera. La secretaria hizo lo esperable, abrió e inmediatamente me pidió que aguardara a que atendiera el teléfono que estaba en la oficina conjunta y lejos de su escritorio. Yo tenía que actuar con rapidez, ya que cuando ella levantara el auricular debería cortar. Sabía que sobre el escritorio estaban esas hojas que necesitaba ya que las utilizan diariamente, por lo tanto, era cuestión de segundos tomarla y esconderla bajo mi guardapolvo. Así lo hice y cuando la mujer regresó a preguntarme el motivo de mi visita, simplemente le dije que quería hablar unas palabras con el director por un pedido de licencia; me contestó que volviera otro día, porque se había retirado. Le agradecí por su amabilidad y me fui con el valioso papel.
También debía conseguir la firma y el sello del director, pero eso era mucho más fácil de lo que parecía. Como personal habitual de allí, tenía en mi poder el nombramiento firmado por él, y sólo debía escanearlo. Lo mismo haría con el membrete del hospital; de esta forma tendría la nota impresa y sin que quedasen dudas de su autenticidad.
El servicio al que me convenía ir a rotar era enfermería, y en calidad de estudiante, para evitar que me exigieran matrícula y otros datos difíciles de falsificar. Averigüé por internet quién era el jefe del sector en el sanatorio de Mendoza, que a Ed le correspondía por su obra social, y redacté la carta con mi humilde pedido haciendo hincapié en que me interesaba el área de cirugía. Era la manera de estar cerca de las historias clínicas de los pacientes que se habían operado, y de no tener ninguna responsabilidad con ellos.
Lo único que necesitaba saber era cuántas intervenciones más deberían practicarle, en qué fechas, y con qué tipo de anestesia.
Mi intención era alquilarme una pequeña casita, que tuviera servicio de internet y cochera. Hice algunas averiguaciones y finalmente di con una que me pareció la más conveniente. Me comuniqué con su dueño e hice los trámites respectivos para ocuparla durante un año. No pensaba quedarme tanto, pero tampoco podía ir con el tiempo justo. Si por algún motivo tuviera que regresar antes, no me preocuparía, seguiría depositando el dinero en la cuenta bancaria y ni el mismo dueño sabría de mi partida.
En mi trabajo pedí una licencia por “motivos particulares”, diciendo que iría a pasar un tiempo con uno de mis hermanos que vive en el sur del país, y a mi familia le dije simplemente que me tomaría unas vacaciones prolongadas. Luego escondí la tarjeta de crédito en casa para no tentarme a llevarla y me preparé para emprender mi éxodo en auto hacia tierra andina, donde me quedaría hasta ejecutar a Ed.
Guardé el cuarzo y la llave de la casa de Ed en mi mochila junto con otros objetos que sustraje del hospital y de la casa de Ari antes de partir; con el sol detrás de mí tomé la ruta siete, camino al infierno.
Mientras manejaba, mi mente se extravió en algún lugar de mi pasado acrecentando el vigor de una venganza que cada vez estaba más cerca. Ya nada podía detenerme, el recuerdo de mi amigo indefenso, imaginarlo agonizando en ese baldío, apretaba mi alma sin compasión. Mis ojos habían perdido la ternura de su mirada, ahora eran el duro reflejo de un rencor que apenas me dejaba respirar. Lo único que me mantenía con vida era esa revancha que necesitaba y merecía. Terminar con Ed, y de la manera que tenía en mente, era la justicia que me hacía falta desde entonces.
El paisaje iba cambiando a medida que los kilómetros quedaban atrás, algo me decía que la secreta morada estaba cerca, y era el siempre molesto soplido del zonda con el polvo quemante de su alarido aterrador, con esa voz casi humana que se seca en las cumbres. A lo lejos ya podían divisarse algunos cerros que parecían asomarse con timidez sobre el horizonte. -¡Nuevamente los tramposos Andes ante mis ojos!-, pensaba mientras los observaba con despecho. -¡Yo creía que jamás volvería a verlos!, pero parece que lo que yo creo nunca se cumple- decía con mucho resentimiento.
El reflejo del sol frente al parabrisas ya hacía tiempo que entorpecía mi mirada, y la agobiante aridez de los alrededores me recordaba mucho a Ed y a su reinado de muerte, a punto de desaparecer. Efectivamente, ya estaba por llegar a la metrópoli, que ignorando mis verdaderas intenciones parecía darme la bienvenida con sus luces, a lo lejos. -Realmente es asombrosa y respetable la pulcritud de sus calles, así como la buena educación y amabilidad de casi todos sus habitantes- pensaba mientras paraba en el semáforo de la esquina de Irigoyen, -¿seguirá existiendo la oficina del segundo piso? Recuerdo la primera vez que vine, en ese auto bordó en el que sonaba todo menos la radio- murmuraba con ironía. Sí, mi retorno me estaba trayendo muchos recuerdos que ya creía olvidados. -¿Ed tendría aún todas esas porquerías guardadas en la habitación del pasillo? ¡Qué manera de juntar desperdicios en una casa que ni siquiera era suya! Aún recuerdo que me había hecho creer que su padre era un tirano y hasta me había convencido de que su madrastra estaba loca. Ahora comprendo todo, él no quería que yo escuchase una verdad tan humillante, no quería que supiera que era un completo inútil que nunca había conseguido nada por sí mismo ¡Claro!, de haber sabido cómo era ¿qué clase de mujer le hubiera hecho caso?
Los edificios iban haciéndose cada vez más bajos y más distantes entre sí; me estaba alejando de la zona urbana y era justamente lo que quería. -A propósito de eso… la finca tampoco era de él ¡qué manera de mentir sin descaro alguno!- Cuando nos conocimos se había presentado ante mí como un gran hombre con los pies bien firmes sobre la tierra. ¡Claro, era la única manera de que yo le prestara atención! y en realidad resultó ser un sujeto que vivía de prestado, o mejor dicho: de “robado”. ¿Era casual que yo perdiera mi dinero justamente cuando él estaba presente? -No, definitivamente no creo en las casualidades- en realidad ya nada me sorprendía y ya nada me importaba; el dinero no era lo peor que me había robado. Todo lo que “sumaba” con sus delitos lo invertía en esas estúpidas expediciones. ¡Ojalá se hubiera hundido en el Pacífico!, quizá entonces hubiera podido recordarlo mejor, ¿acaso no es eso lo que él hace?, habla bien sólo de los muertos ¿qué cobarde, no? Amar a los fósiles sólo por el hecho de que no pueden contradecirlo. Pero Ed es así, ama a los muertos porque su corazón está muerto ¿o será que les teme porque él mismo los mató? Sí, hay muchas formas de matar, y él era experto en todas.
Definitivamente no me estaba haciendo bien el haber regresado, se me estaban removiendo muchas vivencias, todas malas. -¿Eres tan estéril Ed, que ni siquiera fuiste capaz de engendrar un buen recuerdo?- pensaba mientras me mordía los labios por la idiotez de haber creído en él.
-¡Basta de pensar!- me dije para ocuparme en encontrar la casa. Después de un rato de dar vueltas con las indicaciones del dueño en mi mano, la encontré. Guardé el auto en la chochera con la intención de no volver a sacarlo hasta el día de mi regreso; a partir de ese momento me movilizaría con ómnibus locales, y sólo para lo absolutamente necesario, pues la mayor parte del tiempo debería permanecer oculta en la casa.
A la mañana siguiente me dirigí hacia el sanatorio, específicamente a la oficina del jefe del sector de enfermería para acercarle mi pedido. Éste accedió con gusto a tenerme entre su personal y me llevó a recorrer el lugar presentándome a las demás personas. Me dio sus indicaciones y empecé a trabajar de inmediato.
Me tomó algunos días recoger la información, ya que la documentación de Ed estaba en el archivo del sanatorio, pero con un poco de amabilidad y algunas charlas triviales de por medio que distrajeran la atención, todo se pudo conseguir.
Averigüé que le habían hecho una operación con anestesia regional y que deberían repetirla al menos dos veces más. Este tipo de anestesia consiste en “dormirle” solamente ese brazo por medio de una punción en la axila con una sustancia anestésica local que produce temporalmente no sólo analgesia sino también parálisis… esos efectos tienen una duración variable según la droga que se utilice, pero para lo que yo tenía pensado hacer me alcanzaban unos pocos minutos.
Por las fechas no me preocupaba, ya que tendría la certeza de éstas gracias a Fausto, quien amablemente se preocuparía por la salud de “su paciente” y se mantendría al día con esa información proporcionada por el mismísimo Ed. Hablando de eso… ya era hora de comenzar a pensar cómo encararía la primera entrevista.