Por un milagro

Ed se acercó sin prisa hacia aquella ventana, como si sus ojos intentasen transitar la lejanía. Estaba concentrado en un recuerdo, tentado por una esperanza.
Las cadenas del alma se agitaban por una presencia que le hacía temblar el corazón. Por sus ojos distraídos las lágrimas iban mostrándose de a poco, enrojeciendo su mirar. Se tapó la cara y con la respiración entrecortada lloró como un niño. -¿Por qué tuve que quererte tanto?, ¿por qué tuve que amarte así?-. En el silencio de su habitación se escuchaba ese quejido, un lamento conmovedor que lo despedazaba por dentro. Estaba muriendo a escondidas por una pena secreta que le hundía el corazón. Sólo su alma lo sabía, su alma que anudada al silencio era testigo y a la vez evidencia. ¿Quién más podría saberlo?... ¡sólo Dios!, ¿Dios?, ¡seguramente Él podría hacer algo!
Secó su llanto con descuido y salió de la casa. Tenía que llegar a la parroquia lo antes posible; antes de la misa vespertina. Ocho cuadras lo separaban de allí. -¡No, no puedo hacerlo!- pensaba mientras iba aminorando la caminata, -¿con qué derecho iré a pedir algo?- dijo, y se detuvo. -No tengo agallas para eso, ¿en qué estaba pensando?- y comenzó lentamente a regresar a la casa con paso vacilante. -¿Pedirle ayuda justamente a Ovidio?, ¿permitir que me vea desesperado?, ¡ni en sueños!; será mejor que vuelva a casa… ¡sí!, definitivamente volveré a casa- y se apresuró como para no pensar y olvidar tanto atrevimiento. Pero había algo que pesaba más que su vergüenza y mucho más que esa deshonra, algo que justificaba todo, incluso ese descaro escandaloso. -¡Al diablo con todo!, ¿qué no haría yo por ella?-. Dio media vuelta y comenzó a correr, cada vez más rápido, rumbo a la parroquia del pueblo.
Llegó jadeando y sin poder hablar, hizo una seña con la mano a uno de los niños que jugaban en la vereda de enfrente. -¿Qué te sucede “Patriarca”?, ¿te sientes mal?- dijo el muchacho un poco preocupado al verlo agachado y sin poder respirar. Ed no podía contestarle, aún no había recuperado el aliento suficiente como para armar una frase y se desesperaba por hacerse entender con señas. -¡Iré a buscar a Ovidio, no estás bien!- dijo el niño mientras Ed, ya morado, asentía con la cabeza.
Se sentó en uno de los escalones de la entrada para recuperarse mientras esperaba al párroco, pero ya estaba dando misa. El niño acudió a unas personas que estaban sentadas en los bancos de atrás. Éstos vinieron a auxiliar a Ed que ya había logrado normalizar parcialmente su respiración. -¿Te encuentras bien?, ¡te llevaremos de inmediato al hospital!- dijeron alarmados. -¡Gracias!, pero no es necesario, ya estoy mejor- contestó con voz entrecortada.
Luego de unos minutos se levantó y entró. Era el momento de la homilía. Ovidio lo vio y no pudo más que callar. -¿Qué me haces, Señor?- pensó mientras lo miraba acercarse y acomodarse en el último rincón, -¿por qué me pones esta prueba?- y cerró los ojos frente a todos los fieles que ya empezaban a preguntarse qué estaba sucediendo. Inmediatamente siguió como pudo con su prédica, que hasta ese día nunca había sido tan difícil, ni tan sentida.
Ed permaneció en el último banco durante toda la celebración, con la mirada refugiada en alguna baldosa. Ni por un segundo se atrevió a alzar la vista.
Tras la bendición la gente comenzó a retirarse. Ovidio fue acercándose hasta allí, se sentó a su lado sin decir palabra y esperó… -He venido a pedirte un favor- dijo Ed. Ovidio se tomó la cabeza con la mano y cerró los ojos, como intentando frenar al hombre que llevaba adentro. -Dime qué necesitas, hijo- respondió con un gran dolor, mientras se quitaba cuidadosamente la estola blanca.

-Tienes que rezar por mí.
-¡Lo he hecho desde aquel día!... ¡para que puedas salvar tu alma!
-Deja mi alma para después -interrumpió-, ¡necesito que te ocupes de mi corazón!
-¿Es otra vez tu rosa?
-Sí, tengo una enfermedad, estoy enloqueciendo. Solo quiero un poco de tiempo para despedirme de su imagen. Necesito mirarla desde lejos, tratando de llevarme cada detalle de su rostro. No es mucho lo que pretendo, Dios tendrá que hacerme caso, ¡tendrá que apiadarse!
-¿Acaso tú te apiadas de los demás?, ¿por qué pides lo que nunca has dado?
-¡Diablos! -gritó-. Porque estoy desesperado.
-¿Olvidarás tu amenaza?, ¿te entregarás a la justicia?
-¡Claro que no! -le dijo con furia-, ¡eres un sacerdote, no puedes negociar tu plegaria!
-¡Tu descaro no tiene nombre! -contestó, agarrándose la cabeza.
-¡Pero mi amor sí lo tiene!

¡Ovidio no podía creerlo! ¿Cómo podía ser tan desalmado? Estaba en la casa de Dios pidiéndole ayuda y no era capaz de mostrar un mínimo arrepentimiento. El párroco se sentía indignado, librando una batalla interna entre sus deberes y sus derechos, entre sus pasiones y su fidelidad. -¡Purísima Madre, te suplico que me des fuerzas para frenar este enfado que está por desbordarme!... dame las palabras necesarias, no aquellas que se pelean por salir de mi boca.

-Mi porción consagrada sabe que debo ayudarte, pero la humana, se resiste.
-Lo admito; mi conducta es detestable, pero no busco perdón. ¡Sólo quiero tiempo!
-La oración hay que sentirla, y lo único que yo siento es un enorme deseo de echarte de aquí.
-¿Y por qué no lo has hecho, eh?
-Porque esta no es mi casa…
-Mira mi amor, es por él que no me importa arrodillarme ante este altar que tantas veces ofendí, ante este credo que siempre avergoncé -lo miró a los ojos-… ¡por favor, si no lo haces por mí, al menos hazlo por mi amor!

Ed se levantó y sin mirarlo le tocó el hombro, le dio una palmada. Ovidio lo vio irse, lo observó con dolor mientras se alejaba, tomó la estola fuertemente y se aferró a ella como buscando un sostén en este momento de incertidumbre, luego besó el crucifijo que siempre colgaba de su cuello, y cerró los ojos. La insolencia de Ed había traspasado todos los límites de lo tolerable, había conseguido ser ofensivo, y hasta su súplica sonaba a insulto, pero esa figura encorvada que se iba debía llevar mucha carga, lo veía vencido y a punto de caer. Más que un malhechor parecía un condenado a muerte, o quizá peor: un sentenciado al olvido.
El rastro de su sombra ya olía a ofrenda, porque sus manos asesinas se estaban uniendo por una plegaria y su ego prepotente había escogido la humildad; ya no era tan oscuro ni estaba tan vacío… la roca que llevaba en el pecho estaba transformándose.
A pesar del enojo, Ovidio llegó a conmoverse por tan heroico pesar. Era una ironía saber que Ed estaba dando todo por amor. ¡Cómo podía ser que un sujeto tan miserable pudiera sentir así! Ni el sacerdote podía concebir tanta entrega. Ovidio era el único que lo sabía todo, quizá por eso empezaba a comprender; el descaro de Ed llegaba a ser entendible y hasta su osadía podía ser aceptable. Se apiadó y oró con toda su fe, que era grande, y enalteció a la rosa sin conocerla, sabiendo de ella mucho más que si la hubiese visto, porque el amor de Ed le hablaba con tanta devoción, que llegaba a intuirla. Era ella la que ya había hecho un milagro; hacer resplandecer lo más oscuro, poner vida en lo más inerte: el alma de Ed.


No había nada más urgente que ese viaje. Ed aplazaría todo lo que tenía planeado, cualquier cosa en el mundo podría esperar, pero no esa audiencia secreta con su amor. -Barriga, te pondré al frente de la organización por unos días. Convoca al resto para hacerles saber esto- ordenó.
Fue hacia su casa con suma rapidez para explicarle a Fausto que estaría ausente. Le envió una carta en la que le pedía disculpas por no poder “acudir” a la entrevista, y le aclaró que regresaría pronto.
Comenzó a armar el bolso con unas pocas cosas. Tomó el pañuelo del secreto y lo guardó en el bolsillo de su camisa, muy cerca del corazón. Los grillos le cantaban a la noche y el pueblo silencioso parecía haberse detenido para escucharlos. Cargó su equipaje y se fue rumbo a la terminal. -Sí, mi reina- pensaba mientras tanto… -este siervo irá nuevamente hasta usted, como siempre lo ha hecho… como siempre lo hará.
Subió al autobús y se ubicó junto a la ventana. En tan sólo un instante sus ojos enamorados recorrieron cientos de kilómetros y lo llevaron hasta ella. ¡Tenía tantos deseos de verla! que su alma ennegrecida se aclaró para merecer esa presencia, y su corazón enemistado volvió a hablarle para pedirle por ella. Entonces, sin darse cuenta, comenzó a crear un sueño: recuperarla. Volver a amarla, era una idea que lo seducía, lo atrapaba. Descansar en su mirada, escuchando el silencioso diálogo de sus ojos, sería como tomar el cielo con la mano y atraparlo para siempre. Sí, ¡quería volver a sentirla con el alma entera! Sería su héroe o su bufón sin temerle al ridículo ni a la solemnidad, podría ser un caballero o un patán; lo que a ella se le antojara.
Pero ese sueño pagano lo estaba engañando, había engendrado en él, una esperanza estéril. Tendría que conformarse con observarla de lejos y escondido, como un bandido prófugo. ¿Cómo encauzaría el torrente de ese amor inmanejable? Sabía que tenía que callar, pero temía que su voz lo traicionara y la llamara con un grito. Pero su lealtad le había impuesto una orden, y él la cumpliría. La protegería de sí mismo hasta el final.
El poderoso Patriarca era amenazado por la inminente cercanía de una rosa, y no tenía con qué defenderse. El delincuente más peligroso, el estratega más brillante; arrinconado por una flor. Aún así iba hacia allá, porque ella era más que la muerte y la locura, mucho más que el dolor y la indiferencia. -Hay dos esmeraldas que valen más que mil diamantes, y éste intrépido ladrón no vacilará en dar el alma por ellas.
Finalmente la luz del sol apareció y los primeros edificios de la gran ciudad comenzaron a verse por la ventanilla. Una revolución de sentimientos viajaba en ese autobús, y la imponente ciudad lo ignoraba.
Cuando el micro se detuvo Ed ya estaba por bajar. Con el equipaje en la mano y sin buscar hospedaje fue inmediatamente a buscarla. El tránsito demoraba el vehículo y aceleraba sus latidos que, prisioneros de la ansiedad, ya estaban perdiendo el ritmo. Con las manos sudadas se acomodaba el cabello, la vestimenta; intentando distraerse. El congestionamiento, las bocinas y los semáforos… todo parecía haberse complotado para postergar el encuentro.
El punto estratégico sería la casa de Kiara. Era fin de semana y seguramente ella estaría allí. Llegó y se instaló en la vereda de enfrente, en la posición justa para ver la ventana que aún estaba cerrada. Esperó… esperó por horas y esa ventana nunca se abrió, tampoco la puerta. No había ningún movimiento en esa casa que parecía estar abandonada. Ed comenzó a desesperarse. -¿Cómo puede ser?... ¿adónde está?- repetía una y otra vez mientras caminaba en círculos por esa vereda arbolada. Se rascaba la cabeza y miraba el reloj, observaba hacia enfrente con impaciencia y colocaba sus manos en la cintura con enojo. -¡Maldición!, ¡que vuelva pronto!- él sólo quería verla, y parecía algo muy difícil.
Tomó el celular y la llamó, oiría su voz y luego colgaría sin decir palabra, eso bastaría para conformarlo. Pero el teléfono sonaba… y nadie lo atendía. Se sentó en el escalón de una casa y apoyó la cabeza en la mano sin perder de vista esa ventana; estaba agotado, habían pasado horas, el viaje había sido muy largo; y él aún estaba allí, esperando a su amada.
-Perdón, caballero- le dijo a un hombre que salió de la casa de al lado, -soy un amigo de Kiara y he venido desde lejos para verla, ¿sabe donde puedo ubicarla?
-Mire joven, hace bastante que no se sabe nada de ella.
-¿Cómo dice?
-Hace tiempo que no se la ve por aquí.

¿Cómo podía ser?, ¿le habría pasado algo?... ¡no, la había visto conectada días atrás! -tal vez fue otra de mis alucinaciones- pensó. ¡Tanto quería verla que seguramente su mente había inventado esa aparición! ¡No!, tal vez creyó verla porque realmente estaba en peligro, ¡eso tenía que ser un “mensaje”! Él era muy sugestionable y creía firmemente que todos sus sueños eran “revelaciones”. Empezó a preocuparse; a desesperarse. -¿Cómo demonios hago para averiguar algo?, no puedo presentarme ante sus familiares. Tendré que pensar en otra cosa… ¡Ni bien regrese iré a ver al Barriga, él sabrá qué hacer. No me quedaré de brazos cruzados ¡ni con Dios en mi contra!
Abordó el ómnibus de regreso. -Le ha pasado algo grave, lo sé- pensaba. -¡He sido un imbécil, tendría que haberla protegido!-. Quizá había sufrido alguna secuela tardía de aquel accidente, el traumatismo había sido considerable. No, había pasado mucho tiempo desde entonces, no era posible. ¡Pero, él hacía mucho que no sabía nada de ella! -¡Maldición!, puede haberle pasado cualquier cosa, y yo, aquí, como un idiota…- ¿Qué podría hacer?, tal vez ya era tarde. -¡Demonios, me siento un inútil!- era la primera vez que se sentía así. ¿De qué le servía todo su poder?, sentía las manos atadas, el corazón abatido. ¡Sus premoniciones siempre se cumplían!, y creía firmemente en eso -¡Esta vez no, por favor... con ella no!-. Los kilómetros pasaban, el tiempo también; y él seguía cabizbajo y pensativo… con una carencia en el alma.
Al llegar a la estación tomó un taxi rumbo al escondite de su cómplice. ¡No había tiempo que perder! -¡Por favor, que no haya sido una revelación; que se trate de mi locura!- pensaba mientras tanto.

-¡Oye Barriga! -gritó enérgicamente al entrar al escondite-, tienes otro trabajo.
-Dime… -contestó.
-Ubicarás el paradero de esta persona -dijo mientras le entregaba una fotografía de Kiara con sus datos.
-Me daría pena tener que “limpiarla” -comentó.
-¿Limpiarla?- exclamó descontrolándose y tomándolo de la camisa con violencia. ¡Pobre de él si le tocaba un solo pelo!, ¡no le alcanzaría toda la eternidad para arrepentirse, y rogaría por un lugar en el infierno en vez de tener que enfrentarse a él! Lo arrastró de la ropa hasta la pared, sacó el arma, le quitó el seguro y se la colocó sobre la cabeza. -¡Si tan sólo vuelves a pensarlo, no dudaré en perforarte los sesos!- le gritó en el oído mientras su socio le hacía tímidos gestos para que lo soltara. -¡No es para “limpiarla”!, ¡ni se te ocurra, idiota!, ¿me entiendes?- dijo mientras lo soltaba empujándolo hacia la pared. -Sabes que no lo haría a menos que dieras la orden- contestó el Barriga arreglándose la vestimenta. -¿Acaso te la he dado, imbécil?- volvió a gritar agarrándolo del cuello -¡contesta maldito asno!- agregó Ed. El Barriga apenas podía respirar, ¡mucho menos contestar!, y sólo pudo hacer un gesto de negación con su cabeza amoratada. -Bien- dijo lanzándolo al suelo -espero que te haya quedado claro-. Barriga cayó casi muerto, intentando recuperar el aire. -Lo interpreté mal- dijo con mucha dificultad. -¡No te pago por interpretar, estúpido!- le gritó nuevamente -¡tu cabeza de primate apestoso, no tiene permitido pensar!- enfatizó mientras el Barriga por fin conseguía ponerse de pie. -Es que siempre que me ordenas ubicar a alguien es para liquidarlo, pensé que ahora sería igual- murmuró -¡Ya te he dicho que no pienses, maldito idiota!- le dijo dándole un culatazo en la boca. -Entendí Ed, no es necesario que sigas lastimándome- dijo el Barriga escupiendo un diente entre su sangre. -Por cada estupidez… ¡un diente menos!, por lo tanto ¡cuídate!, tienes mucha facilidad para decir estupideces- dijo guardando finalmente su arma. -Si llego a enterarme que a ella se le ha caído una sola pestaña… ¡te cortaré la garganta y se la arrojaré a los puercos!
-No haré nada, excepto a averiguar su paradero.
-Eso será lo mejor, no quiero desafilar mi cuchillo contigo.
-¡No tendrás que hacerlo! -interrumpió.
-¡Ah!... otra cosa, si abres tu enorme boca, ¡te rebanaré la lengua y la comeré en la cena!
-No diré nada, aunque tal vez necesite “tocar” a mis contactos.
-Haz lo que debas hacer, pero recuerda que si pasa algo ¡tú responderás! Empezarás ya mismo, y me tendrás informado día a día. Estaré pendiente de tu llamada, es vital para mí encontrarla pronto -dijo y se fue-.
-Este maldito lunático- dijo el Barriga al verlo salir, -no veo la hora de que su cabeza ruede por el suelo- agregó. Sí, lo odiaba al igual que todos los del equipo, pero nadie se atrevía a hacerle frente. ¿Quién tendría tanto coraje como para ponerse en su contra? Eso más que coraje sería una locura.

Pero ¿quién sería esa mujer tan importante? ¿Por qué necesitaba encontrarla con tanto apuro? -Tal vez ella sea la clave para manejarlo- pensó, -¡no!, ¡ni se te ocurra!- se dijo -realmente te cortaría el cuello-. Aunque tal vez no era necesario lastimarla… -Sé que alguien está queriendo fastidiarlo- dijo -¿si no, cómo se explica lo de ese mensaje que provenía de su propia casa?-. Sin dudas alguien más estaba planeando lo mismo, y ese aliado desconocido le estaba abriendo una puerta. -Si verdaderamente la muchacha te importa tanto, nunca sabrás donde está- pensó. -¡No!, ¡mejor aún!, te diré que está muerta- dijo sonriendo con maldad -sí, te haré esperar unos días y luego te daré la “mala noticia” junto con mis condolencias-, y empezó a reír a carcajadas sin poder evitarlo. Ed no tendría más remedio que creerle, pues era el único que podía averiguar ese paradero.
Barriga tenía la ventaja de que en el grupo lo respetaban mucho, y disfrutaba con la idea de ser el próximo líder. Además, días atrás el mismo Ed lo había puesto al frente; algo sin precedentes. -Sí, ahora es el momento de arrinconar a Ed. Comenzaré por saquear su correo electrónico y averiguar un poco más acerca de sus secretos-. Así fue como entró a la casilla de Ed y vio todos los archivos que guardaba de Kiara. -¡Ah!, ¿tiene un amor escondido?, esto es mejor de lo que me imaginaba. Ahora comprendo por qué me atacó así. Hablaré con los muchachos y organizaremos el golpe. Luego le diré que la chica está muerta y lo tendré en mis manos.


-Ahora sí es momento de encontrarme con Fausto- dijo Ed, regresando a su casa sin demorarse más -tengo que saber cuanto tiempo me queda-. Pero Kiara tenía otros planes para ese día. Hacía mucho que no utilizaba el recurso del fantasma, y ésta sería una gran oportunidad.
Ed vio a Ariel conectado, y en un primer momento se sobresaltó, pero en realidad ya no le preocupaba tanto como antes y fue él quien abrió el diálogo.
-¿No te cansas de molestar, eh?
-¿Me hablas a mí?
-¡Claro que sí, maldito cadáver!
-¿No te parece fuera de lo normal hablar con un cadáver?
-¿Sabes qué?, vete al infierno, ¡ya no me importas!
-¿Eh?... ¡cómo que no le importa!-. Eso no era bueno, si Ed perdía el miedo al fantasma el plan se derrumbaría. Quizá era un truco para mantenerlo en línea y rastrearlo… Sí, seguramente era por eso. -Debo desconectarme como el espíritu, pero antes lo asustaré un poco más- pensó.
-En realidad debería importarte -insistió
-Hay cosas que me preocupan más que un imbécil como tú.
-¿Si?, ¿cuáles?
-¡Síguete pudriendo en tu tumba, que yo me ocuparé de mí!
-Yo también me ocuparé de ti…

-Esto no me gusta nada- dijo Kiara al desconectar a Ariel. ¿Cómo podía ser que un cobarde como Ed ya no le temiera? Tendría que ser porque alguna otra cosa le produjera más miedo, ¡era la única explicación! ¿Qué podría ser?, ¿qué sería más importante? -¡Basta!- gritó ella agarrándose la cabeza sin hallar una respuesta -¡no permitiré que este desalmado haga tambalear todo-. Era cierto, había algo que a él le preocupaba mucho más que el fantasma, pero ella no lo sabía, ni siquiera lo imaginaba. Se conectaría como el psiquiatra y le daría un golpe muy bajo.

-No tengo muy buenas noticias para usted, Edmundo.
-¿Qué diablos quiere decir?
-Estuve estudiando su caso, y veo que su problema es mucho más profundo de lo que creía.
-¿Seguiré teniendo alucinaciones?, ¡qué haré!
-Intente sobrevivir hasta que nos veamos y pueda evaluarlo en persona...
-Sobrevivir… ya no me preocupa mucho eso.

-¿Estará pensando en suicidarse?- se dijo Kiara alarmada. ¡Tenía que evitarlo a toda costa! Él no podía simplemente “morir”, ¡ella tenía que matarlo! -¡Este malvado sospecha algo o está verdaderamente loco!- exclamó con furia. Lo había golpeado muy fuerte y ahora tenía que darle una esperanza. -¡Desgraciado, me haces cambiar mis pasos sobre la marcha!- pensó; tenía que retroceder un poco para volver a tenerlo bajo control.

-Quizá esa permanente conducta autodestructiva sea la clave de su patología; tal vez trabajando sobre eso podamos remitir un poco el cuadro.
-¿Lo cree?
-Es posible.
-Hay algo que debo preguntarle. ¿Es cierto que perderé la memoria?
-Sí, esta patología provoca un deterioro global del aparato psíquico; lamentablemente la memoria siempre es afectada.
-¿Cuánto tiempo me queda hasta olvidar todo?
-No lo sé, tal vez algunas semanas.
-Deberé apresurarme…

¿Qué tendría en mente? ¿No le bastaba con todo el mal que había provocado que ahora debía que ocuparse de no dejar nada pendiente? -¡Ya no te permitiré seguir haciendo más daño!- pensaba Kiara mientras contaba los días que faltaban.

-¿Esta preocupación tendrá que ver con su rosa? Veo que no la quitó.
-Olvidé hacerlo.
-Dígame… ¿alguna vez la quiso?
-Nunca.

-Jamás llegarás a conocerme maldito curioso- pensó Ed, disculpándose en secreto con su rosa malherida. -Nadie me conoce, excepto un sacerdote… y un ciprés, sólo ellos saben cuánto la he llorado-. Su amor secreto moriría con él o se dormiría bajo el velo de la locura, pero jamás se lo revelaría a Fausto, porque él lo empujaría a recuperarla, y Ed había jurado no hacerlo. Además era un sentimiento tan sublime que no podía ser tocado por nadie, ni siquiera por un pensamiento. Era mejor mantener al psiquiatra al margen de todo eso, y si aún así la enfermedad lo alcanzaba, se entregaría.

-Afortunadamente falta poco para que nos encontremos -acotó Fausto.
-Sí, finalmente nos conoceremos.
-Exacto, la próxima vez será frente a frente.
-Hasta entonces, doctor.

Esa entrevista había sido muy desconcertante para Kiara, y lo mejor era desaparecer. No le convenía seguir corriendo riesgos innecesarios; se acercaba el día de la ejecución y las conversaciones por chat ya no eran tan importantes. Ed era peligroso y ella lo sabía mejor que nadie, no podía distraerse, y tenía que estar preparada para cualquier imprevisto. -Seguiré sus movimientos en forma invisible, pero ya no me conectaré bajo ningún nombre- dijo mientras daba por terminada esa sesión y se despedía definitivamente de su personaje.

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