Al mes siguiente Kiara debía viajar para encontrarse con Ed, lo habían planeado con bastante anticipación, era el primer aniversario y querían revivirlo juntos. Él se había organizado en el trabajo como para poder dedicarle todo el tiempo a ella y había armado un itinerario muy apasionante para su homenajeada.
Pero algo sucedió al acercarse esa fecha. Ariel le avisó que finalmente habían encontrado un riñón para él y que lo operarían a la brevedad; era el momento que había estado esperando durante toda su vida, y estaba a punto de lograrlo. Su voz en el teléfono era ansiosa y eufórica a la vez, hablaba rápido y apenas se le entendía. Estaba feliz, ¡nunca antes había estado tan feliz! -¡Ya mismo voy para allá!- le dijo Kiara antes de colgar. Quería que se lo contara en persona, quería ver sus ojos brillando de alegría. Corrió hasta su casa y tocó el timbre, y volvió a tocar; golpeó la puerta… y volvió a golpear… ¡No abría! Parecía una eternidad y apenas habían pasado unos segundos, de pronto la puerta se abrió y detrás de ella su amigo emocionado extendió sus brazos y la abrazó, llorando y riendo, fuerte, muy fuerte, hasta que ambos corazones sintieron el latir del otro. Las palabras sobraban, o mejor dicho, no alcanzaban. Entonces lo miró entre lágrimas y suspiros, y lo despeinó jugueteando un poco con su mechón. -¡Al final lo conseguiste, eh!- dijo. Él levantó sus brazos mirando al cielo, y no dijo nada, no hacía falta.
Esa tarde Ariel había sentido la felicidad completa, esa de saber que aún tenía una oportunidad, una chance que todos daban por perdida. Estaba ahí, con sus manos temblando de emoción y su mirada irradiando dicha, como un niño con un juguete nuevo, sin saber cómo contener tanta ventura. Enternecía verlo así después de toda su espera, después de tantas desilusiones; y a la vez enorgullecía su actitud de agradecimiento por aquello que merecía, por aquella victoria que tomó con humildad, con esa sencillez que sólo tienen los “grandes”. -Sólo falta algo para que este día sea perfecto-. Tomó las llaves del auto, ella entendió perfectamente. Apagaron los celulares y se marcharon rumbo al río.
Estacionaron el coche y bajaron hasta la orilla. Se sentaron allí y dejaron que sus ojos se llenaran de toda esa paz, de toda esa inmensidad. Las gaviotas amigas fueron a recibirlos como siempre, haciendo coro con el compás del agua que no dejaba de sonar mientras bañaba sus pies desnudos. No era de día ni de noche; era ese momento en el cual ambos se encuentran y se confunden, ese momento en que las sombras no son tan oscuras ni las luces tan brillantes; ese instante hechicero que al tomar conciencia de él, ya se ha ido… algo que también suele hacer la felicidad.
Miraban la tenue línea del horizonte mientras compartían una vez más sus sueños imaginándose en ese mismo lugar, muchos años después. Ahora era posible, tenía la oportunidad de vencer su enfermedad. -Tus hijos jugarán con los míos aquí mismo y pactarán su amistad como nosotros lo hicimos- dijo con una esperanza que nadie le podía quitar, con una certeza que nunca había tenido. -Les enseñaré lo que el río le cuenta a la noche, y tendrán esa sabiduría que pocos entienden porque me encargaré de enseñarles qué cosas tienen valor- y seguro que lo haría.
Hicieron un gran silencio, de los que no están vacíos, que hay que saber escuchar. Luego la tomó de la mano y volvieron a rozar los pulgares para afianzar aquella promesa de lealtad nacida ahí mismo, y siempre vigente.
De a poco comenzaron a aparecer las estrellas, como luciérnagas anunciando la noche. Les daba pena saber que ese día tan especial estaba por terminar, hubieran querido que durara para siempre. Entonces Kiara pensó que la eternidad tenía que ser así, tan maravillosa como ese momento. Sí, llegó a creer que se parecería mucho a eso y que habían tenido una parte de ella aquel día. -Tal vez se la robamos a Dios en un descuido, aunque sospecho que simuló estar distraído para que pudiéramos tomarla- pensó. Todo había sido perfecto y ella no quería arruinarlo, fue por eso que decidió esperar hasta el día siguiente para llamar a Ed.
Fue a la casa y se durmió pensando en esta nueva puerta que se abría para su amigo, esta posibilidad que las manos de Ariel ya estaban palpando. Ninguna fuerza del mundo la separaría de él, nada ni nadie en la Tierra podrían evitar que estuviese a su lado. Sí, se durmió pensando en eso porque sabía a qué se enfrentaría al día siguiente.
A la mañana, sus ojos se abrieron provocados por el sol que, con atrevimiento, se filtró por la persiana. No quería llamar a Ed, ¡pero tenía que hacerlo!; debía avisarle que postergaría el viaje. Sabía muy bien que él no iba a disimular su disgusto; estaba nerviosa pero ya no le quedaban excusas para demorarse. ¡Sería peor si dejaba pasar más tiempo! En fin, fue hasta el teléfono y marcó el número, deseando no poder comunicarse. -Lo dejaré sonar tres veces y colgaré… bueno, cuatro, ¡pero luego colgaré!- pensaba mientras el aparato localizaba la llamada; una, dos, tres, cuatro… -Hola- contestó Ed del otro lado, y ella se atragantó. -Tendría que haber cortado en la número tres- pensó.
Pero algo sucedió al acercarse esa fecha. Ariel le avisó que finalmente habían encontrado un riñón para él y que lo operarían a la brevedad; era el momento que había estado esperando durante toda su vida, y estaba a punto de lograrlo. Su voz en el teléfono era ansiosa y eufórica a la vez, hablaba rápido y apenas se le entendía. Estaba feliz, ¡nunca antes había estado tan feliz! -¡Ya mismo voy para allá!- le dijo Kiara antes de colgar. Quería que se lo contara en persona, quería ver sus ojos brillando de alegría. Corrió hasta su casa y tocó el timbre, y volvió a tocar; golpeó la puerta… y volvió a golpear… ¡No abría! Parecía una eternidad y apenas habían pasado unos segundos, de pronto la puerta se abrió y detrás de ella su amigo emocionado extendió sus brazos y la abrazó, llorando y riendo, fuerte, muy fuerte, hasta que ambos corazones sintieron el latir del otro. Las palabras sobraban, o mejor dicho, no alcanzaban. Entonces lo miró entre lágrimas y suspiros, y lo despeinó jugueteando un poco con su mechón. -¡Al final lo conseguiste, eh!- dijo. Él levantó sus brazos mirando al cielo, y no dijo nada, no hacía falta.
Esa tarde Ariel había sentido la felicidad completa, esa de saber que aún tenía una oportunidad, una chance que todos daban por perdida. Estaba ahí, con sus manos temblando de emoción y su mirada irradiando dicha, como un niño con un juguete nuevo, sin saber cómo contener tanta ventura. Enternecía verlo así después de toda su espera, después de tantas desilusiones; y a la vez enorgullecía su actitud de agradecimiento por aquello que merecía, por aquella victoria que tomó con humildad, con esa sencillez que sólo tienen los “grandes”. -Sólo falta algo para que este día sea perfecto-. Tomó las llaves del auto, ella entendió perfectamente. Apagaron los celulares y se marcharon rumbo al río.
Estacionaron el coche y bajaron hasta la orilla. Se sentaron allí y dejaron que sus ojos se llenaran de toda esa paz, de toda esa inmensidad. Las gaviotas amigas fueron a recibirlos como siempre, haciendo coro con el compás del agua que no dejaba de sonar mientras bañaba sus pies desnudos. No era de día ni de noche; era ese momento en el cual ambos se encuentran y se confunden, ese momento en que las sombras no son tan oscuras ni las luces tan brillantes; ese instante hechicero que al tomar conciencia de él, ya se ha ido… algo que también suele hacer la felicidad.
Miraban la tenue línea del horizonte mientras compartían una vez más sus sueños imaginándose en ese mismo lugar, muchos años después. Ahora era posible, tenía la oportunidad de vencer su enfermedad. -Tus hijos jugarán con los míos aquí mismo y pactarán su amistad como nosotros lo hicimos- dijo con una esperanza que nadie le podía quitar, con una certeza que nunca había tenido. -Les enseñaré lo que el río le cuenta a la noche, y tendrán esa sabiduría que pocos entienden porque me encargaré de enseñarles qué cosas tienen valor- y seguro que lo haría.
Hicieron un gran silencio, de los que no están vacíos, que hay que saber escuchar. Luego la tomó de la mano y volvieron a rozar los pulgares para afianzar aquella promesa de lealtad nacida ahí mismo, y siempre vigente.
De a poco comenzaron a aparecer las estrellas, como luciérnagas anunciando la noche. Les daba pena saber que ese día tan especial estaba por terminar, hubieran querido que durara para siempre. Entonces Kiara pensó que la eternidad tenía que ser así, tan maravillosa como ese momento. Sí, llegó a creer que se parecería mucho a eso y que habían tenido una parte de ella aquel día. -Tal vez se la robamos a Dios en un descuido, aunque sospecho que simuló estar distraído para que pudiéramos tomarla- pensó. Todo había sido perfecto y ella no quería arruinarlo, fue por eso que decidió esperar hasta el día siguiente para llamar a Ed.
Fue a la casa y se durmió pensando en esta nueva puerta que se abría para su amigo, esta posibilidad que las manos de Ariel ya estaban palpando. Ninguna fuerza del mundo la separaría de él, nada ni nadie en la Tierra podrían evitar que estuviese a su lado. Sí, se durmió pensando en eso porque sabía a qué se enfrentaría al día siguiente.
A la mañana, sus ojos se abrieron provocados por el sol que, con atrevimiento, se filtró por la persiana. No quería llamar a Ed, ¡pero tenía que hacerlo!; debía avisarle que postergaría el viaje. Sabía muy bien que él no iba a disimular su disgusto; estaba nerviosa pero ya no le quedaban excusas para demorarse. ¡Sería peor si dejaba pasar más tiempo! En fin, fue hasta el teléfono y marcó el número, deseando no poder comunicarse. -Lo dejaré sonar tres veces y colgaré… bueno, cuatro, ¡pero luego colgaré!- pensaba mientras el aparato localizaba la llamada; una, dos, tres, cuatro… -Hola- contestó Ed del otro lado, y ella se atragantó. -Tendría que haber cortado en la número tres- pensó.
-Hola Ed.
-¡Hola!, ¡ya estoy deseando que llegues!
-Perdóname pero no viajaré.
-¡Qué!
-Operarán a Ari pasado mañana y quiero estar con él.
-¡No puedo creerlo! -interrumpió-, ¡ese tipo otra vez!
-Entiende, no puedo dejarlo ahora.
-Podrías, si quisieras…
-¡Claro que no quiero!
-¡Demonios, siempre me abandonas por él!
-No, simplemente te digo que postergaré el viaje; nada más.
-¡De ninguna manera! ¡Vendrás!
Kiara respiró hondo, como solía hacer cuando quería evitar la explosión, pero eso era muy peligroso, era casi el sinónimo de una catástrofe. ¿Él pretendía obligarla?, ¡pobre infeliz, no sabía qué hacía!, hubiera sido mejor que derramara combustible y luego encendiera un fósforo.
-Me parece que no escuchaste bien ¡No iré! -repitió Kiara.
-¡No se habla más!, mañana estaré en la terminal de ómnibus, esperándote, ¡y es mejor que vengas!
Esa insolencia acabó con la escasa paciencia de Kiara en aquel momento, por lo cual, luego de endurecer la voz peligrosamente y repetirle su decisión, cortó la comunicación en forma repentina y lo dejó hablando solo. Ya no le importaba lo que dijera, no le preocupaba que se ofendiera. Ed había violado un código intocable. Ese día cometió la terrible insensatez de presionarla, el disparate de intentar obligarla a abandonar a su amigo. Sin dudas no tenía ni idea de lo que había hecho. ¡Pobre Ed!, quiso retenerla por la fuerza y provocó que ella se alejara con furia.
Al colgar el teléfono ella se quedó en silencio, necesitaba que la claridad de la razón dominara sus pasiones desenfrenadas. Apeló al sentido común y haciendo un ovillo con todas las necedades de Ed las arrojó en el hueco del olvido para creer que nunca existieron. Apenas logró justificarlo con algunas excusas incrédulas y decidió no volver a hablarle hasta serenarse por completo. Tenía que estar comprometida de lleno con la operación de su amigo y era necesario evadir cualquier interferencia que pusiera en peligro su concentración. -Recuerda Kiara, nada en la Tierra podrá evitar que estés a su lado- se repetía para desviar esas interrupciones inoportunas que aparecían en su mente.
Ed quedó confundido cuando ella le cortó; por un lado sentía miedo, y por el otro, tenía un enojo incontrolable. No sabía bien qué hacer, si llamarla y arreglar las cosas cuanto antes; o esperar a que todo pase y dialogar tranquilamente. Nunca le habían hecho algo así, ¡a él nadie lo dejaba con la palabra en la boca! Pero ella sí, porque era capaz de cualquier cosa y Ed admiraba eso. Adoraba sus blancos y negros, porque Kiara no conocía los grises y nunca hacía las cosas a medias. Era absolutamente indomable. Esa conducta merecía respeto, pero… ¿Ed respetando a alguien? Sí, a Kiara, sólo a ella. Pero no le convenía que lo supiera. ¡Eso nunca! Antes de decírselo se cortaría la lengua; reconocerlo sería una debilidad que no podía permitirse.
Fue hasta la habitación, se sentó en la cama y prendió un cigarrillo. -Tal vez en estos momentos esté arrepentida; sí, ella vendrá mañana por la noche, lo sé- repetía con los ojos cerrados. Se quedó así unos minutos, algo le decía que no iría, que la esperaría en vano. -Mañana estaré ahí, firme como un soldado. Sí, ella vendrá, ¡tiene que venir!- pensó.
Al otro día, por la tarde, después de volver de la joyería con un obsequio especial, preparó una cena para recibirla; los detalles serían importantísimos en caso de que ella aún estuviera enfadada. Había sacado la vajilla más fina y el mejor mantel, pondría una delicada música y unas velas incitantes sobre la mesa. Un Malbec añejo que había reservado por mucho tiempo sería el toque final para esa noche de magia. Todo estaba listo, era el momento de prepararse y escoger su mejor traje, quería estar muy elegante. Tras el baño de inmersión se tomó su tiempo para emparejarse la barba y arreglarse el cabello que se había recortado por la mañana. -La camisa de seda quedaría bien con esa corbata- pensaba mientras lustraba sus zapatos de cuero… -¡Si!, definitivamente me pondré la corbata roja- concluyó asintiendo con la cabeza. Mientras se vestía abrió la ventana, era una noche espléndida, la luna llena iluminaba todo y sólo se veían algunas estrellas. -¡Orión, amigo, aquí estás!, y tú, Antares, ¿dónde rayos te has metido?, ¿ella también te estará buscando?- pensó con una sonrisa que le recordaba viejos momentos. Terminó de anudar su corbata y bajó la persiana, se colocó el perfume francés y acomodó su cuello para que no quedaran arrugas. Se miró una y otra vez frente al espejo, hasta que por fin quedó conforme. Tomó las llaves del auto y la rosa que había comprado horas atrás y se dirigió a la terminal de ómnibus.
Dejó el auto lo más cerca posible de la entrada para que ella no tuviera que caminar demasiado, ¡eso no sería muy cortés! Tomó la flor en su mano derecha y guardó el obsequio en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Finalmente entró y lo hizo con rapidez para asegurarse de que llegaría antes que ella. Se quedó de pie para no desaliñarse la ropa y se ubicó justo delante del ventanal. Miraba con demasiada frecuencia su reloj de oro, se estaba haciendo tarde y no la veía por ningún lado. Según la cartelera, el micro ya había llegado. -¡Maldición, tiene que venir!- empezó a repetir indignado mientras caminaba de un lado a otro. -¡Por favor, ven!- suplicaba cerrando los ojos. Las horas pasaban y la noche se fue haciendo muy oscura, casi tanto como su esperanza. Ya se estaba enfureciendo, pero su tristeza era mayor que el enojo, y llegaba a ser tan profunda como su silencio. Se aflojó el nudo de la corbata y miró el reloj nuevamente. -¡No puede hacerme esto!-, pero se lo había hecho, ya era demasiado tarde y no vendría. Orión se ocultaba y ya era hora de irse, pero Ed no se fue… se quedó solo en esa estación mirando por el ventanal, de pie, con una rosa en la mano.
Esa noche pensé en él. -En poco tiempo tendríamos que estar encontrándonos, ¿habrá ido a buscarme?-. Abrí la ventana, era una noche extraordinaria. Sólo se escuchaban algunos grillos y las hojas de los árboles cantándole a la brisa. -Orión, ¿él también te estará observando? Y tú, Antares, ¿por qué desapareces cuando lo ves llegar?- pensé con una nostalgia que me acercaba otros tiempos. La luna gigantesca parecía saludarme desde lejos y el aire estaba tan puro que me provocaba paz al respirarlo.
Me quedé así por un tiempo, pensando en distancias y en lejanías… -En realidad, siempre me siento abandonada; Ed nunca está cuando lo necesito, pero exige mi presencia cuando se le antoja-. Él siempre había sido egoísta conmigo y yo ya me estaba cansando de perdonarlo. Ese amor me agotaba, me pesaba mucho. -¡Es un infantil!-. Sí, tenía mucho de eso, era inmaduro e impulsivo. Él vivía en el aire y yo era demasiado sensata como para sentirme segura a su lado. Desde cualquier punto donde se mirara, él siempre había estado muy distante. -¿Por qué me empeño en salvar este amor?, ¿cuándo aprenderé que el amor no es eterno?- pensaba mientras admiraba aquellas constelaciones que tanto significaban. Yo era una luchadora y jamás bajaba los brazos, siempre prefería perder peleando en vez de huir. Nunca me escapaba, siempre ponía la cara y el corazón. -Moriré en la batalla si es necesario- murmuraba al tiempo que me preguntaba si valía la pena. De pronto el cazador celestial comenzó a desaparecer tras el horizonte, ya era tarde para seguir despierta.
Era la noche anterior a la cirugía de Ari y no podía pegar un ojo, parecía que mi mente se negaba al descanso a fin de permanecer alerta ante cualquier imprevisto. El insomnio me acercaba ideas desagradables a las que debía desechar de forma inmediata. Tenía miedo de que algo saliera mal y estaba muy ansiosa por comprobar que sería al revés. ¡Podría haber complicaciones!, ¡pero no con él!; todo tenía que resultar perfecto, debía estar preparada, ser fuerte para sostenerlo si fracasaba; pero ¿de dónde sacaría esa fuerza? Realmente no conseguía dormir, estaba mucho más que preocupada, estaba afligida, intranquila… ¡no podía olvidar mis conocimientos médicos! y tampoco podía dejar de lado mis sentimientos. -¡Sólo Dios sabe lo difícil que es esto para mí!- el conocimiento duele, y a mí me estaba doliendo demasiado; hubiera elegido no saber, hubiera preferido la ignorancia. Mi mente, fría y calculadora formulaba su hipótesis, y mi corazón enardecido le suplicaba silencio. Mi cerebro pensaba en las posibilidades, y mi alma lloraba por cada rincón. Necesitaba serenidad, pero aquella noche se había transformado en una utopía y el ansiado descanso ya era mucho más que una quimera.
A la mañana siguiente no le di tiempo al amanecer, me vestí con lo primero que encontré luego de una ducha muy breve y salí hacia el sanatorio dominada por la impaciencia. El auto “carreteaba” por la autopista, a tal punto que llegué a sospechar que si sacaba el brazo por la ventanilla lo haría levantar vuelo. Faltaba poco para que el acelerador quedara enterrado en el en el piso, si me hubiera demorado un segundo más, lo hubieran encontrado tirado en la ruta luego de perforar el coche. Llegué al sanatorio, clavé los frenos en la playa de estacionamiento, y al auto quedó ahí… ni siquiera recuerdo si lo cerré con llave.
En el quirófano estuve con él hasta que se durmió, intentando infundirle una tranquilidad que yo no tenía, pero simulaba. Ni bien empezaron a operar, escapé. No podía tolerar las alarmas de los monitores ni el inquietante “bip” que marcaba las variaciones de su ritmo cardíaco. Salí al pasillo y me quedé ahí durante horas. Ese corredor fue el único testigo de mi ansiedad desbocada, de mi ir y venir de un lado a otro, con pasos sin destino. Pienso que fueron varios kilómetros de ida y vuelta, de preguntas sin respuestas. Afortunadamente era un área restringida en la cual los familiares no podían ingresar, lo que me mantuvo a salvo de preguntas que no estaba dispuesta a responder. Estábamos nuevamente a solas mis conocimientos y yo, en una lucha sin cuartel entre lo racional y lo emotivo, en un duelo a muerte entre lo que deseaba y lo que sabía. Me era imposible enfriar la sangre y pensar, el corazón me latía tan fuerte que todos los sentimientos afloraban sin permiso por mi mirada inquieta. Sí, mis ojos vagaban de un lado a otro sin poder descansar en ninguno, miraban sin ver, como para abstraerse y evadir el alerta. Mi atención escurridiza simulaba distraerse en alguna ventana, pero puedo jurar que no tenía ni idea de lo que se veía a través de esos vidrios; podía ser un paisaje paradisíaco o un paredón, nunca lo supe.
Las agujas del reloj conspiraban contra mi paciencia, cada vez que las miraba estaban en el mismo lugar; parecía que estaban dibujadas. En cada uno de sus tic-tac cabían cuatro latidos míos; o ellas iban muy despacio, o yo iba demasiado rápido; lo cierto es que al llevarles tanta ventaja, yo estaba perdiendo. ¿Por qué el tiempo sobra cuando debería apresurarse?, ¿por qué falta cuando quisiéramos que sea eterno?... quién sabe… lo único que sabía era que tanto el de la pared, como el de mi muñeca se habían puesto de acuerdo para impacientarme.
Mis manos se frotaban una y otra vez para mantenerse ocupadas y de esa manera no tomar el picaporte de la sala quirúrgica, que siempre estuvo a mi alcance, como una tentación. Principios filosóficos o cuestiones teológicas, todo era útil para entretener a mi mente por un rato, cualquier excusa era buena para que omitiera el tema que tanto le preocupaba. El paquete de cigarrillos recién empezado se me terminaba y yo no podía entender cómo… y los vasitos de plástico ya estaban formando una torre al lado de la máquina de café. Mi estómago comenzó a quejarse, las articulaciones me crujían y mis músculos ya no encontraban una postura adecuada. Era un tormento… un tormento interminable.
De pronto se abrió la puerta del quirófano y el corazón me sacudió para que reaccionara; tenía tanta prisa que no me daban las piernas para llegar a interceptar al cirujano. Las palabras, apresuradas por salir todas juntas, se me trababan entre los dientes provocando un tartamudeo totalmente incomprensible. El médico me tomó del hombro y con la mirada serena me dijo: -Todo salió bien-. Recién en ese momento pude ser yo misma, recién entonces mi alma, que se había escapado hacía rato, volvía a mi cuerpo exhausto.
Me tomé unos minutos, respiré un poco y entré; quería estar presente cuando abriera los ojos. Me miró confundido por su reciente despertar, pero al ver mi sonrisa supo que todo estaría bien. Lo besé en la frente y guiñándole el ojo levanté el pulgar como símbolo de nuestra conquista… habíamos ganado una batalla y había que seguir de pie para ganar la guerra que se avecinaba; pero ya nada nos detendría, ahora éramos invencibles.
Habían pasado algunas semanas y afortunadamente Ariel se recuperaba bien; su cuerpo respondía adecuadamente al órgano nuevo y al agresivo tratamiento que implicaba.
A los pocos días quiso volver a la redacción, dijo que tenía un trabajo pendiente que no podía esperar, y a pesar de que su jefe intentó convencerlo para que cumpliera su licencia, no hubo forma de evitar que regresara. Era muy responsable; y en su trabajo era el mejor; tenía el conocimiento y el don, la honestidad y la valentía, en fin; tenía todo lo necesario para llegar a ser un exitoso periodista.
Yo iba a visitarlo cada día. Una tarde, al salir de casa, me encontré con Ed. Estaba en la puerta de calle, con una rosa en la mano. -Mi reina- dijo haciendo una reverencia que siempre me hacía sonreír, -este siervo la ha seguido hasta aquí, para ver sus ojos- agregó como solía hacer cada vez que nos encontrábamos.
-Gracias -dije tomando la rosa-, siempre recuerdas eso.
-Nunca podría olvidarlo -contestó con ternura-. Mira… he venido por un asunto de trabajo que tengo cerca. Quería aprovechar para disculparme.
-¿Intentarás llevarte mejor con Ariel?
-No sé -desvió la mirada a un costado-, pero lo ignoraré.
-Bueno, tengo irme… ¿nos vemos más tarde?
-No; regreso esta noche. ¡Te acompañaré!
-Mejor no, voy a su casa…
-Quiero hacerlo, ¡déjame acompañarte!
-No sé…
La idea no me convencía; estaba segura de que era mejor que no viniera, Ariel se pondría furioso al verlo ¡y con razón! En fin, esa rivalidad algún día tendría que terminar. Subimos al auto en silencio, y nos dirigimos hacia la casa del Santo.
Abrió la puerta y su cara se transfiguró, como si estuviera frente al mismísimo demonio, se quedó helado y no dijo ni una palabra; luego me miró frunciendo las cejas como preguntándome qué hacía él ahí. Le expliqué lo hablado antes con Ed, y no muy convencido nos dejó pasar.
Como pretexto me ofrecí para preparar un poco de café y fuimos los tres hacia la cocina. Ellos se sentaron uno enfrente del otro. Ed parecía perforarlo con los ojos y Ari le devolvía una mirada peor aún; sin parpadeos ni palabras se mantuvieron así durante mucho, demasiado tiempo. Se estaban provocando, su antagonismo era indiscutible y no pude hallar un punto medio de acuerdo ni tampoco un instante de tregua. -Ed, por favor, ¿qué me prometiste?- pero no contestaba ni desviaba la vista. -Ari, hazlo por mí…- tampoco respondía. Tanto silencio aturdía y yo necesitaba hacer algo para modificar la situación. -Si quieren me voy y los dejo solos…- era inútil, nadie hablaba. Me levanté, lavé las tazas y tomé mi cartera para salir. Ariel se levantó y me agarró del brazo. -Alguien está sobrando…- dijo sin quitarle los ojos de encima. -Nos retiramos, no hay nada que hacer aquí- dijo Ed colocando las manos en la cintura mientras alzaba su pecho con arrogancia. Ariel se mantuvo estático y sin soltarme, como esperando que Ed se fuera solo, pero se iría conmigo o no se iría.
Fuimos hasta la puerta, Ari me sostenía para retrasar el paso y quedar detrás de Ed, quería decirme algo sin que él oyera. -Sabía que lo había visto antes- susurró en mi oído; yo lo miraba con asombro… -ya te haré llegar las pruebas- volvió a decir. No pude preguntarle nada, Ed estaba muy cerca y Ari me hacía señas con los ojos para que disimulara y guardara silencio.
-¿Pruebas?, ¿qué pruebas?, ¿qué cosa tan grave había hecho Ed como para que Ari quisiera “probármelo”?- Durante el viaje pensé que su comentario estaba motivado por esa eterna enemistad, no tenía por qué desconfiar tanto. ¿Qué razón tenía para decirme eso? -No, no entraré en ese juego, que se arreglen ellos, ya estoy cansada de tantas discusiones-. Decidí restarle importancia al argumento de mi amigo; yo creía en él, pero estaba equivocándose y era muy terco para reconocerlo.
Ya casi estábamos llegando a casa y en ese momento me di cuenta de que Ed tampoco había hablado durante el viaje; eran pocas cuadras, pero igualmente estuvo como ausente. Parecía que sus pensamientos se habían ido muy lejos, a algún lugar sólo conocido por él y al que no me permitía la entrada. Intenté romper el silencio, pregunté qué le sucedía, pero con tono agresivo dijo no tener ganas de hablar y usó como excusa un intolerable dolor de muelas que lo ponía de mal humor. -¿No habrá sido el “Santo” quien te puso de mal humor?... ¿Acaso tu muela se llama Ariel?- le dije con ironía luego de estacionar, pero él omitió mis preguntas por completo, hizo como que no había escuchado, y en lugar de contestarme dijo: -Vayámonos de aquí-. Lo miré con sorpresa… -¡Qué dices!- respondí mientras bajaba del coche para cortar ese diálogo. Corrió a mi lado y me tomó del brazo. -Huyamos juntos ahora mismo- insistió. En sus ojos había algo… algo que nunca había visto.
-¡No puedo hacer eso! -dije, caminando hacia la casa.
-Escapemos y empecemos de nuevo.
-¡Qué ocurrencia!
-¡Demonios! -interrumpió Ed tironeándome del brazo-, ¡te estoy diciendo que debemos irnos!
-¿Estás loco?... ¡piensa un poco, por favor!
-No estoy pensando -interrumpió nuevamente-, ¡estoy sintiendo!
-Deberías pensar y parece que soy yo la única que lo hace.
-¿Si? Pues parece que soy yo el único que siente -y me soltó de golpe.
-Te equivocas, pero no puedo dejarme llevar por tus caprichos.
-No es un capricho. ¡Ven conmigo antes de que sea tarde!
¿Qué me estaba diciendo?, ¿qué le pasaba? Hubiera jurado que estaba a punto de llevarme por la fuerza. ¿Qué era esa estampida de sentimientos escapando de sus ojos?, ¿por qué esas súplicas disparatadas tan de pronto? No era el mismo de siempre, o por lo menos esta faceta suya la desconocía. -¡Está comportándose con más insensatez que nunca!, ¿qué intenta hacer?-. Su propuesta ya estaba empezando a molestarme.
-¡No quiero perderte! -insistió.
-¿Por qué me perderías?
-… escapemos esta misma noche.
-¡No, es una locura!
-El amor es locura.
-También es entrega, y lo único que haces es exigir -me di vuelta como para entrar a la casa.
-¡Te equivocas! -volvió a tomarme del brazo y me acercó a él-, estoy entregando mucho al proponerte esto.
-No insistas más, no iré. ¡Y suéltame! -dije, tironeando el brazo.
Su rostro cambió repentinamente, dejó de mirarme y se quedó callado. Metió la mano en su bolsillo… luego la sacó y se tocó el pecho. -¡No te imaginas lo importante que era…!- dijo. Fue hasta el auto, tomó la rosa que había quedado en el asiento trasero; la besó y luego acarició mi rostro con ella. Cargó su bolso y se fue caminando hacia atrás, hasta que dio vuelta en la esquina.
-¿Qué había pasado con él?, ¿qué me quisieron decir sus ojos?- ¡había estado muy extraño! -¿Qué fue esa repentina ocurrencia de fugarnos?, ¿por qué tanto “romanticismo” de golpe?-, pensaba buscando la llave de casa en mi cartera. No tenía que enredarme con sus explosiones de arrojo y con su habitual obstinación, aunque, en verdad, nunca antes había sido para tanto. -¿Por qué dijo que sería “tarde”?, ¿”tarde” para qué y por qué?- Había venido de pronto y sin avisar, con ánimo de arreglarnos, y después se le ocurrió la huída… -¿y qué quiso decirme con esa mirada?- reflexionaba una y otra vez. Tal vez había tomado conciencia de que nuestra relación no podía seguir así, quizá se dio cuenta de que valía la pena hacer algo para reconstruirla. El amor agoniza con las ausencias, y el nuestro sabía mucho de ellas; el diálogo se enfría con la distancia, y entre nosotros había demasiada. ¿Cambiaría eso algún día?... ¡Qué cosa tan insólita!, ese amor lejano quería seguir viviendo. -Insolente amor, ¿por qué te empeñas en vivir si sólo me provocas dolor?, eres una carga muy pesada que me dificulta el viaje-. Ya no estaba tan segura de amarlo… aunque mi piel traicionera seguía ardiendo con el recuerdo de sus manos.
Esa tarde decidí quedarme en casa, pospuse todo lo que tenía que hacer. Desconecté el teléfono y apagué el celular. Tenía que aislarme del mundo. Era preciso resolver algunas cuestiones en mi vida.
Por un lado estaba Ed, el propietario de mi amor, un amor que había nacido grande y que con el paso del tiempo y la distancia parecía empequeñecer; y por el otro estaba Ariel, mi amigo del alma, poseedor de toda mi confianza, que ahora me perturbaba con sus argumentos. Ellos dos siempre enfrentados, siempre enemigos. -¿Debía tomar parte por alguno o tenía que mantenerme al margen? Pero, ¿cómo hacer para permanecer aislada si cada uno representaba tanto para mí?-. Mi lealtad con el amigo me decía que lo escuche, y mi fidelidad con el amor me pedía que lo salve.
