Sentencia implacable

Habían sido unos días muy difíciles. Aún no terminaba de enterrar al Santo y ya tenía que empezar a olvidar a Ed. A uno lo coloqué en una tumba sagrada, adornada con las flores blancas de mis recuerdos más puros; al otro lo hundí con furia en el lodo asfixiante de mis peores resentimientos. Uno era Helios, una joya transparente que brillaba en mi interior; el otro Erebo, un fósil momificado que se pudría dentro de mí. Los dos extremos tironeando de mi corazón, uno para salvarlo, el otro para salvarse. Uno de ellos me dio la luz que el otro consumió. Febo y Plutón; así fueron ellos… el cielo y el infierno en el mismo escenario de mi vida.
Evidentemente yo estaba muy mal; pero como no podía ser de otra manera, las cosas seguirían complicándose. En efecto, la madre de Ariel me había pedido que fuera a la casa de él a buscar algunas cosas, porque ella aún no se atrevía a entrar, temía morir de tristeza al hacerlo. Comprendí perfectamente la situación ¡pero esa pobre mujer no tenía idea de lo que me estaba pidiendo! Esa casa de la calle Allende era todo un reto para mí; el sólo hecho de pasar por la puerta sin atreverme a mirarla, era un esfuerzo enorme con el que lidiaba todos los días. Tener que entrar, aunque fuese para recoger algunas pertenencias, sería un atentado contra mi lábil equilibrio emocional de aquellos momentos.
-Pensándolo bien… yo no puedo estar peor- reflexioné, y decidí acceder al pedido. La idea era entrar y salir de inmediato para no permitirle a la flaqueza que me desmoronara.
Sin meditarlo más, por temor a arrepentirme, tomé mi abrigo nuevo y salí rumbo a la casa. Durante el camino me convencí de que podría hacerlo, fui adormeciendo el corazón para que no me saltara del pecho al entrar, y les advertí a mis ojos que no miraran a su alrededor, que sólo se limitaran a buscar las cosas que debía recoger.
La puerta de calle estaba sin llave y en cuanto la abrí toda la aparente fortaleza que me había empecinado en adquirir, se derribó. Mis ojos olvidaron el encargo que les había hecho y el corazón despertó explosivamente al ver esa foto en la pared. Estaba tan vivo en el retrato que mis piernas empezaron a temblar y tuve que sentarme en el sillón para recuperarme.
Observaba con extrañeza a mi alrededor. Él era muy ordenado y yo era la primera persona que entraba a esa casa después de su muerte; sin embargo había detalles que no estaban bien.
El equipo de música permanecía encendido, aunque detenido; seguramente habría olvidado apagarlo antes de salir esa noche. Volví a ponerlo con la idea de atenuar un poco ese silencio tan tétrico, y seguí revisando el lugar. -¡Qué desastre!- la vajilla estaba sucia, sobre la mesada había una marabunta que se paseaba a su antojo, y el frasco de detergente estaba al lado de la esponja en vez de estar guardado. El mantel individual aún estaba sobre la mesa y el repasador arrojado desprolijamente sobre el respaldo de una silla que tampoco ocupaba su lugar. Mientras ordenaba un poco ese caos me preguntaba qué había sucedido esa noche. Después fui a su habitación, la salida de baño estaba sobre su cama y el resto de las cosas parecían estar en su sitio, excepto por el cajón de las toallas, que permanecía abierto. -Estaría por darse un baño- dije mientras le colocaba la tapa desodorante que estaba junto al pote de crema para afeitar; sobre el lavatorio. Siempre hacía lo mismo, mientras lavaba la vajilla dejaba listas las cosas para bañarse después.
Luego volví al comedor, ya había pasado más de una hora y yo seguía buscando no sé qué. Estaba todo sucio por lo que me dispuse a barrer un poco. De pronto el escobillón hizo un importante hallazgo… me trajo el celular que estaba arrojado detrás del sofá, al lado de la puerta de entrada. Lo tomé y quise prenderlo pero no tenía batería. Inmediatamente fui a buscar el cargador que estaba en la mesita de luz. Tal vez sería importante saber qué llamadas había recibido, o las que había hecho. Mientras esperaba que se cargara volví a poner la música que ya había terminado y me dispuse chequear el contestador telefónico de la casa. Había algunos mensajes sin importancia, aunque uno de ellos me sorprendió un poco, era de un par de días atrás.

-Hola Ariel, soy Beto. Estoy un poco preocupado, quería saber cómo te había ido. Cuando puedas llámame.

Beto era un gran amigo nuestro. -Ahora que lo pienso, no lo vi en el funeral… ¡qué tonta fui!, olvidé avisarle, seguramente olvidé hacerlo con mucha gente.- Ese día yo también morí un poco, -¿qué me puede preocupar haber omitido algunos detalles?- de todas maneras Beto merecía enterarse. -Mañana mismo lo llamaré-. Abrí el balcón para regar las plantas que ya estarían secas. -¿Eh?-, la luz estaba apagada -qué extraño, él siempre prendía esa luz al irse para que pensaran que había gente en la casa; tal vez esté quemada. No, prendía perfectamente. -¿Qué pasó aquí esa noche?- empecé a sacar conjeturas imaginándome la situación; sin dudas algo lo había hecho salir repentinamente, pero… ¿y el celular? ¡No había forma de que se le hubiera caído allí!, en un lugar tan inaccesible, justo en el ángulo entre la pared y el sofá, como si lo hubieran arrojado… además, ¡no se iría sin él! -¿Qué fue lo que te hizo salir con tanto apuro?- En ese momento la lucecita verde del cargador se prendió. Corrí a chequear las llamadas; había recibido algunas de unos amigos y estaba registrada una que me hizo a mí aquella tarde, pero después de esa aparecían tres llamadas a Aylen. La primera al celular y la otras dos a su casa. Era muy extraño porque Aylen para esa fecha no estaba en el país; sin embargo la última de esas llamadas, la que hizo por la noche, había durado más de cuarenta minutos. -Ella vive sola, ¿con quién estuviste hablando tanto tiempo?- le preguntaba a su retrato. -¡Dame una pista, por favor!, ¡una clave o contraseña!, como en los viejos tiempos-. En ese momento una ocurrencia apareció de pronto en mi cabeza. -¡Claro, la biblioteca!, ¿cómo no lo pensé antes?-. Fui directamente hacia ella para tomar el volumen de “Fausto”, si había algo estaría allí, porque ése era nuestro código secreto. Tomé el libro y entre sus hojas encontré un disco, tenía que ser algo importante para que lo escondiera ahí, sin embargo no tenía rótulo, sólo se encontraba dentro de un pequeño sobre en blanco. Inmediatamente lo coloqué en el reproductor y prendí el televisor. -Esta película debe ser una nota que hizo para el noticiero-. Sí, en la pantalla se veía que la fecha de la filmación era de tres años atrás. -¿Qué tendrá que ver esto?- me preguntaba acomodándome en el sillón para verla. Había un grupo de personas que iban corriendo hacia un helicóptero; aparentemente eran delincuentes que habían asaltado un Banco en las afueras de una ciudad. Estaban vestidos de negro, con la cara cubierta; cargaban bolsos y varias armas. Todos parecían estar apresurados, excepto uno que arrastraba a un rehén apuntándole directamente a la sien. -Ese desgraciado, ¿a quién me recuerda?- me preguntaba mientras acercaba el foco para agrandar la imagen. -No es muy alto que digamos...-. Parecía ser el líder, era el más malvado, se divertía y gozaba con ese inocente sometido que temblaba bajo el cañón de su arma. -Ari habrá pensado que se trataba de Ed, por eso hablaba de esas supuestas “pruebas”, pero no tuvo en cuenta que camina muy parejo para ser él, definitivamente mi amigo se equivocó. Si hay algo que caracteriza al “Patriarca” es justamente su famosa cojera-. Con un poco de alivio me disponía a sacar el disco cuando, de pronto, vi que este sujeto caía al suelo. -¿Qué pasó?, ¿eso fue un disparo? Volveré hacia atrás para verla otra vez-. Efectivamente alguien le disparó y lo derribó. -La pasaré de nuevo pero en velocidad lenta-. Sí, el balazo fue a su pierna derecha, luego cayó y se tomó la rodilla… ¡la misma rodilla averiada de Ed! -¡No!, no puede ser él, tiene que haber un error, acercaré aún más la imagen- pensé; perdería definición, pero sólo necesitaba ver el color de sus ojos. Entonces el pecho se me hundió, me quedé sin aliento…era él. Sus ojos increíblemente celestes lo delataron a pesar de la máscara. Luego se veía a los otros subiéndolo al helicóptero con dificultad; finalmente escaparon.
-¡Ari tenía razón!-, esa película era la prueba y no eran necesarias más explicaciones. Ed era un delincuente y el inexplicable destino había querido esconder esa verdad, que dolía demasiado. Quería olvidar a Ed y sin embargo esto me lo recordaba, ¡y de la peor manera! -¡Ya verás, llevaré esto a un juez y terminarás entre rejas!- pensaba mientras guardaba el libro en su lugar y el disco en mi mochila.
Con el corazón moribundo caminé durante horas, sin saber a dónde ir. Los duros pensamientos fruncían mi frente que, cabizbaja parecía sumergirse en las baldosas. Mis pasos lentos e inmotivados me llevaban por inercia hacia algún lugar que la voluntad desconocía. La noche me sorprendió bordeando la costanera en ese rincón mágico que había sido testigo de tantos episodios importantes de mi vida. Había paz en la mansedumbre de aquel río sonoro que se fundía a lo lejos con el cielo. Una tenue línea se empecinaba en marcar el límite entre ambos, algo así como la frontera entre la vida y la muerte, o tal vez entre el bien y el mal. Cuando niña pensaba que si lograba llegar ahí podría tocar el cielo con mis manos, y recordar eso me provocó una triste sonrisa. -¡Ojalá pudiera poder volver a aquella época en que todo era posible, incluso soñar!-. Me quedé inmóvil, contemplando el agua, donde la luna parecía mirarme desde lo más profundo.
A unos metros de mí había una niñita arrojando piedras al río, algo que yo disfrutaba mucho en mi pasado. -¿Cómo la dejan sola a estas horas?-. No pude resistir la tentación y me acerqué a ella con cuidado para no distraerla. Cuando clavó sus ojos verdes en los míos, toda mi piel se erizó, esa niña era yo.

-¡Niña lejana! -exclamé.
-¿Qué necesitas de mí? -preguntó con curiosidad.
-Que me ayudes a recuperar algunas cosas que perdí en el camino.
-No perdiste nada.
-Si, perdí la luz del alma -le dije tristemente.
-La tienes -aseguró-, ¡yo puedo verla!
-¿Cómo que puedes verla?, ¿cómo haces para verla?
-Cierro los ojos; es así como se ve lo importante.
-Sí -reflexioné-, algo parecido leí en algún lado…
-¡Claro!, -interrumpió- en nuestro libro favorito.
-¡Cierto!, también lo había olvidado…
-No olvidaste ni perdiste nada. ¿Recuerdas el cuarzo?
-¡Sí!... pero ya no lo tengo.
-Lo tienes en tu corazón.
-¿Mi corazón?... hace tiempo que no lo siento.
-Lo sientes pero te resistes a escucharlo.

En ese momento abrí los ojos. Estaba amaneciendo y yo había pasado la noche a orillas del río. Mis músculos acalambrados se negaban a ponerme en movimiento y el sol, con toda su osadía penetraba por mis párpados que aún somnolientos intentaban resistirse, inútilmente. Las aves de la mañana empezaron a llegar con su canto para anunciarme el nuevo día que se levantaba sobre el horizonte.
Mientras procuraba recuperar la lucidez recordé el sueño con una sonrisa que se acomodó en mi rostro ya morado por el frío. Fue fantástico poder hablar con esa niña y ver el mundo como podía verlo antes. Me preguntaba dónde había dejado la sabiduría que tenía entonces y qué había pasado con mis ojos que ya no entendían como antes. Me hubiera gustado seguir hablando con ella… tal vez haberle advertido sobre algunas cosas del camino, aunque seguramente sería ella quien me enseñara cómo recorrerlo.
De a poco me fui levantando de ese suelo pedregoso que desafiaba mi equilibrio y emprendí el regreso. Abroché mi abrigo y guardé mis manos endurecidas en sus bolsillos para protegerlas del viento que ya empezaba a congelarlas. Entonces una corriente eléctrica me recorrió bruscamente de los pies a la cabeza y todo mi cuerpo comenzó a temblar sin poder evitarlo; pero no era por el frío… en mi bolsillo derecho ¡estaba el cuarzo!


Estaba dispuesta a denunciar a Ed, tenía las pruebas necesarias para hacerlo, pero no quería que me involucraran con él; sin embargo nada menos que una copia de las llaves de su casa estaba conmigo. Él me las había dado en una oportunidad diciéndome que las conservara, ya que muchas veces no coincidíamos en horarios y temía no llegar a tiempo para recibirme. Pero eso era pasado, ahora quería deshacerme de ellas cuanto antes para continuar con lo que mi amigo había empezado.
Le escribí a su hermano diciéndole que le enviaría por encomienda el juego de llaves de Ed, ya que él no me contestaba y yo no quería seguir teniéndolas en mi poder. Me respondió inmediatamente, pero mencionó que esperara hasta la semana entrante. ¡Era increíble!, por más que lo intentaba no había forma de desprenderme de ese llavero que, contra mi voluntad, seguía conmigo. Las llaves del infierno descansaban en el cajón de mi escritorio acosándome con su bronce cada vez que lo abría.
Luego recordé que había prometido hablar con Beto; tenía que avisarle del accidente fatal de nuestro amigo. -¿Por qué siempre me toca a mí dar estas noticias?- me preguntaba con furia mientras marcaba su número, ya que no me animaba a decírselo en persona.

-¡Hola Kiara!, ¿cómo estás?
-Mal, y tengo que darte una noticia aún peor…
-¿Qué pasa?
-Ariel tuvo un accidente… y murió.
-¿Cómo? -interrumpió alarmado-. ¡No!, ¡no puede ser!
-Es así. Discúlpame por no haberte avisado antes.
-¿Seguro fue un accidente? -volvió a interrumpir.
-Sí, ¿por qué?
-… No, no me hagas caso. ¿Puedes conseguir la llave de su casa?
-Sí, la tengo. ¿Por qué?
-Tendría que ir por un material que estábamos preparando.

Entonces me puse a pensar… -Claro, ¿cómo no se me había ocurrido? Él había hecho el disco. Igualmente simularé que no sé. Beto no conoce a Ed, por lo tanto no podrá hacer nada en su contra aunque tenga una copia en su poder. ¿Entonces, por qué quiere ir a buscar el disco?; no lo sé, pero tampoco importa demasiado, debo asegurarme de que no pueda hacer nada, porque yo misma voy a destruir a Ed sin involucrar a nadie más. Ése será el peor castigo para él, que sea yo quien lo delate y lo encierre. Me haré la desentendida y dejaré las cosas así. Beto no sospechará nada.

-¿Hola, Kiara?, ¿se cortó?
-No, es que… acabo de acordarme, devolví las llaves.
-Bien, olvídalo, mejor dejemos esto así.
-Como quieras.

Sin dudas había sido él quien hizo el disco; entiende mucho de eso, aunque la película estaba fechada dos años atrás… -¿Habría filmadoras de disco en ese momento?, supongo que no-. Tenía que haber una cinta original, ¿pero, dónde estaba?
De pronto algo me preocupó: a mí no me cabían dudas de que era Ed el de la filmación; lamentablemente estaba muy segura de eso, pero ¿cómo podría probarlo? En ningún momento se le veía el rostro y no había conexión con él. -¿Cómo pensaría denunciarlo Ari? Tal vez no podía hacerlo y sólo pretendía que yo me diera cuenta-. Sí, él me había insistido mucho con eso de las “pruebas”, seguramente probármelo a mí era lo que buscaba. Me arrepentía por no haberlo escuchado. Las cosas no hubieran sido tan duras si hubiera tenido en cuenta su consejo. -¿Por qué aprendemos cuando ya no podemos mejorar nada?, ¿será cierto eso de que “no se tropieza dos veces con la misma piedra”?; yo creo que nunca se presenta la misma piedra en el camino y que la experiencia llega cuando ya no es necesaria-. Algunos dicen que los humanos tenemos la mala costumbre de echarle la culpa a Dios, -pero ¿acaso Él no lo ve todo? Si es así ¿por qué no nos evita del dolor cuando va a ser tan profundo?, ¿pensará que así nos acercaremos más a Él? No, es la manera más segura de alejarnos- pensaba con impotencia mientras oía a lo lejos al molesto y siempre inoportuno teléfono que había empezado a sonar.

-Hola Kiara, habla Aylen.
-Hola.
-No puedo creer lo que pasó; pero dejemos eso para después, hay algo urgente que mostrarte. ¡Tienes que venir a casa cuanto antes!
-¿Qué pasa? -pregunté con fastidio-, no estoy para intrigas.
-No puedo decírtelo por teléfono…
Yo no tenía ningún ánimo de seguir hablando con ella y mucho menos de ir a verla. Bastante sacrificio había sido contestar la llamada y mantener un mínimo diálogo, por educación. No iría a verla, ¡no podría convencerme!, nada en el mundo me haría cambiar de opinión esa tarde.
-Iré mañana -dije, dispuesta a cortar.
-¡Debes hacerlo ahora! -interrumpió gritando.
-No puedo...
-¡No entendiste!, se trata de un mensaje que Ariel dejó en mi contestador y que yo recién puedo escuchar, ya que regresé hoy.
-¡Qué! -grité y me puse de pie-. ¡Ya mismo salgo para allá!

Sí, había algo que podía hacerme cambiar de idea en ese momento: un mensaje de mi amigo. ¡No me lo hubiera imaginado nunca!; pero ahora entendía esa llamada de Ari de casi una hora a la casa de ella. Le habría dejado un mensaje donde seguramente le explicaba lo de la película. El círculo estaba por cerrarse y sólo me faltaba esta pieza.
-Será un poco difícil volver a escuchar su voz- pero no había tiempo que perder y no me detuve a pensar si estaba preparada para eso, tomé mis cosas y salí sin más vueltas.
Nuevamente iba “carreteando” por aquella autopista que apenas era rozada por las ruedas de mi auto, y la aguja del velocímetro comenzaba a subir lentamente sin que me preocupara; mi mente estaba en otra cosa. -Sí, seguramente en el mensaje explica lo de la película… pero, ¿por qué no esperó al otro día para decírmelo personalmente? Ya no sé qué pensar, todo esto me confunde cada vez más, será mejor que me concentre en el camino, después de todo falta poco para saber la verdad-, aunque, en realidad ya no había mucho más para descubrir, de lo peor ya me había enterado. -¡Bueno, basta!, ¡pon atención al camino!- me decía mientras me enojaba con el acelerador que se empecinaba en no hacerle caso a mi pie.

-¡Por fin! -exclamó al abrir la puerta-, tienes que escuchar esto.
-Igualmente creo entender de qué se trata.
-¿Qué?, ¿a qué te refieres? -dijo confundida, frunciendo la frente.
-A lo que él te explica.
-¡No me explica nada! -enfatizó con la cabeza.
-¿Cómo?

¿Qué me estaba diciendo? No había tiempo que perder ni motivos para seguir discutiendo, sin más detalles me acerqué al contestador y puse a reproducir la cinta.
El mensaje se escuchaba mal, como si el celular estuviera alejado, ¿tal vez detrás del sofá? Tuve que repetirla unas cuantas veces y poner mucha atención para entender lo que hablaban esas personas. Eran varios, entre ellos dos que no podía desconocer por sus voces: Ariel y Ed.

-… será un instante -ordenó Ed.
-¡Te repito que no! -contestó Ariel.
-Si no abres ¡Kiara lo pagará caro!
-No le harías daño.
-¿Quieres probarme? -dijo con ironía.
- Está bien -contestó, luego de unos segundos-, te abriré.
Entonces, se escucharon ruidos de lucha, agresiones, cosas que caían y golpeaban… muchos gritos, pero uno de ellos fue terrible…
-¡Ay, maldito endemoniado! -gritó Ed-. ¡Agárrenlo!, y tú, Indio, tráeme algo para vendarme -ordenó.
-¡Suéltenme! -exclamó Ariel.
-¡Rapiña ven, estoy sangrando! -volvió a decir Ed-, ¡rápido imbécil!
-Tendrá que ir a un hospital, jefe -se escucha decir a otra persona.
-¡Ya verás maldito Santo! -sentenció Ed.
-Baja “eso”… -¡era la voz de Ari!
-¡Basta! -interrumpió-, ¡dime donde está la cinta!
-¿Qué cinta? -preguntó Ariel.
-¡No te hagas el idiota o lo pagará Kiara! -contestó Ed, enfurecido.
-… En mi habitación, debajo de la cama -contestó resignado.
-¡Búscalo, Sarna!, luego los tres me esperarán abajo, tengo que hablar él.
-Bien, jefe -dijeron mientras salían.
-Ahora estamos solos. ¡Arrodíllate y pídeme piedad, pídeme que te deje vivir!
-¡Nunca! -gritó Ariel.
-¡Entonces te mataré! -lo amenazó.
-Prefiero pudrirme en el infierno.
-¡Basta! -interrumpió gritando-, ya escuché demasiado. Llamaré a los muchachos para limpiar todo e irnos, ¡y tú nos acompañarás!
-Haz lo que quieras conmigo. Algún día te arrepentirás.
-¡El Patriarca nunca se arrepiente, imbécil! -concluyó riendo a carcajadas.

Luego se oyó un ruido tremendo; era la puerta blindada que, con su peso, al cerrarse violentamente hizo retumbar la pared. Después de eso no se escuchó nada más, excepto la música que seguía sonando, hasta que después de algunos ruidos de interferencia la grabación terminó.
Verdaderamente siempre se puede estar peor; yo esperaba cualquier cosa menos esto. Ya sabía que Ed era un delincuente pero nunca hubiera imaginado que era un asesino, ¡el asesino de mi hermano! Levanté mi pulgar derecho y besé la cicatriz, la marca viviente de mi alianza con Ariel… -Te declaro la guerra, desde hoy seré tu peor enemiga, y te aseguro que desearías cualquier cosa antes que eso.
Cerré los ojos para rehacer la escena, imaginé la situación. Ed lo había sorprendido esa noche, cuando se preparaba para ordenar la cocina y darse su baño. Con la excusa de conversar intentó que le abriera la puerta voluntariamente. Mi amigo era una persona muy hábil e inteligente, no creería en las palabras de Ed aunque éste se lo jurara por la propia madre; abrió la puerta porque lo amenazó con lastimarme a mí, pero antes de hacerlo marcó, desde su celular, el último número al que había llamado antes: el de Aylen. Debió hacer eso porque es lo más sencillo, sólo hay que apretar la tecla de llamado dos veces y lo marca automáticamente. Luego arrojó el teléfono detrás del sofá para que grabase todo lo que sucediera, ya que sabía que en la casa de ella estaría el contestador. Supongo que al ver que eran varios intentó defenderse cerrando violentamente puerta; por eso Ed grita, dice estar herido y pide algo para vendarse, pero no puede hacerlo solo. Sin embargo sostiene algo, ¿tal vez un arma?, obviamente con su mano hábil (la derecha), por lo que supongo que le lastimó la izquierda, justamente la que tenía con el yeso cuando fui a San Carlos. Esto coincide con que esa puerta, mirándola desde el interior de la casa, tiene las bisagras del lado izquierdo.
Le da el dato de que el casette está bajo su cama y es cierto; pero es la cinta original, ésa que yo me preguntaba si existía, la nueva estaba en el disco del cual nunca supieron.
Antes de irse limpiaron la sangre para no dejar rastros. El celular siguió funcionando hasta que se terminó la batería, porque ese contestador es de los que no tienen un tiempo límite sino que sigue grabando hasta que se termina la conversación; esa era la interferencia que se oía al final. El golpe de la puerta se escuchó bien porque el teléfono estaba al lado, y quedó sin llave tal cual la encontré.
Seguramente lo llevaron y lo golpearon hasta cansarse… casualmente los hematomas más severos los tenía en la zona de su riñón. Ed sabía perfectamente de qué lado lo habían operado, es decir que lo hizo con toda intención de matarlo; porque si no lo hacía mi amigo hablaría, a él no le importaban las amenazas y Ed lo sabía bien. La única manera de callarlo era cerrando su boca para siempre. Por eso después lo abandonaron en las afueras de la ciudad, con la idea de que no pudieran encontrarlo a tiempo. Tenía que matarlo de esa manera para simular un verdadero ataque, de lo contrario, hubieran realizado investigaciones, y tal vez llegaran hasta él.
Esos eran los “amigos” que Ed me comentó que vería aquella tarde cuando me sorprendió con su visita y me alarmó con su mirada. Ahora comprendo ese secreto de sus ojos… sin saberlo me estaban diciendo que haría algo terrible. Era mentira que había venido porque estaba preocupado por mí, lo había hecho con toda la intención de deshacerse de Ariel.
-¡Claro!, por eso siempre guardaba su arma debajo de la almohada- pensé. Aún recuerdo cómo discutimos ese día, cuando lo descubrí; me había hecho creer que la dejaba ahí para estar protegido debido a su trabajo arriesgado. Era mentira, ¡la tenía siempre a mano porque era la única manera de sentirse seguro! Un tipo como ese no puede tener la conciencia tranquila; en cualquier momento, alguien más astuto que él, lo puede hacer pagar. -Ahora sé por qué Antares y Orión no pueden compartir el cielo- pensé. Ed y yo estábamos en extremos opuestos del universo, y recién en ese momento comprendía.
-Estoy empezando a conocerte, maldito Ed- pensaba, mientras intentaba restarle importancia al episodio delante de Aylen. -Me quedaré con esta cinta para hacerla analizar- le dije, guardándola en mi bolso, -pero no tiene nada que ver con el accidente; lo sé porque él me había comentado de esto días atrás, no fue más que un susto, te lo aseguro-. Tenía que conseguir que ella se olvidara de esto, o al menos que no se diera cuenta de que era la evidencia del asesinato. -Además, estas personas ya están en prisión; quisieron asustarlo pero él les ganó de mano. Ya no son peligrosos, igualmente si son sus voces la presentaré al juez que entiende en la causa, como una prueba más para que les aumenten la condena.
Salí de allí habiéndola convencido lo suficiente como para que no interfiriera en mis planes; por suerte a Beto también había logrado evadirlo. Ahora estaba yo sola para hacer justicia. Aún no sabía bien qué haría, me tomaría mi tiempo para pensarlo, pero sin dudas Ed lo pagaría muy caro.
Fui nuevamente hacia la casa de la calle Allende, con el único fin de buscar algunas cosas que me servirían luego, las tomé una a una con mucho cuidado y teniendo la precaución de usar guantes para no marcarlas con mis huellas. Luego las guardé en una caja plástica y hermética. Le despaché por encomienda las llaves al hermano de Ed y me contestó que las había recibido sin problemas; nadie jamás supo que antes de enviarlas había hecho una nueva copia.
-Me apena saber que ignoras la insignificancia de tu bravura comparada con la mía, de la que no es más que una partícula aislada en el torrente de mi furia incontenible-. En verdad no sabía con quién se había metido, ¡no tenía la menor idea!, seguramente pensó que todo le había salido bien. -¿Creíste que todo iba a quedar así?... cuando esta onda expansiva te alcance, no podrás hacer nada.






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