Premoniciones

Se avecinaba una tormenta. Desde lejos podía verse que las cumbres eran rozadas por unas patéticas nubes grises que se acercaban al pueblo. Empezaron a sacudirse los carteles y los árboles respondían al viento con gestos de horror. Las calles estaban desiertas, sólo Ed vagaba por ellas apresurado por refugiarse en la casa, que aún estaba lejos. La lluvia comenzó a caer sobre él y las gotas lo golpeaban cada vez más fuerte, casi no veía, y no podía correr por temor a resbalarse. De techo en techo, iba cobijándose de aquel temporal, que prometía ser muy prolongado.
Llegó a la casa y entró con prisa chorreando agua por cada costura de su ropa y por cada mechón de su cabello. Se cambió la vestimenta mientras el granizo desintegraba al golpear contra la ventana. El vendaval afinaba su canto en el cono que formaba el hueco del patio; parecía un aullido, un lamento distante. Las ráfagas golpeaban con ímpetu sobre la puerta pidiendo paso, y ésta vibraba intentando resistirse.
Esa noche sería decisiva. Tenía la ketamina y sabía cómo administrársela. Se dirigió directamente hacia la habitación y sacó uno de los frascos. Tomó una jeringa, le colocó la aguja y atravesó con ella la tapa de goma del envase. Cuando llegó a los dos mililitros, se detuvo; sólo era cuestión de vaciar el contenido debajo de la lengua, tal como Fausto le había indicado.
¿Pero, qué le sucedía?... Estaba inmóvil y con la medicación lista, ¿dudaba o temía? Él, que no vacilaba en disparar un arma, apenas si podía sostener esa jeringa. Sus manos temblaban, como intentando dilatar una incógnita que le daba esperanza. ¿Y si no le hacía efecto? ¿Qué haría si no resultaba? ¡Tenía tanta fe en aquella medicación que no podía soportar la idea de que fallara! No tendría restos de energía para afrontar semejante desengaño. Necesitaba un envión que le diera el coraje. Entonces hizo lo que solía hacer cuando todo estaba perdido: tomó la foto de Kiara y el pañuelo, para invocar esos recuerdos que le daban valentía. Miró la fotografía soñando que su figura se escapaba y cobraba vida, y hasta creía escuchar su risa emanando ella. ¡Listo!, ya estaba en condiciones de arriesgarlo todo otra vez, era el momento de volver a jugarse por ella. No pensó más y se aplicó la sustancia. Era extraño, a los pocos instantes comenzó salivar en exceso, y su corazón emprendió una rebelión dentro del pecho. Sintió que cada vez latía con más potencia, como si intentara fugarse. Empezó a transpirar, provocado por un calor opresivo que parecía venir de muy adentro. Su mirada indecisa se desplazaba de un lado a otro a pesar de los esfuerzos por mantenerse fija en el retrato. El rostro de Kiara se transfiguró, fue cambiando poco a poco; ya no sonreía. -¡Esta no es ella!, ¡no puede mirarme así!- hasta que, de un momento a otro, la imagen desapareció. -¡No!, ¡dime dónde se han ido tus ojos!, ¿por qué ya no puedo seguirlos?-. Un vértigo imprevisto se apoderó de él, y entonces, la oscuridad le cayó encima. -¿A dónde estoy? ¿Acaso estoy muerto?, ¡sí!, esto parece el final.
No estaba dormido, sin embargo soñaba. Era una pesadilla tan real como incomprensible, al menos hasta ese momento. Había perdido el dominio sobre su conciencia, y ésta iba creando fantasías a su antojo, que se revelaban contra la razón y dominaban su intelecto, confundiéndolo.
El impiadoso Patriarca, que había aspirado a la cumbre más alta, se encontraba en una estrepitosa e inevitable decadencia. Daría toda su gloria por un poco de cordura, por escapar de este final. Su brillante inteligencia le jugaba en contra y su tan “afamado” valor, que nunca fue tal, lo abandonaba en el peor momento. Quería huir a cualquier sitio, quería correr pero no sabía hacia dónde. Escuchaba voces y veía rostros que sabía que no estaban, o que no existían… sin embargo eran tan reales que sus sentidos engañados los tomaban como ciertos.
Se veía en una gruta muy oscura donde el aire provocaba escalofríos. Había un pantano y de él emergía una mano que sostenía una gema muy valiosa que resplandecía. Bajo la sombra de un árbol yacía un libro; de él se escuchaba salir una voz abandonada que pedía ser escrita, como unas uvas que no llegarían al invierno. A sus espaldas, carroñeras ansiosas se preparaban para el banquete del ocaso. Unos metros más adelante, una mujer con ojos vendados recogía los pétalos de una flor; mientras él se alejaba, liderando un séquito de reptiles que se hacían eco de su voz. El viento tormentoso abrió una tumba delante de sus ojos, pero estaba vacía. Se acercó y, de pronto, alguien lo empujó hacia ella… quiso gritar, pero su voz no se oía; intentó escapar, pero no podía moverse. El ayer se alejó llevándose consigo oportunidad, dejando una estela de recuerdos y una legión de culpas. Sus promesas no cumplidas, sus palabras desperdiciadas desfilaban en un prontuario vergonzoso; y a viva voz reclamaban justicia. Las buenas vivencias, que eran pocas, se fueron alejando. Estaba perdiendo todo, porque hasta el recuerdo de esos ojos ya era borroso, o quizá habían cambiado la forma de mirar. De pronto, una mano lo sostuvo para luego arrinconarlo en una esquina… alguien estaba por concretar la última jugada; una corona rodaría por el campo de batalla antes del amanecer. El falso monarca finalmente cayó, y sobre él se derrumbaron todos sus espejismos. Entonces, pudo ver la imagen de una reina vestida con harapos que se quitó la máscara y con sus ojos le revelaba un terrible secreto. La verdad burlaba, y el tiempo malgastado finalmente se extinguió. Todo estaba muerto, todo quedó sepultado con él, porque no había dejado nada. Su cuerpo se hizo cenizas… y el viento se lo llevó para siempre, dejando en su lugar la costra cicatrizada del olvido, que pronto caería sin dejar marca.
Poco después del amanecer los efectos se irían atenuando, pero el recuerdo de ese delirio, marcaría a Ed, para siempre. Nunca sabría que todo había sido producto de la ketamina, el potente alucinógeno que Fausto le recetara.
El nuevo día lo sorprendió sobre su cama. El sol brillaba en lo más alto del cielo y ya nada quedaba de aquel temporal, excepto por la tempestad que lo había azotado -¿Qué fue esto?, ¡recuerdo todo y no comprendo nada!- estaba desorientado, tenía miedo de que esa pesadilla fuera premonitoria, que le hubiera mostrado los sucesos que estaban por pasar… ¿qué era peor, pensar que su mente estaba jugando con él o creer que todo era un presagio? No sabía qué pensar, ¡ya no quería ni pensar!
Se levantó con cuidado, procurando no caer, y se dirigió a la computadora. Necesitaba ver las otras fotografías que guardaba en su correo. Se sentó frente a la máquina y abrió su casilla. -¡Ahí estás!, como siempre, ahí y aquí- dijo con pena mientras se tocaba el pecho, justo en ese lugar donde suele sentirse el corazón. Entonces bajó la vista entristecida y se quedó así… pensando en ella.


Kiara estaba intrigada por saber qué había pasado con esa potente dosis que le había indicado. Era suficiente para que su sueño fuera tan fantasioso como terrorífico. Después de eso ya no le quedarían dudas de estar loco.
Se conectó como Fausto esperando que Ed apareciera, pero como era temprano aprovechó y también se conectó con su real identidad, pues tenía que dar señales de vida a sus familiares; no era conveniente que ellos empezaran a preocuparse. Se encontró con algunos de ellos en línea, y éstos no dejaban de preguntarle cuándo volvería. Ella aún no lo sabía, por lo tanto les contestó en forma ambigua para dejarlos conformes.
En ese momento se conectó Ed -¡No!- murmuró Kiara -esto no estaba en mis planes- pensó, ya que Ed la estaba viendo en su pantalla. -¡Es muy temprano para que él se conecte!- dijo mirando su reloj. ¡Tenía que hacer algo! y desaparecer no hubiera sido lo mejor… por lo tanto, sin borrar a Kiara decidió abrir el diálogo de Fausto.


-Buenas tardes, Edmundo.
-…


Ed vio a Kiara en línea y ya nada más le importó. -¡No puedo creerlo, es ella!- pensó emocionado. Quería escribirle, pero… ¿qué le diría?, no era adecuado hacerlo, ¡él no debía tener contacto con ella! Sin embargo, su corazón le imploraba que lo hiciera. -¡Cállate, corazón!, es mejor dejarla ir- pensó.
Mientras tanto, Kiara intentaba esquivar el contacto con la oportuna participación de Fausto.

-¡Edmundo!, ¿está usted ahí?
-…


-¡Si supieras lo que estoy viendo, Fausto!- pensó, sin preocuparse por la insistencia de Allende. Era un instante privilegiado en el cual no podía distraerse con el psiquiatra. Ya no le importaba la demencia ni la venganza, lo único importante era que Kiara estaba delante de él. ¿Había algo más valioso que eso? No para Ed.


-¿Se siente bien, Edmundo?
-…


-Ya ves; cuando estás conmigo, lo imposible sólo me cuesta un poco más…- pensó como diciéndoselo a Kiara. Sí, en medio de todas sus incertidumbres había algo de lo que no tenía dudas: lo que ella significaba.
Empezó a imaginarla frente al monitor, y la recordó como antes, como en esa época lejana en la que era suya. -Solíamos hablar hasta la madrugada-, y en ese momento una sombra lo entristeció -seguramente ella también me ha visto-. ¿Estaría ignorándolo? No, tal vez no se había dado cuenta de que él estaba conectado. ¡Pero tendría que haberlo visto, habían pasado varios minutos! -¿Será que no le importa nada de mí?- pensó con amargura -¡Qué pregunto, si sé bien que no soy nada para ella!


-Edmundo ¿qué sucede? -insistió Fausto.
-…


Kiara se estaba preocupando porque no le contestaba a Fausto, y al mismo tiempo estaba furiosa porque tampoco le escribía a ella. -¡Si espera que empiece a hablar yo, está muerto!- decía muy enojada. -¡Ni siquiera es capaz de saludar por buena educación!- pensaba, refugiándose en la ira.


-¡Ya verás, insolente!- dijo mientras se desconectaba como Kiara y esperaba la reacción de Ed.
-¡Edmundo!... me está preocupando.
-Aquí estoy.
-¿Porqué no contestaba?
-Tuve un problema con la conexión, se trabó la máquina.


-¿Entonces ni siquiera pudo verme?- pensó Kiara. ¿Y si la hubiera visto qué habría pasado? Ella sin dudas lo hubiera ignorado, ¿pero él? -Seguramente también me hubiera ignorado, yo lo fastidiaba, él mismo lo dijo.


-Creo que ya estoy en condiciones de viajar -dijo Fausto.
-¡Hágalo cuanto antes, ya no puedo más!
-¿Se administró la medicación?
-Ya lo creo que sí.
-¿Y qué pasó?
-Todo salió al revés.
-Le adelanté que podría pasar eso.


-¡Esto no es nada comparado con lo que te espera!- dijo Kiara. ¡Ese maldito iba a pagar con creces lo que había hecho y no iba a tener ni una minúscula migaja de compasión por parte de ella! Ese rencor brutal la alimentaba, la enceguecía.


-¿Ya tiene fecha de operación?
-Sí, ¿por qué?
-No es bueno que le practiquen la cirugía bajo los efectos de este fármaco.
-Me operarán el jueves de la semana próxima, por la mañana. Al día siguiente me darán el alta.
-Bien, entonces viajaré el viernes.
-¡Fantástico!

¡Le quedaban sólo diez días para darle muerte! El momento esperado se acercaba, la ansiada justicia finalmente iba llegando. -¡Me libraré de ti, desgraciado!- dijo con una mueca de satisfacción -¡en tan sólo diez días estaré festejando tu funeral!- agregó. Sí, estaba impaciente por verle los ojos moribundos implorando benevolencia, ¡ya estaba imaginando la agonía de ese despiadado! -“El suicidio del Patriarca” saldrá en todos los diarios locales y yo guardaré los recortes para empapelar mi habitación con ellos- dijo riendo a carcajadas.
Era el momento de incluir un pequeño detalle que le vendría bien a la hora en que los peritos investigasen la muerte. Le haría reservar una habitación de hotel a nombre de Fausto Allende, un prestigioso psiquiatra que iría a visitarlo en calidad de “amigo” por unos días. Ed tenía un conocido hotelero y seguramente le pediría a él la reserva; eso haría posible que, en la pesquisa, llegara a saberse que Ed estaba tan loco como para invitar a un amigo imaginario. Jamás podrían probar la existencia de Fausto, ella se encargaría de eso.


-Envíeme por e-mail su dirección y yo iré a verlo a su casa -dijo Fausto.
-¡De acuerdo!
-Mientras tanto iré averiguando lugares de alojamiento, ya que no conozco su provincia y me sentiré un poco perdido.
-¡Tengo un socio que puede ayudarlo!
-No, gracias, no quiero importunar a nadie invadiendo su intimidad.
-¡No!, usted no entiende, él tiene un hotel y me hará una reserva.
-Gracias, me quita una preocupación.
-¡Délo por hecho!
-Seguiremos con la medicación hasta el día previo a la cirugía. En lugar de aumentar la dosis prefiero aumentar la frecuencia de administración, eso evitará los efectos adversos. ¡Y recuerde suspender los tranquilizantes!
-No lo olvidaré.


Ed le envió a Fausto la dirección de su casa, y fue inmediatamente a ver a su amigo, para reservar una habitación. Luego regresaría sin demoras a su casa para seguir con el tratamiento farmacológico. -Tal vez de esta forma sí funcione- pensaba con respecto a la posología que tenía que cumplir de ahí en más. -¡Tendrá que funcionar! no pienso volverme loco sin hacer nada al respecto.
Más tarde volvió a su casa para cumplir el riguroso rito de la ketamina. -Endemoniada locura, no permitiré que me alcances- dijo agarrando uno de los frascos del medicamento. -Te combatiré con todas mis fuerzas-, y comenzó a administrársela. De pronto una vigilia ya distante lo trasladó allí, donde los sueños cobran vida propia. Se veía en una de las cumbres más altas del mundo, donde el viento cordillerano se trasforma en leyenda. Las eternas nieves adornaban su trono con grandiosidad. El cielo azul era suyo, parecía estar a su alcance. Podía ver el mundo entero, no había punto escondido que sus pupilas de ofidio no alcanzaran. Tenía el poder absoluto, era el rey supremo, pero estaba tremendamente solo.
Un sol espléndido lo espiaba detrás de las cumbres, anunciándole el próximo ocaso y llevándose con él una leyenda que se apagaba. Sólo se oía el silencio, el olvido. Un extenso suspiro escapó de su boca, como un quejido, evocando al corazón casi ausente.
El monarca de las tinieblas empezaba a sentir un incipiente vacío entre sus brazos, una hendidura que le sabía muy amarga. El guardián de la oscuridad era asediado por su propia sombra, que, con la llegada del crepúsculo parecía alargarse hasta alcanzar el horizonte. Era el prefacio de un pronto desenlace, de un final sin recuerdo. Su existencia se apagaba sin reparos, su esencia desaparecía sin pudores. Sí, su nefasta progenie terminaba con él, porque el emperador del abismo sólo había engendrado muerte.
El escenario de su farsa se estaba desmoronando y lo sepultaría en cualquier momento. Él, que se creía tan importante, gritaba su nombre al viento y nadie lo escuchaba, ni el eco le devolvía su voz. Su mirada se perdió tras la colina que, de un momento a otro se tiñó de oscuridad, ni siquiera la pulcritud de la nieve podía verse. Era extraño, esa noche no había estrellas ni luna, sólo a lo lejos, en la gran cuidad del este, una pequeña lucecita seguía alumbrándolo. En lo profundo de la noche hasta su sombra lo había abandonado, o quizá lo cubría todo; pero sólo aquel distante resplandor aún permanecía, como una llama eterna. ¿Qué sería? Sin dudas estaba muy lejos… tiempo y distancia atrás; y aún así lo iluminaba. De pronto escuchó una risa irónica que venía de todas partes, una carcajada que le erizó la piel. Cada vez era más fuerte y más insistente… se tapó los oídos con temor pero seguía escuchándola.


-¿Quién eres?... ¡Por Dios, contéstame ya mismo! -gritó Ed.
-¿Dios? ¡jajajajaja!, ¿y tú lo nombras?
-¿Qué quieres decir?, ¡quién eres y de dónde has venido!
-¿A mí me gritas?, ¿me exiges?
-¡Maldición! Respóndeme.
-¿No te das cuenta quién soy?
-¡No!, ¡sal para que pueda verte!
-¡Estoy aquí, no me ves porque mi oscuridad es tan grande como tu ceguera!
-¿Qué sabes de mí?
-Todo.
-¿Quién eres?, ¿el demonio?
-¡Vamos!... ¿realmente no me recuerdas?
-¿Tendría que hacerlo?, ¿te conozco?
-¡Por supuesto que me conoces, soy tu alma!
-¡No!, ¡eso no es cierto!... ¡eres el demonio!
-¿Hay alguna diferencia?


Entonces se escuchó el gruñido del trueno, como el grito del propio Zeus impartiendo justicia. La noche se abrió furiosamente y las estrellas, que antes no estaban, aparecieron de pronto como un alud. El escorpión comandaba la masacre intentando afinar su puntería de la mano de Hades, que observaba pacientemente en la secreta desembocadura del Estigio.
Al resquebrajarse le monte, un abismo empezó a abrirse bajo sus pies -¡el retrato del demonio!- dijo con temor al ver que esas nebulosas dibujaban un rostro de mirada maliciosa. Era el suyo… sí, su propia maldad venía a buscarlo, su alma tremendamente oscura finalmente venía por él. -¡No, esto no puede ser!- decía mientras veía emerger la punta de un tridente desde lo más profundo del mar. Las aguas se alborotaban para despertar a Neptuno de su sueño eterno; entonces el universo se detuvo para ser testigo de ese momento. Todo el Olimpo estaba pendiente de la impaciencia de un verdugo y del pánico de un impostor.
Era la hora del juicio y el fallo ya estaba dado, nadie abogaría por él, nadie intercedería ante esta corte implacable. No había argumento capaz de redimirlo, ni causa justa que lo limpiara. Las tumbas de sus víctimas se abrían y esqueletos vengativos se apresuraban por alcanzarlo.
No había nada en él que lo salvara, nada que valiera la pena excepto por una cosa: aquella luz... -¿Cómo puede ser que no se apague?, ¿de qué está hecha, como para permanecer encendida en medio de tanta muerte?-. Sus ojos comenzaban a venerarla -quizá ella pueda mediar por mí- pensó -sí, ante semejante pureza hasta el demonio se rendiría y estoy seguro de Dios se emocionaría con sólo mirarla-. Sin dudas, no habría oscuridad en el mundo capaz de vencerla.
Toda su vida valía ese momento, que probablemente fuera el último. Corrió hacia allá con toda su fuerza. -Tengo que alcanzarla como sea- pensó mientras veía un tornado con forma de garra que se le aproximaba aceleradamente. No tenía escapatoria y no había escondite adonde cobijarse; les exigió a sus piernas más de lo que podían y, ya exhausto, llegó al borde de un precipicio… al borde del final. -¡No, no me esperaba esto!... ella está del otro lado, jamás llegaré.
Detrás de él la garra esquelética de Anubis estaba por tocarlo; abajo, la hambrienta garganta de Plutón lo saboreaba. Tomó impulso y respiró hondo… cerró los ojos y saltó justo a tiempo para que no lo alcanzaran. Apenas si llegó al otro lado; y sólo pudo aferrarse con gran dificultad a algo que estaba en la orilla. Era justamente aquello que brillaba; que evitó que cayera sosteniéndolo con la fuerza de un titán… era una rosa.






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